Señales autoritarias: malas señales

El Gobierno está dando asustadoras señales de un estilo autoritario en las relaciones con los ciudadanos. La aprobación, con solo sus votos, de la controvertida, discutida y contestada, ley Wert, dejó, bien a las claras, ese talante que vengo a denunciar. A mí me resultó un espectáculo bastante desconcertante, y desanimante, el aplauso que lo bancada del PP se brindó a sí misma tras la aprobación de lo que, a todas vistas, había resultado una gran chapuza de disenso y desencuentro. Pero, por lo visto, eso no interesa, o importa muy poco a la autocomplacencia de nuestros políticos.

Hace tiempo que hemos apreciado un desvío en la valoración de las fuerzas, y de la seguridad de los gobernantes. Desde la amplia mayoría absoluta, nuestros políticos encaramados en el poder han procedido a repetir, de manera aplastante y sin posible subterfugio, lo que tanto afeaban a sus adversarios políticos cuando éstos se encontraban en el Gobierno: que la acción política no debe apoyarse, para su acierto y bondad, solo en los votos recibidos, sino en la intrínseca naturaleza positiva y acertada de la misma. No se tiene más autoridad por no dar cancha a los adversarios, sino por llegar a convencerlos de la alta cualificación de las propias decisiones y soluciones. Lo primero es, al contrario, más que signo de fuerza, señal de debilidad e inseguridad.    

 Gobierno está dando asustadoras señales de un estilo autoritario en las relaciones con los ciudadanos. La aprobación, con solo sus votos, de la controvertida, discutida y contestada, ley Wert, dejó, bien a las claras, ese talante que vengo a denunciar. A mí me resultó un espectáculo bastante desconcertante, y desanimante, el aplauso que lo bancada del PP se brindó a sí misma tras la aprobación de lo que, a todas vistas, había resultado una gran chapuza de disenso y desencuentro. Pero, por lo visto, eso no interesa, o importa muy poco a la autocomplacencia de nuestros políticos.

Hace tiempo que hemos apreciado un desvío en la valoración de las fuerzas, y de la seguridad de los gobernantes. Desde la amplia mayoría absoluta, nuestros políticos encaramados en el poder han procedido a repetir, de manera aplastante y sin posible subterfugio, lo que tanto afeaban a sus adversarios políticos cuando éstos se encontraban en el Gobierno: que la acción política no debe apoyarse, para su acierto y bondad, solo en los votos recibidos, sino en la intrínseca naturaleza positiva y acertada de la misma. No se tiene más autoridad por no dar cancha a los adversarios, sino por llegar a convencerlos de la alta cualificación de las propias decisiones y soluciones. Lo primero es, al contrario, más que signo de fuerza, señal de debilidad e inseguridad. Falta en nuestro país, evidentemente, esta cultura democrática. Algunos tienen demasiados ribetes de la época franquista.

Otra señal autoritaria es, inequívocamente, la preocupación del actual Gobierno con los temas llamados “de seguridad”, muchas veces denominados así para que sirva de pantalla, por la inquietud que ella provoca en la ciudadanía,  de otros asuntos. Recuerdo dos  situaciones sintomáticas: 1º), las cuchillas de la verja de Melilla, y 2º),  la nueva ley que va a regular las manifestaciones en la calle.

  1. Todas los consultados, excepto los miembros del ministerio de Interior, y los diputados del PP, que ya sabemos que, como los de todos los partidos, no votan lo que les dicta su conciencia, es decir, respetando su opinión, sino la del jefe de filas, toda la gente sensata que hemos escuchado estos días, son de la opinión que las cuchillas son, aunque no lo digan con esta rotundidad, una salvajada. Después nos hemos enterado de que son usadas en  instalaciones militares, de instalaciones de energía nuclear, y otras por el estilo. Pero en estos últimos casos, los que intenten entrar, solo se puede pensar de ellos que van, por lo menos, con una intención espuria. Que no es lo mismo que los que intentan, ¡pobres suicidas!, alcanzar una tierra de libertad, y que les proporcione una dignidad de vida.
  2. Que el Gobierno actual tiene miedo a las manifestaciones callejeras, es evidente. Como también lo es que debía de tener otro sentimiento cuando, estando en la oposición, protagonizó manifestaciones en las que se llegó a tachar de asesino al presidente del Gobierno de entonces. Hay muchos que en España opinan que las cosas son buenas cuando ellos las hacen contra otros, pero malas si otros las protagonizan contra ellos. Eso por un lado. Y por otro, ese miedo a que las manifestaciones se conviertan en “violentas”. La experiencia nos dice que, generalmente, eso sucede justamente cuando aparece la policía. Tenemos el derecho a suponer, y los policías deberían disfrutar de la presunción, de que son auténticos y eficaces profesionales, que no necesitarán, normalmente, de las armas y del aparato asustador de la maquinaria de guerra que, con frecuencia, sacan a la calle contra “sus conciudadanos”. Más bien pienso, o pensamos, que las decisiones sobre las actuaciones policiales no se deben a los tecnicismos y protocolos profesionales de la policía, sino a chanchullos de los políticos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “Señales autoritarias: malas señales”

  1. Sobre lo único que no puedo opinar es sobre la contestada «ley Wert», por desconocimiento.
    En las demás cuestiones planteadas en el artículo, estoy totalmente de acuerdo.

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