¿Qué pasa en Brasil?

(Playa de Copacabana, y, a la izquierda, la bravura de la playa Bermeja,-roja-, en Río de Janerio)

Algo gordo, y, sobre todo, nuevo, pasa en Brasil. Siempre se ha asegurado que el brasileño es cordial, amable, simpático, bastante bien avenido con su suerte, y nada dado a protestas, ni individuales, ni familiares, ni laborables, ni estudiantiles, ni sociales, en el sentido europeo y de otros países latino americanos. Yo, que viví en el gran y variopinto gigante sudamericano, puedo testificarlo. Llegué a Río el 20 de octubre del 1970, en pleno vigor de la “gloriosa revoluçâo militar” de 1964, siguiendo la moda impuesta desde los EE.UU. por la doctrina de “la seguridad nacional”. Pero los discretos atropellos y desmanes de los mandamases se paliaban, muy favorablemente, con la impresionante exhibición de clase y elegancia futbolística que la selección brasileña había ofrecido al mundo en el campeonato mundial de México 1970.

Mi experiencia es amplia, pues conozco la finura del barrio de la Tijuca, -interior de Río, no Barra da Tijuca, playa-, un barrio culto, educado y alegre, con el contrapunto de la favela del Salgueiro, las más académica de las escuelas de Samba, tanto que ostenta el título de “Académicos do Salguerio”, mi escola de samba preferida. Pero también viví el desorden y la violencia de Campogrande, un suburbio al norte de la ciudad, donde con cierta frecuencia las cuadrillas de maleantes aprovechaban la presencia de la línea divisoria con el Estado de Río de Janeiro, cuando éste era simplemente Guanabara, para desaguar algún que otro “fiambre” acribillado.

Pero moré más en Sâo Paulo, en un barrio de clase media-media, y pude ser testigo cercano del empeño y el esfuerzo que esas clases recién salidas de la pobreza hacían para escalar a la gran clase media que, decían, sería la salvación definitiva y perpetua del que, hasta ese momento, era siempre “el país del futuro”, pero nunca del presente. La conciencia social y política de la ciudad paulista era incomparablemente más acusada que en la bella urbe carioca. Y eso era notable, y me llamaba la atención, por el silencio clamoroso que había vivido en España, entre la juventud, tanto la universitaria, como la trabajadora. Bien es verdad que en la metrópoli paulistana esas dos notas la poseían la mayoría de los jóvenes: al estilo norte americano, eran, a la vez, la mayoría de jóvenes de nuestra parroquia, trabajadores y universitarios.

Entre esa juventud inquieta, muy politizada, pero de un muy alto nivel cultural, surgió, de manera incuestionable, el caldo de cultivo que un político popular, más que populista, como Lula, buscaba afanosamente para cambiar la faz y el talante secularmente conformistas del ciudadano brasileño. Pero esta realidad del mayor conglomerado industrial de toda América, incluida USA, no se percibía en el interior más rural, ganadero y maderero, de los estados de Paraná, Mato Grosso, Goiás, Amazonia, y en el distante estado de Pará, hasta donde llegó mi presencia itinerante y catequética brasileña.

La rápida eclosión del PT de  Luiz Inácio “Lula” da Silva, a quien conocimos en la parroquia que dirigía Luis Gutiérrez, ss.cc., el Guti, cuando era un simple, pero no tanto, tornero mecánico, suscitó la enorme revolución social que Brasil necesitaba. Pero, por los años setenta, y hasta la mitad de los ochenta, había un elemento de unión, casi de unanimidad, de la ciudadanía brasileña: el fútbol, pero sobre todo, la selección nacional, verdadero aglutinante de las posibles tensiones brasileñas.

Entonces, ¿qué ha ocurrido para que esa situación, si no idílica, pero por lo menos sosegada y complaciente, haya saltado por los aires, hasta casi mutar la índole entrañable de los “brasileiros”? El tema es lo suficientemente interesante, y casi apasionante, como para que lo retome mañana, o un día de éstos.

(Continurá).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara     

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