“Los divorciados no deben ser considerados pecadores”

La afirmación que titula este artículo, y que no es tan diáfana, como luego veremos, la pronuncio ayer en la UCA, Universidad Católica de Argentina, el presidente del Pontificio Consejo de la Familia, cardenal Vicenzo Paglia. Al mismo tiempo recordó que el papa emérito Benedicto XVI ya había indicado la necesidad de tener gran misericordia con los divorciados, por su condición de personas débiles dentro de la comunidad eclesial. Algo, pues, se está moviendo en el rígido horizonte del universo socio-moral de la Iglesia. Hasta hace muy poco los separados y divorciados eran frecuentemente denostados con cierta virulencia, cuando no con crueldad.

El cardenal presidente del Consejo Pontificio de la Familia hade referencia al “pecado”, y la sola connotación merece una consideración más afinada. Nadie puede señalar a nadie como pecador, aunque haya cometido el delito más nefando y flagrante. El divorcio, evidentemente, no merece esta denominación, porque no es otra cosa que la ruptura de una condición socio-jurídica, y de ningún modo se puede catalogar como un comportamiento delictivo, ni peligroso, ni pernicioso. Así que debemos precisar muy bien cuando lo relacionamos, aunque sea negativamente, con el pecado. (Y deberíamos ser muy prudentes al sacar conclusiones que condicionan actitudes externas, como la de acercarse a la comunión, por ejemplo).

Quiero aclararme con detalle cuando afirmo que no se puede acusar a nadie de pecador. No afirmo que no se debe, porque eso queda claro con una lectura humilde y sincera del evangelio. “¿Cómo pretendes quitar la mota del ojo de tu hermano si tienes una viga en el tuyo? Quítate primero tu viga y verás para quitar la viga del ojo de tu hermano”. (Lc 6, 41-42). Esto quiere decir, para los que aceptan con sencillez la Palabra de Jesús, que mi hermano, para mí, siempre tiene una pequeña mota, mientras que yo cargo con una viga que no me deja ver.

Como iba diciendo, no solo no se debe, sino que no se puede, ni psicológicamente, ni moralmente, ni menos existencialmente, acusar a nadie de pecado. La razón es que se trata de un sentimiento, primero acusatorio, y después, condenatorio,  absolutamente íntimo, y que no puede transcender si no es de manera posterior al reconocimiento personal del autor del supuesto pecado. En este momento es bueno recordar la doctrina de Santo Tomás de Aquino, de que la norma próxima de moralidad es la conciencia del individuo. No sabemos qué pasó por su cabeza y su corazón cuando estaba fraguando un comportamiento que tal vez nos pueda parecer pecaminoso. Solo Dios conoce el interior de las personas, Él “que sondea las entrañas y el corazón”, como dicen con frecuencia los salmos.

Lo que se puede medir y calibrar del exterior es la transgresión de una ley, evento que, por definición, tiene que ser externo en todos sus elementos. Pero el Magisterio de la Iglesia tiene, a veces, el descuido de equiparar norma externa con situación interna de conciencia. Por ejemplo, cuando señala preceptivamente que no se puede comulgar si no se está en gracia de Dios. ¿Y quién lo atestigua, y asegura, o por el contrario, lo niega? No se puede concluir que un divorciado, y casado otra vez por lo civil, o viviendo simplemente en pareja, esté, por ello mismo, en pecado. Si he sido medianamente claro en lo que vengo dicienco no pienso que haga falta aportar más argumentos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara     

La afirmación que titula este artículo, y que no es tan diáfana, como veremos, la pronuncio ayer en la UCA, Universidad Católica de Argentina, el presidente del Pontificio Consejo de la Familia, cardenal Vicenzo Paglia. Al mismo tiempo recordó que el papa emérito Benedicto XVI ya había indicado la necesidad de tener gran misericordia con los divorciados, por su condición de personas débiles dentro de la comunidad eclesial. Algo, pues, se está moviendo en el rígido horizonte del universo socio-moral de la Iglesia. Hasta hace muy poco los separados y divorciados eran frecuentemente denostados con cierta virulencia, cuando no con crueldad.

