El Cristo de Medinaceli me produce “vergüenza ajena”.

 

He leído hoy un artículo de un periodista, -más que periodista es escritor, a secas-, que no me suele gustar, porque va por la vida de “enfant terrible”, y por seguir el símil francófono, de “boutade en boutade”. Hoy su columna en “el Mundo”, que trata de la irracionalidad de la devoción al Cristo de Medinaceli, y de cómo está ¿demostrado? ¡científicamente! que, pidiendo tres gracias, una, por lo menos, la concede; pues mira por donde,  justamente hoy estoy de acuerdo con él en lo fundamental. No quiero ofender a nadie, individualmente considerado, porque no sabemos los complicados caminos que tiene la vida para llevar a algunos humanos a comportamientos oscuros y sin sentido.

 Es el fenómeno colectivo el que yo no solo critico, sino condeno. Es una vergüenza que so capa de devoción a Jesús se tengan comportamientos absolutamente distanciados, a distancia sideral, de las enseñanzas del Maestro en el Evangelio. Y es triste, injusto y doloroso que no haya nadie para sacar al pueblo de su ignorancia y de su religiosidad, confundida, falsamente, con la fe cristiana. En Madrid la devoción a este Cristo, además de que produce mucho dinero a los frailes propietarios del santuario, se ha convertido en algo tan castizo y folklórico como la Verbena de la Paloma, los churros o los entresijos. Hasta la monarquía acude a sacar su tajada de popularidad en tan señaladas fechas del homenaje a tan ilustre madero.

Porque vamos a razonar con un poco de sentido y de lógica. Se supone que los acuden, desafiando noches, fríos y heladas, a tocar la imagen secular conocida con el nombre de Cristo de Medinaceli, lo harán buscando un encuentro con Cristo, o, algo parecido. Y también, porque el tiempo, la fama, y, sobre todo, la credulidad, han declarado a esa imagen como fuertemente milagrosa; milagrera, sería más propio denominarla. Esta sensibilidad para percibir milagros con tana presteza no tiene muy bien prensa en el Evangelio. En el relato del “rico Epulón y el pobre Lázaro aquel solicita  un milagro para que se conviertan sus hermanos. Y ante la observación de Abrahán de que “tienen a los profetas”, que los lean, como también “la palabra de Dios”, sigue insistiendo, “no Padre, pero si un muerto –sería el pobre Lázaro- vuelve a la vida, creerán”. A lo que Abrahán responde con palabras definitivas, “si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque un muerto resucite, no creerán.”

El pueblo busca milagros, no para creer, sino porque piensa que ya tiene la fe. Y es preciso que se le diga a esa gente que Jesús no está presente en una imagen, al fin y al cabo, un simple pedazo de madera policromada; todo lo más se pude considerar como un recuerdo, como una fotografía. Así que es trabajo baldío y perdido buscar al Señor donde no se encuentra. Que lo busque donde sí está: en los sacramentos, en la Eucaristía, sobre todo, y en su Palabra. Además también se lee en el evangelio el siguiente reproche de Jesús: “me procuráis porque os he dado de comer, porque habéis visto milagros”, pero no para escuchar una Palabra de vida, que sí os alimentaría. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Así que me atrevo a preguntar: ¿quién tiene micrófonos y altavoces potentes para alertar al pueblo buscador de milagros que no es ese el camino, que no puede buscar a Jesús solo para recibir el milagrito, y que, además, éste no se va a producir sino en la mente calenturienta del interesado? ¿Cuándo los obispos se atreverán a desengañar a tantos fieles engañados por una falsa religiosidad, que nada tiene que ver con la fe cristiana, aunque el objeto de su devoción se llame “Cristo de Medinaceli”?.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara       

       

3 Responses to “El Cristo de Medinaceli me produce “vergüenza ajena”.”

  1. ¿Quién es el verdadero culpable? Para mí son aquellos que hacen negocio con la “devoción” (léase los dueños de la imagen “milagrera”). Si no diera dinero no potenciarían “la fe de los incrédulos”

  2. Yo no creo que sean los frailes que poseen esa imagen los responsables del uso que se les da. La gente es así, siempre buscando a que ídolo adorar. Puede ser la imagen del Cristo, o el cantante de moda, el horóscopo o la imagen de sí mismos la que los valide. Tenemos que hacernos responsables de nuestra fe, y de nuestra forma de reafirmar la fe y demostrarla. Si, es cansado estar lidiando con la fe inmadura de muchos, ¡pero ay de quien se las quiera quitar! Solo queda orar para que enmedio de tanta superstición pueda brotar algo que parezca confianza en nuestro Padre Dios.

  3. Laura.
    yo no me atrevería a llamar fe a esa pulsión supersticiosa. No se trata de fe inmadura, se trata de una ingenua idolatría, porque ponen su confianza, como afirma un salmo irónicamente en la Biblila, en dioses de madera o de metal que “tienen ojos y no ve, tienen oidos y no oyen tienen nariz y no huelen”. Claro que esa gente no tiene la culpa, ..o sí que la tiene. Hoy hay un sin número de invitaciones para cursos de Biblia, de Teología, etc. Ya sé que no es lo mismo el conocimioento que la fe. Pero la ignorancia no ayuda a superar un religiosidad que nada, o muy poco, tiene de evangélica.

    (Jesús Mari- Areópago)

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