El juez inicuo

El tema de la misa de hoy, 29º Domingo del tiempo ordinario, no es, evidentemente, el del juez malvado, ni el de la administración de justicia. El tema central de la Palabra de hoy es la oración. Pero soy de los que estimo que la Palabra de Dios no se oye en cada celebración, sobre todo de la misa dominical, para enterarnos de cosas celestiales, de Dios, de ángeles, de santos, de virtudes, y otras ranciedumbres de sacristía. Sino para las cosas bien terrenales, apegadas al duro suelo, y que tropiezan con las aventuras humanas del día a día. Así que me he atrevido a titular esta entrega como “El juez inicuo”. Vamos a ver por qué:

En aquel tiempo, Jesús,… les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.””Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 1-8).

La existencia de más de un juez como el caracterizado en el relato le pone en bandeja a Jesús el ejemplo que le viene de perlas para la parábola. Además, con el mejoramiento de que va a ser entendido fácilmente por los oyentes, que se van a enojar muchísimo con el dicho juez, y van a respirar tranquilos ante el anuncio de la justicia de Dios. Que no va a ser venal, como la de tantos jueces inicuos; (“venal”, diccionario, “que se deja sobornar”). Y como a mí, según he dicho más arriba, me gusta conectar con la calle, a través de las pistas y los estímulos de la Palabra, he atrapado rápidamente el ejemplo, y lo he aplicado a la realidad española, en dos temas  que paso a detallar: 1º) La tomadura de pelo impresentable de parte del funcionamiento de la justicia española: y 2º) el atronador silencio de nuestros obispos al efecto.  

1)      Cada vez dudo más de la preparación de nuestros jueces. Es inverosímil su lentitud, su poca elegancia y claridad en las sentencias, y, sobre todo, el insufrible tufo que desprende su actividad de favorecimiento a los poderosos, tanto de poder político como económico. Y conforme se sube en la escala de la administración de justicia, más se aprecia ese innoble maridazgo entre los jueces, los políticos y los poderosos. Es inadmisible que, dependiendo de quién o de qué partido lo haya promovido, se sepa de antemano qué señorías van a votar una u otra opción en los asuntos clave para dilucidar, después, otros litigios.

Eso por un lado. Por otro, la poca diligencia, el tejemaneje que se traen con los abogados de los importantes, políticos, famosos, banqueros, grandes empresarios, para que las causas se vayan eternizando, hasta que, poco antes de producirse el fallo último, se sepa que el delito, que lo hubo, claro, desde el principio, haya, ¡que penosa ¿casualidad?!, prescrito. Y nos quieren hacer creer, como si todos los españolitos de a pie fuéramos verdaderos minusválidos mentales, que la susodicha prescripción se dificilísima de evitar. Cuando hasta el más tonto sabe que es lo más fácil del mundo. Si hubiera una ley o reglamento castigando al juez que permita que una causa, ya incoada bajo su jurisdicción, acabe en prescripción de delito, a la pérdida de su sillón, otra cosa sonaría, y bastantes veces menos nos tomarían el pelo. (Y todo esto sin meternos en el  mareo de perdiz de la Causa Gurtel, los EREs andaluces, el caso faisán, o la metedura, por favorecer al Gobierno, pero sin ningún sentido jurírido, de la implantación, a todas veces abusva, de la “doctrina Parot”, a la que le quedan dos telediarios).

2)     El silencio de los obispos es, en este tema, atronador. El que esto escribe, y lo saben todos los que me leen, es de la firme opinión de que los obispos no se metan en política para mandar, o para corregir, o para legislar, que para esas cosas ya hay en las democracias unas elecciones. Pero la denuncia de la injusticia contra el pueblo, tramada y perpetrada por los poderosos, es el pan nuestro de cada día, y el abc del guión de los profetas que “en el mundo han sido”,  sobre todo los bíblicos. ¿O es que nuestros obispos no han leído a Amós, a Oseas, a Zacarías, a Isaías, a Daniel, desenmascarando a dos jueces inicuos, para defender a una “hija de Judá”? ¿Cuántos pobres desgraciados son machacados por sentencias infames, dejándolos en la miseria y en la p… calle, mientras los procesos contra los poderosos se eternizan, con el paso del tiempo siempre a su favor, en un verdadero escarnio a las economías más débiles de nuestro país, cada día que pasa más en número y en precariedad? ¿Tienen miedo nuestro obispos de molestar, o incomodar, a nuestros gobernantes, a nuestros jueces, y a nuestros próceres empresariales? ¿Temen, tal vez, secar la mina de oro de las donaciones de la “gente bien” a la Iglesia?

Jesús Mº Urío Ruiz de  Vergara

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