Moral versus Palabra (II)

Así que quedamos en que Dios, y, subsidiariamente, la ley natural, serían, para el Magisterio eclesiástico, los orígenes de los contenidos de la conciencia humana. Dejemos de lado que para los creyentes Dios es creador, y, por tanto, todo vendría de Él. Pero no se trata de eso, sino que los ius-naturistas, o los que enseñan que los mandamientos proceden de Dios vienen a afirmar que éste los instituyó y los transmitió directamente al ser humano, bien como lo narra la Biblia, o, tal vez, de otro modo más sutil y discreto que los famosos rayos taladrando la roca del Sinaí. No es esta la idea de los que aseguran que los mandamientos de Dios no proceden directamente del ser divino, sino que los seres creados por Dios tienen su autonomía, cada uno a su nivel y estilo, y, el ser humano, entre todos, posee la autonomía del pensamiento, y, si es verdad que ésta no es total y al 100%, sí que es capaz de dar sus pasos, y hasta volar por cuenta propia.

Sabemos también que los autores sagrados aprovecharon los descubrimientos culturales de otros pueblos y otras épocas para mejorar y completar lo que la Revelación no hizo, y, probablemente, no haría. Entre otras cosas, inspirar a los escritores sagrados los modelos de conducta que hoy día llamamos morales, para que ellos los escribieran y los propagaran entre los hombres. Es de todos conocida la fuerza y la claridad legislativa de Hammurabi, y cómo sintetizó en diez mandamientos los principales códigos de comportamiento moral-social. Eso no quiere decir que en la Biblia no haya textos de contenido moral, como los hay de contenido histórico o geográfico. Lo que quiero decir, y a dónde quiero llegar es que no son estos contenidos los propiamente revelados, sino otros: aquellos que sin esa ayuda divina no seríamos capaces de crear, ni descubrir, ni desarrollar.

Y ahora toco meta, aquí quería llegar. El tema de esta reflexión me lo han dado las lecturas de la misa de hoy, 6º Domingo del tiempo ordinario. Me refiero a la 1ª lectura y al Evangelio. La 1ª reza así: “Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos”. (Ecl  15, 16-21).

En esta lectura se habla de “mandatos del Señor”, entre otras cosas porque el pueblo de Israel, perfectamente teocrático, veía en Dios el origen de todos sus conocimientos sobre la vida y relacionados con la moral. Otra cosa es tomar cuenta, y enterarnos de la actividad juzgadora de Dios, importante para el creyente, en dos sentidos: en el de que exista esa actividad, y, tan importante o más que el otro, en el de que nosotros lo sepamos. Pero está claro que la enseñanza fundamental de este texto, que la podríamos resumir en la necesidad que el hombre tiene muchas veces de optar entre soluciones opuestas, es la quinta esencia de lo que nosotros llamamos moral o ética. En ese sentido, podemos afirmar, y lo hago, que no se necesita pertenecer a un pueblo escogido para alcanzar esos criterios que podríamos considerar del sentido común. A eso me refiero al hablar de “moral” en el título de esta entrada.

Y, ¿qué quiero decir con Palabra? Para explicarme citaría todo el evangelio de hoy. No lo hago porque muchos de mis lectores lo han oído en la misa de hoy, y no necesito alargarme tanto. Se trata de un texto de texto del Evangelio de San Mateo, parte del Sermón de la Montaña, exactamente, Mt 5, 17-37, del que citaré las afirmaciones que mejor se avienen al propósito de este artículo. Así:

  • “Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás“, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego”.
  • Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior
  • Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto.

En estos textos no se nos dan unas simples reglas morales, sino se nos revela el verdadero misterio de la perfección, de la Santidad, a la que el Señor nos llama. En primer lugar por la interioridad de la moral, que ya no consiste en actos externos comprobables, sino se interioriza al corazón dónde únicamente Dios  puede ver, apreciar y juzgar. El cristiano, que quiere decir, y ser, seguidor de Jesús, no es el que cumple los mandamientos, sino el que se fía de la Palabra del Señor, y sabe que, cumpliéndola, se sumerge en el verdadero océano de la Santidad y de la perfección divinas. Y sabe también, aunque haya sido aleccionado de manera diversa por ciertos pastores demasiado asustados, que el cumplimiento de esa palabra excelsa no se le da como un peso abrumador y una obligación estricta, sino como una prueba de la delicia y el gozo que provocan el modo de ser y proceder de Dios.

 Jesús Mº Urío Ruiz de Vergara   

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