Simples precisiones conceptuales

Siempre he sido bastante, lo suficiente, partidario de la metodología escolástica, con sus pasos lógicos y bien intuitivos: “explicatio terminorum”, “adversarii”, etc. Así que empezaré por el principio:

 1.    Centralidad de la fe: con esto quiero indicar cómo el concilio Vaticano II   admitió lo que los teólogos venían solicitando hace tiempo: la jerarquía de los dogmas. Que unos tocan al centro y la esencia de la fe, y otros, no. No es lo mismo la adhesión a Jesús, muerto y resucitado,  que aceptar el dogma de la Asunción o la Virginidad de María, y otras proclamaciones dogmáticas que han caído en el olvido. Como aquella que proclamaba solemnemente, “si alguien tiene el atrevimiento de ponerse de rodillas en Domingo, sea anatema”. Sic; seguro que los padres conciliares pretendían en tiempo turbios resaltar la preminencia del domingo, como día del Señor, y la proscripción de adoptar ningún signo penitencial en ese día. Pues esa centralidad de ciertos dogmas es la que constituye el único pensamiento único aceptable en la Iglesia.

 2.    Diferentes soportes filosóficos: se decía en la Edad Media que la Filosofía es la “ancilla teologiae”, la sierva o criada de la Teología. Pero si es así, no se debe, ni puede, confundir ambas disciplinas. Y si la disciplina teológica es la explicación académica y metodológica  de los dogmas, éstos no se pueden confundir con aquella. Pero, desgraciadamente, esto ha sucedido en la Iglesia más de la cuenta. Ya le pasó a Santo Tomás de Aquino, y a la escuela de la Sorbona de París, que tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas, y hasta propusieron 11 tesis tomistas para ser condenadas en el Concilio de Ginebra, algo que habría ocurrido si el gran Alberto, por eso mismo Magno, no hubiera acudido, enfermo y viejo, a la asamblea conciliar, para detener el golpe que se preparaba contra su preclaro discípulo. Y todo, ¿por qué? Porque había cambiado el soporte filosófico del platonismo al aristotelismo. Y una vez más, como sucede ahora con muchos prelados, confundieron la Teología,-explicación racional de los Dogmas-, con el pensamiento que la sustentaba, y pensaron que se atacaba la creencia al dejar de lado la filosofía con la que se había explicado hasta entonces.

  3.    El terror eclesiástico a las secuela de la Ilustración: a muchos seminaristas, y muchos seminarios en Europa, y sobre todo en España, que es lo que mejor conocemos, les sucedió que hasta los años sesenta del siglo pasado, por muy increíble que pueda parecer, estudiaron la Filosofía escolástica clásica, magnífica en su metodología, pero cuyos contenidos, a partir de los siglos XVI-XVII, se quedaron obsoletos. Sí, porque habían sucedido cosas como Descartes, el Empirismo inglés, el Idealismo alemán, (Kant, Hegel, Fichte), la Fenomenología de Husserl, y la escuela de Lovaina, Karl Marx, el Existencialismo, y otros fenómenos filosóficos y culturales más. Como todo este maravilloso y rio acerbo parecía hijo de los desvíos de la Ilustración, fueron olímpicamente ignorados, despreciados, y condenados por los mecanismos censores y guardianes de la ortodoxia de la Iglesia. Y así fue hasta el Concilio Vaticano II.

4.     La Teología de la liberación: hemos citado en el párrafo anterior a Marx. Pues bien, a ciertos teólogos latino-americanos, metidos hasta el corvejón, como testigos impotentes, en la dinámica político social del empobrecimiento de sus pueblos, para mayor progreso y riqueza de los poderosos Estados Unidos de América, y sus aliados europeos, y conocedores del pensamiento moderno filosófico europeo, que he citado, se les ocurrió echar mano del pensamiento filosófico-social de Marx como instrumento de análisis para la praxis. Nada que no hubieran hecho antes, Agustín, con la filosofía platónica, o Tomás, con la aristotélica. En el caso del obispo de Hipona no hubo problemas porque Platón estaba casi canonizado por los Santos Padres. Pero hay que decir bien alto y claro que la antropología platónica es lo más alejada posible y contradictoria con la idea básica de la Encarnación. Pero los padres clásicos de los siglos V-VII no adoptaron todo el pensamiento platónico, sino tan solo los aspectos que les ayudaban a verter la Revelación del modo más inteligible posible. Como hicieron, exactamente, los teólogos de la Liberación, a partir del mismo iniciador, Gustavo Gutiérrez, que aceptaron los conceptos marxistas como instrumento neutro de análisis de la realidad histórico-social de ese tiempo en América Latina, sin comprometer, absolutamente, la centralidad de la fe. (Pero los jerarcas censores de Roma no lo vieron así).

 (Y como el tema sigue siendo largo y extenso, y para mí, es apasionante, seguiré los próximos días con él, por si hay algún interesado lo suficientemente chalado que me quiera acompañar. Gracias)

 Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara  

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