“Señor, ilumínalo o elimínalo”

 Me pareció mentira, cuando me enteré, de que en la Edad Media había clérigos que mezclaban su odio enconado al propio obispo con una fe ingenua a prueba de bomba, y pedían: “Porque se muera mi obispo, te rogamos óyenos”. Parece que ese tipo de plegaria no solo existía sino que no se ha extinguido, y hoy hay quien se la aplica al papa Francisco. El título de mi artículo no es fruto de mi imaginación calenturienta, sino de la realidad más miserable y farisaica, porque se está dando en la Iglesia de nuestros pecados. Y lo peor, o lo más sangrante, es que los que así invocan el poder y la providencia de Dios, lo hacen por amor a la Iglesia, suponemos que a su Iglesia. Y sí, así invocan a Dios: “Señor, ilumínalo o elimínalo”. Porque, por lo visto, está haciendo un mal irremediable a la Iglesia.

Pero veamos de qué Iglesia se trata en este progreso del mal, y es bastante sencillo de resumir: la Iglesia del poder, la Iglesia del dinero, la Iglesia de la influencia en el mundo, la Iglesia de los privilegios, la Iglesia de la seguridad -¡falsa!-, la Iglesia directora de conciencias, la Iglesia Maestra infalible, (de todo, y en todo), la Iglesia de los ritos solemnes, hieráticos, y… aburridos, la Iglesia Juez y Fiscal, la Iglesia de los falsos oropeles, de los fastos y de las multitudes grandilocuentes,  pero no la Iglesia del Evangelio.  No la iglesia sal, luz, fermento, ni la iglesia de los pobres, ni la Iglesia de las Bienaventuranzas, ni la de la Misericordia, ni la de la compasión, ni la del perdón, ni la del Amor, ni la Iglesia pecadora, en medio de pecadores, compuesta por pecadores, y a ellos volcada y entregada.

En el fondo, la descomunal provocación de la oración justiciera y casi sacrílega, no es otra cosa que el cumplimiento de aquella Palabra de Jesús, que dijo: “Llegará un momento en el que los que os persigan y maltraten creerán estar dando gloria a Dios”. Solo refugiándonos en la palabra profética del Maestro podremos asimilar, sin descomponernos, la maldad refinada y blasfema de esos orantes, que se atreven a presentarse a Dios con las manos manchadas, con el corazón perverso y helado, y con la sensibilidad religiosa propia de los Talibanes. Si es que éstos se atreven a tanto con sus imanes y clérigos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

(Areópago)

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