Pluralismo en la Iglesia (II)

El pluralismo a que me refiero ha existido en la Iglesia en épocas de mayor bonanza de criterios y de espíritus, y de más sosegada seguridad en la sensatez de los miembros de la comunidad eclesial. Pondré varios ejemplos, y destacaré, después, en mi opinión, cuándo se rompe esta equilibrada manera de ver y de actuar.

  1. Los primeros cristianos, como he indicado, no se negaron, no sin problemas, la verdad, lo que es lógico y habla de la limitación y pecado de los humanos, a que dentro de la Iglesia hubiera diferentes enfoques, y que se respetaran las variadas fuentes de información que manejaban, como lo demuestra de manera evidente y fehaciente la lectura del Nuevo Testamento (NT). Ni los cuatro evangelios son iguales, sino todo lo contrario, ni en resto del NT, Hechos de los Apóstoles, cartas, apocalipsis, es un prodigio de uniformidad.
  2. Sabemos por la Historia de la Iglesia cómo la liturgia era igual en lo fundamental, pero profundamente diferente y variada en lo accidental. Es decir, en la celebración de la Eucaristía, por ejemplo, no solía haber textos escritos, algo muy complicado de conseguir, y muy caro, y los presidentes de las asambleas litúrgicas tenían que improvisar, letra y música, sobre unos moldes más o menos comunes. Pero la liturgia no era igual, ya a finales del siglo II, en Roma, o en Jerusalén, o en Antioquía, o en Alejandría.
  3. Los grandes concilios ecuménicos de los siglos IV-V, todos ellos organizados y desarrollados, sobre todo, por las iglesias orientales, fueron un buen ejemplo de cómo, dialogando, o incluso discutiendo, se pudieron poner de acuerdo para proclamar grandes y decisivas definiciones dogmáticas. Esta casi unanimidad que consiguieron, partiendo de filosofías e ideologías diferentes, es una manera de emplear el pluralismo par crecer, y no para debilitar, con las separaciones o mutilaciones conceptuales no estrictamente necesarias.
  4. Las cosas se comenzaron a complicar con la proclamación, por parte del   Concilio provincial de Toledo de 397, de la doctrina conocida después, como la teoría del “filioque”, que, sin respetar el credo niceno-constantinopolitano, enseñó que el Espíritu Santo no procedía solo del padre, sino del Padre y del Hijo: “qui ex patre filioque procedit”. La primera versión de Credo se fijó en el Primer Concilio Ecuménico celebrado en Nicea en 325, en el que no se afirmaba nada sobre la procedencia del Espíritu Santo. Esto se hizo en el Concilio de Constantinopla del 381, en el que se estableció, siguiendo lo dispuesto en el Evangelio de Juan (15,26b), que el Espíritu Santo “procede del Padre” al decir: «Credo in únum Deum… et in Spíritum Sánctum… qui ex Patre procédit.»«Creo en un solo Dios… y en el Espíritu Santo… que procede del Padre.» La fórmula del filioque se va extendiendo por la Iglesia de occidente, por todo el siglo VIII, hasta que en el concilio de Aquisgrán, en 809, el papa León III prohibió el uso de la cláusula Filioque ordenando que el Credo, sin la fórmula del concilio de Toledo,  fuera grabado sobre dos tablas de plata y expuesto en la Basílica de San Pedro.

Tendré que seguir otro día, pues el tema del Filioque me ha complicado un poco la vida. Pero aquí comienza, ¡y tuvo que ser en España”, la tensión para que una doctrina, que no pasaba de teológica, se convirtiera, contra viento y marea, en una fórmula dogmática. Hasta que esa cerrazón significó el fatal, así mal llamado, cisma de Oriente.

(Seguiré con este tema apasionante del pluralismo, y prometo acabar en la próxima entrada).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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