El fariseo y el publicano

Este es el evangelio de ayer, domingo 30º del tiempo ordinario de la liturgia: En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:”¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. “El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:”¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Lc  18, 9-14).

Lo comentaré con mi método favorito escolástico, que nos lleva con claridad y seguridad a la comprensión del texto.

·         A quien va dirigida la parábola: a algunos que, a) teniéndose por justos, b) se sentían seguros de sí mismos, c), y despreciaban a los demás.

a)    No es buenos tenerse por justo. Esta característica evangélica, importante y fundamental, tiene que ser reconocida por los otros, y, sobre todo, por Dios. Un ejemplo  magnífico es el del evangelio de San Mateo, 1,19, que dice, “Su esposo José, que era hombre justo, y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto”. Estamos seguros de que San José no se creía, y menos, se sabía, justo. El considerarse justo, que en la Biblia quiere decir, más o menos, estar a bien con Dios, cumplir la Palabra de Dios, atender a Dios más que a los hombres, tiene secuelas poco deseables.

b)    La primera es la de sentirse “seguro de sí”, característica tan valorada por los psicólogos, como mal explicada. En la Sagrada Escritura, solo se puede estar seguro en Dios. Esto no quiere decir que el ser humano tenga que tener una personalidad dependiente, y que no use, responsablemente, la autonomía que el propio Dios le ha dado. Sino que debe estar muy atento a los parámetros de su seguridad, porque hay muchas alertas en la Biblia de que “el que esté muy seguro de sí, es decir, es considere muy seguro psicológicamente, tema no caiga”. Porque 8un exceso de seguridad en sí mismo nos lleva, con demasiada frecuencia, a otra consecuencia no deseada, y, desde la luz del evangelio, muy mala.

c)    “Y despreciaban a los demás”. Posiblemente estamos ante la enseñanza de Jesús con más, y mayores, implicaciones éticas o morales. Si tanto fustiga el Maestro a los fariseos, es, justamente, por saberse tan justos, que el desprecio a los demás era lógico y argumentado. Ellos cumplían la ley, y la mayoría, los demás, no. Ese pueblo empecatado no podía ni imaginar corregirlos, y, mucho menos, darles lecciones.

d)   Así que la parábola no va dirigida, como otras muchas, directamente a los fariseos, sino a aquellos que se consideran superiores, moralmente, a los demás, y, por eso, los desprecian. Otra cosa es que, de hecho, los que mejor cumplen la figura que he descrito más arriba, sean los fariseos. Pero sobre esta implacable descalificación de los evangelios hacia los fariseos conviene hacer unas aclaraciones.(1)

En primer lugar, como después diría San Pablo, el cumplimiento de la ley no sirve para salvar, sino más bien lo contrario, porque no hay nadie que cumpla real y verdaderamente la ley. No hay ningún israelita que cumpla de hecho el primer mandamiento, tanto en lo de escuchar a Dios (Chemá, Israel, “escucha, Israel), como en ponerlo en único lugar, para adorarlo, y para amarlo con toda la mente, con todo el corazón y con todas las fuerzas. Y todavía más difícil, todavía, la segunda parte del mismo primer mandamiento: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Y en segundo lugar, justamente el descuido de la jerarquía de las leyes, era lo que hacía mentirosos, tal vez sin saberlo, a los que se creían justos, y despreciaban a los demás. El sistema era fácil, y con resultados sorprendentes y magníficos: cumplir todos, o loa mayoría, sobre todo los más vistosos, como ayunar, pagarlos diezmos, etc, que estarían en el enésimo lugar de las normas de la Torá, y descuidar, y hasta despreciar las primeras, sobre todo, la del amor al prójimo. Por eso fue el Señor tan severo y terrorífico en aquella diatriba, “fariseos hipócritas, que coláis el mosquito, y os tragáis el camello”. Efectivamente, que coláis el mosquito de los diezmos de los productos insignificantes, y ayunáis, y os laváis, sobre todo si puede ser a la vista de todos, y os tragáis el camello de los dos primeros mandamientos.

Pienso que se dan, actualmente, y más que en otros tiempos más serenos, estos comportamientos poco evangélicos, juzgadores, y condenadores, y de desprecio de los “otros”, (los otros, los que pertenecen a grupos diferentes de los nuestros,  en el sentido social, político, religioso, laboral, y hasta deportivo), en nuestra convivencia nacional actual. Y también opino que se ve demasiado poco nuestro carácter, tan invocado por algunos, de país cristiano, y tan católico.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

(1) (Haré sin falta esas aclaraciones que he prometido sobre la repetida e inmisericorde condena de los fariseos., posiblemente mañana mismo).

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