El creyente sabe de violencias

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: “Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia. (Jr 38, 4-6).

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”  (Lc 12,49).

La primera cita es del libro del profeta Jeremías, y es la primera frase de la 1ª lectura de este domingo, 20º, del tiempo ordinario de la Liturgia. De hecho, aquellos príncipes caprichosos y justicieros, acabaron echando al profeta a una cisterna sin agua, pero con fango, para que muriera de hambre y de sed. Después la conciencia pesada y preocupada del cusita Ebedmelek consiguió convencer al Rey de la barbarie y la injusticia de la medida, y salvaron a Jeremías de la muerte. Pero el suceso nos deja bien a la vista la poca seguridad que rodea a los que ejercen, de verdad y valientemente, su misión de profeta, de denuncia, de señalamiento de la injusticia, y del grito de alerta ante el desvío de la Alianza con el Señor.

Ayer fue Jeremías, como lo pasó mal Amós, o Isaías, Oseas, o Ezequiel, al que catalogaron de loco peligroso. Y más tarde fue Juan Bautista, y poco después de él le toco el turno a Jesús. Y así con la lista de todos los mártires de la libertad y de la verdad, cristianos o no, como Gandhi, o miembros de otras confesiones cristianas diferentes de la nuestra, como Martin Luther King, o bien de los nuestros más nuestros, por pobres y por creyentes, como los religiosos y laicos de América Latina, y su obispo Oscar Romero a la cabeza. Es bochornoso, y como para sufrir vergüenza ajena, la celeridad con que se han glorificado a otros, que no han tenido nada de profetas, y se ha postergado a un verdadero profeta y mártir, defensor de su pueblo, y vocero de la justicia y de la paz sin apaños. Y todo porque, según decían algunos, a quienes parece que dio crédito Juan Pablo II, monseñor Romero era pro-comunista.

Este Papa, Francisco, a quien algunos ya han tachado como miembro de la Teología de la Liberación, como si esta pertenencia fuera un baldón, ha tomado las riendas de la justa reivindicación de la causa del obispo salvadoreño. En el párrafo anterior se me ha olvidado uno de los mayores exponentes de la denuncia profética cristiana a favor de los pueblos y gentes latino americanos, Pedro Casaldáliga,a quien no han matado por la sencilla razón de que el Señor ha cumplido en él lo que hemos gritado en el salmo responsorial de la misa de hoy: “Señor, date prisa en socorrerme.” En el caso de Pedro la diligencia de los ángeles del señor ha sido emblemática y eficiente. Pero tanto él como todos los profetas “que en el mundo han sido” saben del sabor amargo de la persecución y de la violencia.

Pero es que nuestro fundador y Señor, el dulce pero incendiario Maestro de Nazaret, sabía bien lo que venía a hacer al mundo, y que las componendas y los apaños a espaldas y en contra de los pobres no los permitirían sus auténticos seguidores. Así entiendo yo su proclamación desesperada y brillante: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”. Por repetir estas palabras del Maestro, el obispo de Araguaya tuvo problemas con sus superiores de Roma, y es que los administradores y burócratas no entienden el lenguaje de la poesía y del grito desgarrado que produce el hambre, el dolor, la miseria y la cínica impunidad de los que destruyen y matan a quienes son los preferidos de Dios: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios”.

Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara

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