La misión del Papa no es abrir archivos de la dictadura

Es lo que le pide Garzón al papa Francisco. El juez español, defenestrado de mala manera de su carrera judicial en España, es, actualmente, asesor del Tribunal Penal Internacional (TPI) y de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados argentina. Yo entiendo que el juez quiera llevar el asunto a su terreno, o, como se dice vulgarmente, arrimar el ascua a us sardina. Pero pienso que, en este caso, se equivoca o, por lo menos, se precipita.

Los jueces, sobre todo los archijueces, como lo ha sido Baltasar en España, se preocupan mucho de los aspectos jurídicos del comportmiento. Difícilmente dan el salto de lo social a lo jurídico. Algo que debería tener más conexiones que las puramente teóricas de la constituciónb, como que toda persona tiene derecho al trabajo o a una vivienda digna. Son pocos los magistrados capaces de procesar al Estado por el incumplimiento de esas obligaciones, que devienen de los correspondientes y enfrentados derechos. Esta tarea de la judialización de los derechos sociales sientan mejor a los Pastores religiosos.

Así se lo comentó el Papa al premio nobel argentio Pérz Esquivel, que no habría que preocuparse solo de las muertes y aropellos físicos, torturas y cárceles, sino de toda la amp¡litud de los derechos humanos, y sus secuelas modernas de hambre, miseria y exclusión. De estos temas se va a ocupar el Papa, seguro. Y no sé si suena a oportunista la petición de Garzón de que el Papa, aprovechando que el pisuerga pasa por Valladolid, es decir, que el Obispo de roma es argentino, libere los archivos secretos que pueda manejar el Vaticano, que seguro que los tiene. Pero suponemos que, como todos los secretos clasificados, tedrán su fecha para la desclasificación.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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  1. Para revisar archivos no hace falta ir muy lejos, segun publica hoy el diario Publico sobre los crímenes cometidos por “el cura verdugo de Ocaña”, tal y como los reos le bautizaron. Se trataba del capellán del penal de esta localidad toledana, también conocido entre los familiares de los reclusos como el “cura asesino”. Un religioso entre cuyas funciones se encontraba dar el tiro de gracia a los republicanos condenados a muerte.

    “Todos sabíamos que era el cura. Participaba en las palizas y después gustaba de coger su pistola y dar el último disparo. Pero poco sabíamos de él. No se dejaba ver por el pueblo y un buen día desapareció de la prisión. Ni siquiera recuerdo su nombre”, cuenta a Público Teófilo Fernández, de 75 años. Su abuelo, de quien heredó el nombre, fue fusilado el 8 de julio de 1939 por “el gran delito de pertenecer a Juventudes Comunistas”.

    En la memoria de este hombre, sin embargo, sí ha quedado marcada una imagen: la de decenas de presos caminando desde el penal hasta el cementerio en mitad de la noche. En una larga y profusa fila. Presos cabizbajos seguidos de una camioneta militar. Los registros dan fe de que una noche llegaron a ser 57 los fusilados. “A veces, cuando eran pocos, iban todos en la camioneta”, recuerda. Después llegaba el silencio más absoluto y, por último, el ruido de una ametralladora que los verdugos apoyaban sobre un montón de piedras.

    Los registros recogen hasta 57 fusilamientos en una noche También recuerda Teófilo las mañanas en las que acompañaba a su madre al cementerio para poner flores a la fosa común donde descansan los restos de su padre. Las tres fosas del pequeño cementerio permanecieron abiertas hasta 1945 y él, siendo un niño de 5 años, podía ver los cuerpos de los fusilados comidos por la cal. Entre ellos, el de su progenitor

    Otros días, llegar hasta la fosa se hacía imposible. “Muchas veces tuvimos que salir corriendo y escondernos en cualquier lugar cuando íbamos al cementerio. Las familias de derechas nos señalaban, nos insultaban y temíamos que nos mataran”, señala este hombre. El miedo no es de extrañar. Además de su abuelo, murieron otros tres familiares fusilados en el penal.

    Sólo en Ocaña, un pueblo de apenas 11.000 habitantes de la provincia de Toledo, se registraron entre 1939 y 1959, fecha del último fusilamiento, 1.300 víctimas de la represión franquista. En su pequeño cementerio se concentran tres fosas comunes. La mayoría murieron fusilados, pero un gran número de ellos lo hicieron enfermos dentro de la prisión. La Asociación de Familiares de Ejecutados en la Cárcel de Ocaña, tras examinar los registros del penal, señala que en invierno la lista de fallecidos aumentaba considerablemente debido a las penosas condiciones de vida a las que estaban sometidos los presos. En muchos casos los verdugos ni siquiera necesitaban balas para cometer sus crímenes.

    “Hemos encontrado varias partidas de defunción de bebés, que morían en la cárcel. Era habitual que las presas tuvieran allí a sus hijos. De hecho, conozco un caso escalofriante”, narra Carmen Díaz, vicepresidenta de la asociación. “Una presa fue condenada a muerte pero tenía un bebé en edad de lactancia. Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron. El bebe fue abandonado entre los matojos, aunque me consta que logró sobrevivir”, cuenta esta mujer, cuya historia familiar no es menos trágica.

    “En el penal de Ocaña conocí lo más duro para un condenado a muerte: la soledad”, detalla Marcos Ana

    Su abuelo murió en la prisión tras ser juzgado tres veces: una para condenarle a muerte, otra para conmutarle la pena por 30 años de prisión y, finalmente, una última ocasión, en la propia cárcel, para condenarlo de nuevo a muerte. La sentencia fue ejecutada inmediatamente sin avisar a los familiares. “Sospechamos que el último juicio fue un fraude ya que no aparece en ningún registro. Simplemente, querían verlo muerto”, cuenta a Público Carmen.

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