La unidad de los cristianos

Hoy termina el Octavario por la Unidad de los Cristianos, iniciado el año 1908 por los episcopalianos Spencer Jones y Paul Watson, que se celebra todos los años desde el día 18 hasta el 25 de enero, festividad de la conversión de San Pablo. El origen fue, pues, más bien evangélico que católico. Si bien Watson se convirtió unos meses después al catolicismo, y la jerarquía católica se empeñó en convertir esos primeros pasos ecuménicos en una tentativa de que los miembros de las otras confesiones cristianas volvieran a la Iglesia Católica. En las maniobras para la creación del que después fue el Consejo Ecuménico de las Iglesias, en el año 1914, el del comienzo de la primera guerra mundial, el secretario del Movimiento Fe y Constitución, precursor de ese Consejo, Robert Gardiner, tuvo la delicadeza de escribir en latín al Secretario de Estado vaticano, cardenal Gasparri, invitándolo a una reunión, a la que no asistió. Y el papa Benedicto XV alegó que él, el sucesor de Pedro, era el origen y el garante de la Unidad de la Iglesia.

Esas actitudes de la jerarquía católica dejaban ver, bien a las claras, que en la Iglesia de Roma predominaba la idea, bien asentada, y mantenida sin fisuras, de que ella había guardado toda la realidad y toda la riqueza de la Iglesia de Jesucristo, y no solo la esencia. Y así fue discurriendo el tiempo hasta que el gran papa Juan XXIII, y el Concilio que él promovió, cambiaron sustancialmente esa percepción, y admitieron que los “Hermanos Separados”, -denominación bastante más fraterna y cariñosa que la de “protestantes”-, también habían guardado aspectos, y experiencias de la Iglesia, tal vez menos esenciales, pero que completaban magníficamente la riqueza y la belleza del “precioso plato de porcelana”, que la contienda había partido.

Y así las cosas, ¿quién tiene más culpa de la desunión y separación de los cristianos? Además de la filosofía popular española de que dos no riñen si uno no quiere, la Historia, si contemplada con amplias perspectivas y sin prejuicios, nos alecciona de que las causas, y los condicionamientos, de la ruptura, hay que repartirlos al 50%. En el caso de los ortodoxos, no cabe duda de que ellos tenían todo el derecho de protestar de la introducción, no en Concilio ecuménico, sino particular y regional de la Iglesia en España, de la expresión “filioque”, en el Credo, haciendo así proceder al Espìritu Santo del Padre, y “del Hijo”, (filoque, en latín). El símbolo niceno-constantinopolitano decía “del padre”, (ex patre). Tenían, pues, todo el derecho de protestar. Así como de la elevación de Roma como iglesia no solo “prima inter pares”, sin única primada, con todos el derecho de jurisdicción sobre todas las demás Iglesias.

Fue nuestro gran profesor de Nomología (tratado de las normas generales del Derecho canónico) de la Universidad Pontificia de Salamanca, D. Teodoro Giménez Urresti, el que nos enseñó a distinguir bien entre el campo de la teoría, del logos, y el mundo de la praxis. Y, según él, aunque algún concilio, como el de Trento o Vaticano I, definieron, más que proposiciones de fe, o de contenido racional, determinaciones prácticas o normativas, siempre según su parecer, que en mi opinión era muy esclarecido, esas normas deben de ser obedecidas, pero carecen de la condición imperecedera de las definiciones dogmáticas. Es decir, cuando cambian las condiciones coyunturales que motivaron esas normativas, dejan de ser obligatorias. Además, nunca fueron definitivas ni infalibles. Ejemplo, ciertas afirmaciones de Trento sobre las condiciones de una buena y válida confesión, o las determinaciones del Vaticano II sobre el gobierno de la Iglesia y la infalibilidad pontificia.

Esto quiere decir que si la cúpula de la Iglesia Católica, el Papa y la Curia Vaticana, reconociera que no tiene la misma transcendencia la adhesión al Dios trinitario y a la encarnación de Dios en Jesucristo, que la “virginidad de María”, o la teoría del Primado de Roma, o del poder omnímodo de jurisdicción sobre toda la Iglesia, de una sola persona, el Papa, es decir, si no diéramos nosotros, los católicos, tanta importancia a aspectos puramente disciplinarios, institucionales y canónicos, probablemente derribaríamos el muro infranqueable que imposibilita la Unión de los Cristianos. El concilio Vaticano II no llegó a tanto, pero estableció las bases, como la colegialidad episcopal, después olvidada y enterrada, para poder seguir dando pasos en la auténtica dirección ecuménica. Los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI han significado un verdadero y poderoso freno en la dirección que apuntaba, pero la primavera pontificia que sugiere Francisco vuelve a encauzar la nave de la Iglesia en el rumbo ecuménico apropiado.

Jesús Mª Urío Ru¡z de Vergara

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