Caridad & Justicia

El obispo de Córdoba, el ínclito Demetrio, en su carta pastoral con motivo del día del Corpus, se enzarzó en una refutación de Marx, que, según él, habría dicho que “la caridad retrasa el reinado de la justicia”. Según el obispo no solo no la retrasa, sino que la alienta, la nutre y la adelanta. Pero, como siempre, se impone la metodología escolástica, tan sabia y práctica: “explicatio terminorum”. Explicación de las palabras:

Si por caridad entendemos, como se ha venido haciendo durante siglos, el dar de lo que sobra, no hay ni caridad ni justicia. Claro que siempre ha habido cristianos anónimos, o incluso algunos bien conocidos, como Damián de Molokai, que hasta dio su vida por sus hermanos; que han practicado la verdadera caridad, pues en caso contrario no habría habido Iglesia, y no hubiéramos llegado hasta aquí. Pero eso que sobraba era, no raramente, adquirido con métodos injustos, como la explotación del trabajador y el abuso de las condiciones del trabajo.

Desde que el papa Pablo VI, en la encíclica “Populorum progressio” enseñó que cuando “sobra algo a algún país, región o individuo, y a otro individuo, región o país no le llega para lo necesario, los primeros están robando a los segundos”, no vale el argumento que defiende la caridad como una buena disposición del corazón para sentir lástima y conmiseración de los pobres, que, además, no son tales, sino generalmente, miserables.

La pobreza evangélica no es la pobreza sociológica. No tenemos ningún argumento para afirmar que Dios quiera que sus hijos lo pasen tan mal que tengan que vivir degradados y mancillados por la ola de suciedad de la basura del mundo capitalista. Entendemos por pobreza evangélica la que posee lo suficiente para vivir dignamente, al día, sin acumular riquezas que “la polilla corroe y los ladrones roban”. De esto tenemos suficientes testimonios fehacientes como para temer, y echarnos a temblar. La caridad que provenga de estos tejemanejes no es caridad, y si Marx la entendió así, o el obispos Demetrio de la misma manera, ambos se equivocan.

La caridad es el “ágape” que vivieron los primeros cristianos, que, por no confiar en el dinero ni en la seguridad de las grandes propiedades, “ponían a los pies de los apóstoles” sus recursos económicos, y así vivían todos ellos con una justicia que, además de poderla denominar socio-económica, era también, lo que es más importante, la justicia evangélica, la “Justicia del Reino”.

YO no quiero decir que no sea una virtud eximia la caridad, pero es menester entenderla bien, y que no sriva para tapadera de la injusticia social. Durante siglos la toxudez de los hechos se ha encargado de quitar la razón que podría tener el obispo de Córdoba de que “la caridad no retrasa la justicia, … sino que al contrario, la estimula para hacer un mundo más solidario y fraterno”. No ha sido así durante siglos, no nos engañemos, y reconozcamos humildemente que han hecho más por la solidaridad y la fraternidad los movimientos socio-políticos desde la Revolución francesa, que abocaron poco a poco a la actual Sociedad de las Naciones, la ONU, que las proclamas, muchas veces edulcoradas de un sentimentalismo vacío, a la caridad fraterna desde los púlpitos de las Iglesias.

Como conclusión: caridad, sí, pero después de que a cada uno se le haya permitido recibir lo suyo. Caio, gran jurista latino, definía el derecho como “unicuique suum”, así, sin verbo, como nos decía el profesor de Derecho, el P. Federico Zulaica, ss.cc. A cada uno lo suyo, pero sin olvidar, como hemos hecho demasiadas veces en la Iglesia, la justicia distributiva, que es la principal en la consideración social, política, y eclesial. Lo ideal, y lo evangélico, sería que no hiciera falta nunca la caridad, digámosla, asistencial; que bastara con a justicia.        

Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara

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