¿De qué se escandalizan?

Jesús, y María Magdalena en el  banquete de casa de Simón.

Me lo decía una feligresa, que venía de desayunar en una cafetería, y había escuchado el revuelo que algunas de las opiniones del papa Francisco habían levantado en muchos medios de comunicación, e incluso en medios eclesiásticos. Afirmaciones como que “nunca había sido de derechas”, y que ya “estaba bien de tronar contra el aborto, o los matrimonios gays, o los métodos de anticoncepción”, y que lo que había que hacer “era curar heridas”, y otras cosas por el estilo. Lo que les hacía afirmar, entre alarmados y escépticos, que el papa parecía haberse chiflado. Y mi feligresa se preguntaba: “entonces, ¿Jesús era también un chiflado? ¿Es que no hacía gestos, y tenía actitudes que escandalizaban a los hombres observantes y cumplidores?

Mi fiel feligresa tenía muy viva, todavía, la escena de la lectura del Evangelio de ayer, jueves de la 24ª semana del tiempo ordinario. Que voy a citar, aunque, para no alargarme, no traeré a cuento la reprimenda entera y la lección que el Maestro le endosa al fariseo Simón.

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.” Jesús tomó la palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte.”Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama”. (Luc 7,36-50)

Hay pocas escenas que tengan como protagonista a Jesús, por no decir ninguna, tan sensual como ésta. No es de extrañar que el anfitrión se escandalizara. Él había invitado a Jesús porque era famoso, y quería presumir de su poder para traer a casa gente famosa, ¡como sucede ahora!, claro. Pero que, al mismo tiempo pretendía dejar bien claro que no era de la cuerda del maestro de Nazaret. Por eso no cumplió con Él la normativa de la buena hospitalidad, bien clara y estrictamente marcada por la costumbre, basada en la Escritura. Mientras que aquella mujer, pecadora, prostituta, cumplió escrupulosamente, y con mucho cariño, todo el ritual de acogida de una huésped por parte de la casa, personificada en el anfitrión.

La escena es, a todas luces, escandalosa para las mentes puritanas, que cumplen, como hacían los fariseos, todos los preceptos mínimos, (“¡hay de vosotros, fariseos hipócritas, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!”; nunca se había afeado así la falta de escrúpulos en el desprecio de la jerarquía de los preceptos morales), pero olvidan los principales, como “la justicia, el derecho y la compasión”. Dejarse toquetear en público por una mujer, y encima pecadora, era algo infame, sobre todo para aquellos que sí lo permitían, y se regodeaban en ello, en privado y en lo escondido de la alcoba. Todos sabemos cómo funciona el cinismo y la hipocresía del ser humano. Así que se cuiden todos aquellos que se están demostrando escandalizados, asustados, indignados, o descolocados, en la política, el periodismo o la Iglesia,  por las actitudes de este maravilloso Papa, que muchos ni esperaban ni parecen merecerlo, porque se colocarán al lado de lo más granado del fariseísmo de la época de Jesús, junto a ese perfecto modelo del Simón del relato evangélico.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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