La virginidad no es un valor bíblico: al contrario, es un contravalor.

“En aquellos días, el espíritu del Señor vino sobre Jefté, que atravesó Galaad y Manasés, pasó a Atalaya de Galaad, de allí marchó contra los amonitas, e hizo un voto al Señor: “Si entregas a los amonitas en mi poder, el primero que salga a recibirme a la puerta de mi casa, cuando vuelva victorioso de la campaña contra los amonitas, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.” Luego marchó a la guerra contra los amonitas. El Señor se los entregó; los derrotó desde Aroer hasta la entrada de Minit (veinte pueblos) y hasta Pradoviñas. Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sujetos a Israel.Jefté volvió a su casa de Atalaya. Y fue precisamente su hija quien salió a recibirlo, con panderos y danzas; su hija única, pues Jefté no tenía más hijos o hijas. En cuanto la vio, se rasgó la túnica, gritando: “¡Ay, hija mía, que desdichado soy! Tú eres mi desdicha, porque hice una promesa al Señor y no puedo volverme atrás.” Ella le dijo: “Padre, si hiciste una promesa al Señor, cumple lo que prometiste, ya que el Señor te ha permitido vengarte de tus enemigos.” Y le pidió a su padre: “Dame este permiso: déjame andar dos meses por los montes, llorando con mis amigas, porque quedaré virgen.” Su padre le dijo: “Vete.” Y la dejó marchar dos meses, y anduvo con sus amigas por los montes, llorando porque iba a quedar virgen. Acabado el plazo de los dos meses, volvió a casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho”. (Jue 11, 29-39ª)

Leyendo la Biblia aprendemos que Israel era un pueblo ciertamente materialista, y hasta en las cosas de Dios se preocupaba muy mucho de andar con los pies bien asentados en la tierra. Es muy significativo que el pueblo hebreo tardase tanto en su historia en alcanzar la fe en la inmortalidad, que aparece solo en los libros de los Macabeos, ya en el siglo II antes de Cristo. Y todas las evidencias nos dicen que en esa conquista conceptual, primero, y después vital, tuvo mucho que ver la influencia de las ideas que corrían por el Mediterráneo, pues grandes pensadores como Platón y Aristóteles enseñaban la inmortalidad de la parte “espiritual” del ser humano. (Esta expresión, parte, ni me gusta, ni es muy exacta, y ya he escrito sobre ello. Tal vez algún día vuelva sobre el tema).

Así que para resumir diré que los judíos eran muy carnales, y una de las mayores ilusiones de una mujer era la de proporcionar hijos a su marido, o dueño, si se trataba de una esclava, y la virginidad no entraba nunca, para nada, en el horizonte vital de las decididas y muchas veces aguerridas mujeres de Israel. El texto de la 1ª lectura de la misa de hoy, jueves de la vigésima semana del tiempo ordinario es de una claridad tan meridiana, que nos sorprende, y hasta nos desconcierta, cómo pudo entrar después el aprecio de la virginidad como un valor más alto y excelso que la normal condición humano-sexual, tan bien expresado en el Génesis, “creced, multiplicaos, y llenad la tierra”. En algunas versiones del texto que comento, la expresión que usa la hija de Jefté es “Dame este permiso: déjame andar dos meses por los montes, llorando con mis amigas la vergüenza (otros traducen “desdicha”) de mi virginidad”.

El asunto recuerda a lo que los misioneros europeos se encuentran cuando van a África. Y que es lo que nuestros compañeros ss.cc. que han estado por aquellas tierras, y los que todavía están, han descubierto: que el celibato, obligatorio por leyes externas, o por precisiones internas a la persona o a la pareja,  no solo no es ningún valor o virtud, sino que se convierte en un pecado, una irresponsabilidad, casi en una aberración. Tan fundamental es tener una descendencia que haga pervivir, de alguna manera, la vida que tenemos, que es, para muchos, y casi siempre, la única certeza de posesión que podemos afirmar, resaltar y cuidar. Uno de estos hermanos de que hablo nos contó cómo el papa Juan Pablo II quedó impresionado cuando el cardenal Malula, cuyo padre había tenido 113 hijos, le comunicó esa perspectiva que habría que tener en cuenta al pensar en el comportamiento sexual de los curas. Y como dijo el cardenal, “y de los obispos, Santidad”.

Que cómo ha llegado el Nuevo Testamento (NT) a la exaltación de la madre-virgen, en una clara reminiscencia e influencia de las religiones del medio y lejano oriente, y la preferencia por los, y las, vírgenes en el último libro del NT, el Apocalipsis, será tema que atacaré, con una cierta libertad, un día de éstos. Porque las lecturas que nos ofrece la Liturgia nos deparan unos temas llenos de variedad, y de calado. ¡Qué pena que nuestros feligreses, y, desgraciadamente, muchos de nuestros curas, no aprovechen ese alimento cotidiano que el Señor pone a nuestro alcance! Para mí eso constituye una de las tragedias del Catolicismo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

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