No todos tienen el don de la actitud para el matrimonio; o una posible visión, ¡no tan nueva!, del divorcio.

“Ellos insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?” Él les contestó: “Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer -no hablo de impureza- y se casa con otra, comete adulterio.”Los discípulos le replicaron: “Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.” Pero él les dijo: “No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don.” (Mt 19, 7-11; segunda parte del evangelio de hoy, viernes de la 19ª semana del tiempo ordinario).

El papa Francisco, este papa listo y vivo, una verdadera eminencia en el ámbito de la pastoral de la Iglesia (¡y no un  papa “bobalicón”, como ofensivamente denominó en su blog ese prodigio de historiador, filósofo y teólogo que no es, pero sí se considera, Sánchez Dragó!), se ha dado cuenta de que una de las situaciones vitales que más desgarros producen, y que es urgente y fundamental solucionar en la Iglesia, es la de los divorciados y separados, que mantienen su fe y la necesidad de la práctica sacramental al día. Opino, además, que el Papa se habrá dado cuenta, por su experiencia argentina, en una ciudad enorme y con todas las variables posibles de conflictos matrimoniales como Buenos Aires, que las soluciones del “clero bajo”, por decirlo de alguna manera, se aparta, sin ignorarla ni despreciarla, de la praxis oficial del “alto clero”. Y que en la mayoría de las veces, arregla el problema sin demasiados desgarros, ni doctrinales ni pastorales.

Como siempre, un poco de escolástica no nos vendrá mal. ¿Qué quiero decir con esa diferencia de altura en el clero? Muy fácil: clero bajo, el de los curas en las parroquias; clero alto, el de los obispos, conferencias episcopales, congregaciones curiales romanas, y el Sumo Pontífice. He afirmado en el párrafo anterior que este clero meritorio del contacto continuo con la gente se aparta de una praxis oficial que ni ignora, ni desprecia. Simplemente, en muchas situaciones, mira para otro lado, y no se entera, por lo menos oficialmente, de la exacta situación de la vida en pareja de los miembros de su feligresía. Eso es lo que muchos, entre los que me encuentro, llevamos practicando desde hace muchísimo tiempo. Desde luego, en mi caso, desde Brasil.

Todavía recuerdo cómo me buscó llorando de emoción una joven señora, después de una misa en nuestra parroquia ss.cc. Santa Margarida María, en Sâo Paulo, allá por los años setenta, por  haberme oído decir que la comunión no es un privilegio, ni una distinción honrosa, ni siquiera una dádiva condicionada a determinados requisitos, sino, simplemente, la consecuencia de dos imperativos, de dos mandamientos, éstos sí, de Jesús, como son: “tomad y comed, -o bebed”-, y “haced esto en memoria mía”. La comunión no es para ángeles, sino para pecadores, y además la misa, sobre todo después de que el Concilio Vaticano II restaurara la importancia del rito penitencial inicial, la misa, decía, dispone del momento adecuado para la reconciliación con Dios y los hermanos, de modo que la comunión no sea objeto de un acto de irresponsabilidad, sino de verdadero discernimiento y de humilde necesidad.

Hay, en todo el texto de la misa de hoy, un aroma del espíritu catequético que impregnaba a los escritores sagrados de los evangelios. Con esto quiero decir que sus palabras sean siempre “jesuanas”, como probablemente, no lo sean éstas. Los primeros cristianos querían dejar bien claro la diferencia de su estilo matrimonial con el de judíos y romanos. Pero no ignoraban que, en muchas ocasiones, acceden al matrimonio personas que, o bien en general, o bien en la relación de las dos de la pareja, no tienen ese don. Sabemos, también, la facilidad con que los presidentes de las comunidades primeras, es decir, los presbíteros, -los curas-, y los “inspectores”, -los obispos-, procedían a la declaración de nulidad de muchas uniones matrimoniales. Nuestro profesor de “Derecho matrimonial” de la Pontificia Universidad de Salamanca, Federico Aznar Gil, llega a afirmar que esa fluidez en los procesos anulatorios de los matrimonios se parecía mucho a los que hoy llamamos divorcios.

Pues eso. No nos escandalicemos de los nuevos aires de libertad en la Iglesia.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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