¡Un abuso intolerable!

 A base de repetir tanto las palabras llega un momento en que éstas se quedan como atontolinadas y sin reacción. Por ejemplo, la que titula estas líneas. Intolerable quiere decir que no se puede tolerar. Es decir, que no se debe tolerar. Que bajo ningún concepto se puede permitir que, una vez realizada la primera, se produzca de ninguna manera otras veces. Me refiero a la burda y obscena barrida de espionaje electrónico con que nos ha obsequiado a todos sus súbditos la autoridad imperial de los Estados Unidos de América del Norte. Y puede suceder que todavía alguien, al leer o tomar conocimiento de este artículo, puede que tache a su autor, que soy yo, de antiamericano. Pues en esta mamarrachada criminal, claro, clarísimo que soy antiamericano.

Sustento las dos expresiones, que no son contradictorias. Pienso que los que han desparramado los ojos vigilando todo lo que se movía por el éter digital hacían el mamarracho, del que dice el diccionario: 1  fam. Persona que viste o se comporta de forma ridícula o extravagante; 2  Persona que merece desprecio; 3 Figura o cosa fea o mal hecha. Y en otro diccionario lo describen así: m. fam. 1 Figura o cosa defectuosa y ridícula. 2 Hombre informal, no merecedor de respeto. Me quedo con varios sentidos: persona que merece desprecio, cosa mal hecha o ridícula, y, sobre todo, hombree informal, no merecedor de respeto. Y el concepto atañe tanto a los que han dado la orden de espiar, o lo han permitido desde la altura, y a los que lo han realizado. Sirve, pues, también, para el presidente del NSA, y, sobre todo, para el propio presidente de los Estados Unidos, el Sr. Obama.

Tengo una amiga en la parroquia que me suele decir: “Estoy cansada de vivir en este mundo actual, con tan poca seriedad, y con unos gobernantes que lo último de que se preocupan es del bienestar y seguridad de todos nosotros. Cualquier día hago pin y exploto”. Tiene razón. Hemos llegado a tal grado de irresponsabilidad (irresponsable: incapaz de, que no puede responder) en nuestros gobernantes, que han perdido el mayor título necesario para que puedan ejercer bien sus obligaciones: la confianza de los ciudadanos. Hace tiempo que los norteamericanos, esos chicos decididos y enérgicos, pero ingenuos, atolondrados, y por la unión de todas esas cualidades, peligrosos, no nos merecían mucha confianza. Su fuerza es mucho mayor que su sindéresis.

O, por lo menos, eso han demostrado en Nagasaki, Hiroshima, Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, y tantas otras peripecias que les han servido tanto para estrenar, vender y gastar sus armas, como para volver a casa escaldados, sus soldados rasos, los que volvieron, o llenos de gloria, sus generales, o repletos de dólares, sus industriales. Pero lo peor es que a nuestros dirigentes europeos les ha dado un ataque de respeto, consideración, pleitesía, o directamente miedo, al gran hermano americano, y, aunque de boca protestan, a la hora de la verdad se echan atrás, con tal de no incomodar al poderoso, inescrupuloso, y atropellador aliado y amigo; o por lo  menos, así se llaman desde las dos orillas.

Interrogado el otro día un político español, de cuyo nombre ni me acuerdo ni quiero acordarme, pero, por lo visto, de esos que se quedan extasiados con los logros tecnológicos americanos, por el último motivo del espionaje informático, respondió, al mejor estilo maquiavélico, si bien dudo que conozca al autor del Príncipe, o su obra: “Espían porque pueden”. Como reconociendo la valía, caiga quien caiga, de los adelantos tecnológicos, de por sí, como real y único motivo para emplearlos, por la pura y santificada bondad de  haberlos logrado. Pero hay otra respuesta, creo que mucho más cierta: abusan de ese modo porque no encuentran, en el mundo, quienes se opongan con energía a que perpetren esas tropelías.

Me acabo de enterar que también han espiado a los miembros del último cónclave, con el cardenal Bergoglio a la cabeza. Yo estaba meditando, y tramando en mi impotencia, que alguien con autoridad moral, clamase, y elevase la  voz    furibunda ante la indefensión de los pobres y pasivos espectadores de las demostraciones de los poderosos. Y que esta persona por encima de cualquier sospecha podría ser el Papa. Ahora que sabemos que también es víctima de observación interesada y de espionaje, haría un gran bien al mundo, y nos proporcionaría un magnífico beneficio, si, con claridad y decisión denunciara el intolerable comportamiento presuntuoso y arrogante de nuestro amigo americano.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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