Aclaraciones prometidas sobre los fariseos

 Como decimos en los días que corren, el colectivo de los fariseos es de los más citados en los evangelios, y no siempre para bien. Más normalmente, para mal. Pero no siempre esas diatribas antifarisaicas son objetivas, ni a veces se deben atribuir al personaje que aparece en el relato como autor de la misma. Con esto quiero decir que no siempre las palabras puestas en boca de Jesús contra los fariseos fueron pronunciadas por él. Esto no nos debe extrañar, a poco que conozcamos de los usos y costumbres literarios de la literatura de contenido religioso en aquellos tiempos. También en los géneros literarios del NT (Nuevo Testamento), así como en los relatos  las religiones de los pueblo y culturas vecinas.

 Al estudiar la Biblia una de las cosas que más sorprende, y a veces escandaliza, aunque no debiera, es la costumbre de poner en boca de un personaje palabras y expresiones que ha pronunciado otro, o señalar como autor de un libro u obra literaria al maestro o inspirador, y no al verdadero autor. Estos usos, como digo, eran normales en aquel tiempo, y no solo en la literatura religiosa. Como ejemplo eximio de esta costumbre, recordemos los Diálogos de Platón, en los que el maestro es Sócrates, a quien, evidentemente, le cede gentilmente el puesto su discípulo Platón, que es el que verdaderamente dirige el estudio mayéutico filosófico de sus discípulos. Así como es clásica la atribución de la autoría del libro del profeta Isaías al primer maestro con este nombre,  cuando sabemos que por lo menos dos, si no tres, generaciones posteriores, completaron el extenso libro, que ocupa casi un siglo.

 Siento, de verdad, si estos párrafos aburren un poco, o cansan, pero es preciso ayudar a corregir el tremendo despiste, por no llamarlo de otra manera, que nuestros católicos tienen sobre la Biblia. Pero sin estas explicaciones previas entenderíamos muy mal muchas páginas del NT, y no digamos del Antiguo (AT). Volviendo al tema de los fariseos, es muy poco probable que Jesús fuera tan provocador contra ellos como nos lo presentan los Evangelios. El Maestro de Nazaret, como todos los predicadores callejeros y ambulantes de su tiempo ya eran bastante mal encarados, y ciertamente provocadores, como para que encima nos lo presenten como tan provocador. Hay, seguro, una fuerte carga hiperbólica en las terribles acusaciones que dirige el Maestro a los fariseos, como “sepulcros blanqueados”, “raza de víboras”, “… que coláis el mosquito y os tragáis el camello”, o “ay de vosotros que anuláis la Palabra de Dios con vuestras tradiciones”, etc.

 Jesús estaba mucho más cerca de la doctrina de los fariseos de lo que parece en los textos evangélicos. Era de los saduceos, materialistas, adinerados y ávidos de poder, y dueños casi del 100% de los puestos en el Senado judío, y de los altos puestos del sacerdocio, de los que el Maestro de Nazaret sí estaba objetiva y cordialmente distante. Y lo gracioso es que, unos y otros, que no se podían ver, se pusieron de acuerdo prácticamente solo una vez: para condenar a Jesús, y presentarlo a las autoridades romanas como un agitador.

 Con la destrucción de Jerusalén, y la diáspora, -dispersión-, de los judíos, los saduceos, dueños del templo y del poder político, desaparecen. Pero no los fariseos, que se reagrupan en el famoso círculo de  Yavne. Aunque como dicen los autores, es difícil saber cuándo tuvo lugar la mutación de los fariseos en los rabinos de Yavne. Lo que sí sabemos es que los fariseos, con esa transformación, y su encumbramiento en rabinos fieles y leales a la tradición (fueron ellos los que a partir de ese momento se encargan de la monumental obra del Talmud, comentarios rabínicos de las reuniones de las Sinagogas), adquirieron un gran poder, que aprovecharon para hacer la vida imposible a los cristianos de los años 80-90, que es cuando se escriben los evangelios de Mateo, Lucas, y Juan. Y son éstos, según todos los indicios, los que responden a esa incómoda intervención persecutoria poniendo en boca de Jesús, de cincuenta años antes, esas terroríficas diatribas insultantes contra los fariseos. Y con esa mala fama ha atravesado los siglos.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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