El cardenal presidente del Consejo Pontificio de la Familia hade referencia al “pecado”, y la sola connotación merece una consideración más afinada. Nadie puede señalar a nadie como pecador, aunque haya cometido el delito más nefando y flagrante. El divorcio, evidentemente, no merece esta denominación, porque no es otra cosa que la ruptura de una condición socio-jurídica, y de ningún se puede catalogar como un comportamiento delictivo, ni peligroso, ni pernicioso. Así que debemos precisar muy bien cuando lo relacionamos, aunque sea negativamente, con el pecado. (Y deberíamos ser muy prudentes al sacar conclusiones que condicionan actitudes externas, como la de acercarse a la comunión, por ejemplo).

 Quiero aclararme con detalle cuando afirmo que no se puede acusar a nadie de pecador. No afirmo que no se debe, porque eso queda claro con una lectura humilde y sincera del evangelio. “¿Cómo pretendes quitar la mota del ojo de tu hermano si tienes una viga en el tuyo? Quítate primero tu viga y verás para quitar la viga del ojo de tu hermano”. (Lc 6, 41-42). Esto quiere decir, para los que aceptan con sencillez la Palabra de Jesús, que mi hermano, para mí, siempre tiene una pequeña mota, mientras que yo cargo con una viga que no me deja ver.

 Como iba diciendo, no solo no se debe, sino que no se puede, ni psicológicamente, ni moralmente, ni menos existencialmente, acusar a nadie de pecado. La razón es que se trata de un sentimiento, primero acusatorio, y después, condenatorio,  absolutamente íntimo, y que no puede transcender si no es de manera posterior al reconocimiento personal del autor del supuesto pecado. En este momento es bueno recordar la doctrina de Santo Tomás de Aquino, de que la norma próxima de moralidad es la conciencia del individuo. No sabemos qué pasó por su cabeza y su corazón cuando estaba fraguando un comportamiento que tal vez nos pueda parecer pecaminoso. Solo Dios conoce el interior de las personas, Él “que sondea las entrañas y el corazón”, como dicen con frecuencia los salmos.

Lo que se puede medir y calibrar del exterior es la transgresión de una ley, evento que, por definición, tiene que ser externo en todos sus elementos. Pero el Magisterio de la Iglesia tiene, a veces, el descuido de equiparar norma externa con situación interna de conciencia. Por ejemplo, cuando señala preceptivamente que no se puede comulgar si no se está en gracia de Dios. ¿Y quién lo atestigua, y asegura, o por el contrario, lo niega? No se puede concluir que un divorciado, y casado otra vez por lo civil, o viviendo simplemente en pareja, esté, por ello mismo, en pecado. Si he sido medianamente claro en lo que vengo dicienco no pienso que haga falta aportar más argumentos.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

2 Responses to ““Los divorciados no deben ser considerados pecadores””

  1. Yo creo que hay muchos matrimonios que creen que estàn casados por la iglesia y realmente no lo están, y otros que son divorciados pero con un matrimonio previo canónicamente nulo. No entiendo esa obsesión con el sexto mandamiento, pero en cuanto al séptimo (cuando no pagamos lo justo a los jornaleros les robamos) o al décimo (codiciando los bienes ajenos) todo mundo guarda silencio.

    A veces creo que esa prohibición nació de la necesidad de manipular el voto en contra del divorcio civil más que de la defensa del sacramento.

  2. Tienes razón, Laura, en que un gran número de los que se casan por la Iglesia hacen un matrimonio nulo, por lo menos desde el punto de vista canónico. Gran parte de culpa la tenemos los que permitimos esas bodas cuando, a todas luces, los que se casan no pretenden, ni están preparados, para la dinámica sacramental. Nosotros, los curas de a pie, estamos atados de pies y manos, porque la jerarquía no quiere, de modo alguno, poner trabas a la celebración del matrimonio canónico, por dos motivos, pienso yo: porque se perdería mucho dinero, y por el miedo a perder clientela e influjo social. Gracias otra vez por tu colaboración, y un fuerte abrazo fraterno.
    Jesús Mari (areópago)..

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