No “penitenciemos” tanto la Eucaristía

“Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados”.

Así acaba la 1ª lectura de la misa de hoy, de la carta a los Hebreos, recordando al profeta Jeremías (31, 31-34). En la perfecta e inteligible lógica de la carta que leemos desde que ha comenzado el año litúrgico, se presenta a los sacerdotes de las religiones ofreciendo todos los días un sacrificio, que puede y suele ser el mismo, por los pecados que nunca se acaban. Porque si se acabaran, o perdonaran definitivamente, no haría falta semejante repetición. Esa es la gran diferencia con el que en los nuevos tiempos de la Revelación cristiana es constituido como “Sumo, eterno y único sacerdote”.

Ya he repetido en estas páginas, varias veces, que no hay un solo texto en el Nuevo Testamento (NT) en el que se denomine “sacerdote” a algún miembro de la comunidad cristiana. El sacerdocio, así entendido, es cosa de paganos, y a mí me sorprende, e intriga, que tanta gente en la Iglesia a la que nos presentan tan conspicuos y preclaros, sigan impertérritos denominándose, llenos de orgullo, sacerdotes del Altísimo.

Eso por un lado. Por otro, la “penitencialización” progresiva, hasta llegar al delirio en el canon romano, del que muchos gustan de llamar “Santo Sacrificio de la Misa”. Lo de sacrifico eucarístico es muy discutible, y, si nos atenemos al primer significado de las palabras, sacrificio (de sacrum facere) quiere decir que algo “se hace sagrado”, cuando según toda la primera tradición de la Iglesia, desde la muerte de Cristo, ese sí un sacrificio verdadero, todo el mundo, todo el universo es sagrado, no hay por qué sacralizar nada. Por el Bautismo, “Sois una nación consagrada, una estirpe sacerdotal, un pueblo santo”, nos asegura lleno de convicción San Pablo.

La liturgia, muy cauta y muy precavida, siguiendo la carta a los Hebreos, que es el verdadero documento sacerdotal del NT, habla del sacrificio “según el rito de Melquisedec”, que era un sacrificio de comunión, hecho con materias vegetales, como el pan y el vino. Es decir, incruento. Como enseña Santo Tomás de Aquino, la Eucaristía hace presente, como “memorial”, (zikkarôn, en hebreo), el sacrificio cruento de la Cruz, de modo incruento; exactamente como hizo el Señor en la Última Cena, como adelanto y anuncio “real” del cuerpo que iba a ser entregado después.

Por eso no entiendo, ni pienso que tenga sentido, ni teológico, ni soteriológico, ni litúrgico, tanta ofrenda por los pecados. Y, mucho menos, estar repitiéndolo “ad nauseam”. Al algunos les gusta recitar y repetir el “yo confieso”, después, los “Kyries”, el “tú que quietas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas”, el “nobis quoque pecatoribus”, después el “cordero de Dios que quitas el pecado del mundo”, tres veces, para solo acercarse a comulgar con el “Señor, no soy digno…”. Demasiado, la verdad. Da la impresión de que el poder de Dios no es suficiente, ni lo fue el acto misericordioso del Padre, demostrado en la entrega del Hijo, ni la unción con el Espíritu Santo, para perdonar de una vez nuestros pecados. Ya sabemos que nadie es digno del encuentro  cara a cara con Dios, pero la misma liturgia afirma en la Plegaria Eucarística, después de la Consagración, “porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”.

¿Es que no vamos a creer la propia y apodíctica afirmación de la liturgia sagrada en la celebración del Banquete de Acción de Gracias? ¿Ni tampoco la inquietud del Padre que vigila la llegada de su hijo pródigo? ¿Ni la alegría del Buen Pastor porque ha encontrado a su oveja extraviada, o tal vez demasiado traviesa y anárquica? O prefiero creer esta Palabra de perdón y de fiesta. Dejemos el infierno para las horas malas, que todos los humanos, antes o después, las tendremos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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