¿Por qué no se pararon el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano?

En este domingo, 15º del tiempo ordinario, hemos oído, en el Evangelio, la parábola del “Buen Samaritano”. A mí siempre me ha llamado la atención los argumentos, o explicaciones, del por qué el sacerdote y el levita, dos personajes ciertamente, de gran finura moral y religiosa, no se pararon a atender al hombre atracado y mal herido. Nunca me convencieron las razones de tipo moral, -eran  elitistas, cómodos, egoístas, no tenían solidaridad, no querían manchar el coche, no querían complicaciones, etc.- que, desde niño, he escuchado a los curas. Después de estudiar con bastante amplitud, y libertad, la Biblia, he entendido realmente el motivo por el qué ambos clérigos no hicieron un hueco a la solidaridad. Y me ha parecido mucho más grave delo que había entendido de niño.

Hay un apartado en el Antiguo Testamento, AT, que me parece muy ignorado por muchos de los compañeros y colegas que deberían conocerlo. Nuestro profesor, -¡qué gran suerte, o gracia, tuvimos al disponer de un buen profesor de Biblia!-, nos insistió en la importancia definitiva del contacto, y trato, del “código de Santidad”, en el Pentateuco. Puedo decir, sin exageración, que el conocimiento de este tema nos habilita para realizar un lectura nada moralista de muchos pasajes de la Sagrada Escritura, y sí para entender la profundidad vital y existencial de muchos textos clásicos conocidos.

Uno de ellos es el de la parábola del “Buen samaritano”, en el capítulo 10 del Evangelio de San Lucas. El texto dice así:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo”. (Lc 10, 30-32). Sabemos qué es lo que pasó después: un samaritano, miembro de ese colectivo demonizado por los judíos ortodoxos como apóstata, o algo así, se paró, atendió al herido atracado, lo transportó hasta la posada, pagó por adelantado al posadero, y prometió volver si por acaso no llegara con los gastos que habían corrido por cuenta de su generosidad. De momento quedémonos con la provocación de comparar, y salir vencedor de la comparación, a un sacerdote y a un levita, con un proscrito samaritano. Este demostró bastante más humanidad que aquellos dos.

¿Sólo humanidad? Esta es la pregunta. Los dos clérigos no atendieron al herido teniendo en cuenta la importancia del “código de santidad”, por el que estaba prohibido, rigurosamente, tocar a una persona, o animal, que sangrara: la persona que lo hiciera quedaría “ipso facto”, impura, y tendría que pasar por una piscina de purificación antes de presentar su ofrenda en el templo. Pero el letrado que                                                          había comenzado la historia  con Jesús había asegurado, sin dudar, cuál era el primero y principal mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”

El error y falta de los dos personajes eclesiásticos no era de tipo moral, ético o humano, sino rigurosamente de falta de respeto y cumplimiento de la Ley, de la Torá: Jesús siempre enseñó la verdadera jerarquía de los preceptos de la Ley, como hicieran igualmente los profetas clásicos. No es discutible la importancia de la ley de Santidad, pero tampoco lo es que ese precepto sea el primero, o de los primeros mandamientos. Y si el primero es atender al prójimo como a sí mismo, el no hacerlo, con el pretexto de cumplir otro mandamiento de menor rango, no es sino una deformación de la ley y de la Palabra del Señor.  

Y corremos el riesgo de cometer y promover esa deformación de la Palabra-ley de Dios si, en la Iglesia, nos agarramos a tradiciones o a mandatos de tipo administrativo y burocrático en menoscabo de las primacías y primicias que constan, con claridad, en los textos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento (AT o NT). Caeríamos en ese desfase si diéramos más cancha e importancia a los cánones del Derecho Canónico que a los consejos y recomendaciones que encontramos, sin subterfugios, en la Palabra del Señor.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

2 Responses to “¿Por qué no se pararon el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano?”

  1. Aquí tiene su relectura el tema de los divorciados y de los homosexuales.
    ¿Como pueden ser apartados de la Comunión?
    ¡Qué poco me importan el sacerdocio femenino o la pompa (ahora achicándose) comparados con esta descriminación que osan infiligirles en nombre de una ‘verdad canonónica’!

  2. gfhytttttttttttttttttfghg

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