El duro Evangelio de Lucas, y la alergia del COI a la austeridad económica.

En primer lugar, veamos el evangelio de este 23º Domingo del tiempo ordinario.

“En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.” ( Lucas 14, 25-33)

La primera parte del texto muestra, propiamente, la enseñanza de Jesús. La 2ª, dos parábolas para mostrar la principal condición para poder cumplirla. La versión original que conocemos, del evangelio de Lucas, en griego, escribe, claramente, “el que no odia…,” pero como parece una fórmula especialmente escandalizable, en los libros litúrgicos se sustituye por el seudónimo “pospone”, que, en realidad, no es tal seudónimo, sino una manera piadosa de suavizar el concepto lucano. El empleo de la palabra “odiar”, en un discípulo del Maestro de Nazaret, que predicó el perdón y el amor a los enemigos, tiene, evidentemente, algún significado que se nos escapa a nuestra pobre comprensión.

A modo de ayuda a mis lectores, les recordaré dos cosas perfectamente conocidas y admitidas. La 1ª), que los evangelio son, como dicen los expertos y exegetas, más que libros históricos, que en parte también, colecciones de catequesis para los catecúmenos de la Iglesia primitiva que se preparaban para el Bautismo. Y la 2ª), que estos bautizandos sabían muy bien, por las persecuciones del  Imperio Romano, cómo la adhesión a Jesucristo, y la proclamación de esa fe, se convertía, en innumerables casos, en verdadero e implacable “odio objetivo” hacia la familia, sin ninguna inquina subjetiva, por las consecuencias dramáticas que podría acarrear, como la pérdida de los bienes, a través de la expropiación por parte del Estado, a no ser que otro miembro no cristiano denunciases a sus familiares. Con toda la carga de animosidad que esto produciría en casi todos los casos.

Es decir, que lo de posponer va en serio, muy en serio. Y como esa posposición acarreaba serios contratiempos, Jesús avisa que hay que estar preparados. Y aquí viene la segunda parte del texto: el que quiere construir un edificio, o ir a la guerra, necesita, urgentemente, cavilar, antes, si tiene presupuesto o ejercito suficientes para la tarea que quiere emprender. Si no lo hace, se expone al ridículo y al fracaso. Así que para construir el edificio al que se refiere el Maestro es preciso preparase antes de emprender la obra. Y, ¿cuál es la preparación adecuada, el cálculo de probabilidades que permita llegar hasta el final y obtener la victoria? Pues muy sencillo y fácil, aparece en la última frase del Evangelio: “Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.  (Lc 14, 53) el que no es capaz de esa renuncia, no se empeñe en seguir a Jesús, porque no podrá.

Se trata, claramente, de una doctrina dura, difícil de entender, y más todavía de cumplir, por aquellos que no ponen Jesús, sin ningún género de dudas, como el primer valor de sus vidas, mucho más que la primera referencia; que no convierten, en su corazón, a Jesús, en el centro, motor y sentido de su vida. Esto lo entendieron, y cumplieron, en medio de otros muchos pecados, como nosotros, los cristianos de la Iglesia primitiva. Por eso impresionaron a sus conciudadanos paganos, y, a pesar del inmenso poder del Imperio, lo vencieron en poco menos de trescientos años. Hoy no hace falta ese comportamiento para ser, o decirnos, que es otra cosa, cristianos. Y así nos va.

(Como falta la segunda parte del título, y os preguntaréis cómo diablos puede el COI, -Comité Olímpico Internacional-), no tengo más remedio que conminaros a que leáis la segunda parte, en la próxima entrada).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara   

One Response to “El duro Evangelio de Lucas, y la alergia del COI a la austeridad económica.”

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