Moral (Saul) versus Palabra de Dios (David)

Reconozco que los dos días del tema de la moral y la Palabra algunos pudieron quedar perplejos, y hasta confundidos. Así que hoy, aun con el riesgo de ser un pesado, voy a insistir en el tema, pero de manera más sencilla, directa y pedagógica. ¡Vamos!, esos creo yo. Así que lo primero que haré, es decir lo segundo, porque la “explicatio terminorum” la realicé en las dos entregas anteriores, pues sea el que sea el orden que corresponda a este artículo, hoy iluminaré mi opinión a la luz de los “adversarii”, los adversarios de mi tesis.  Y que nadie se espante, porque el padre Salaverri, profesor de la Gregoriana de Roma, afirmaba a voz en grito, al explicar su teoría eclesiológica, en el capítulo de Adversarios, “la encíclica Mystici Corporis, de Pío XII”. Es decir, en el mundo académico eclesiástico se podía aceptar que una teoría teológica fuera opuesta a la del Papa. Pues en este blog, también.

En el Antiguo Testamento (AT) tenemos dos casos paralelos y antagónicos. El primer rey, Saúl, de la tribu de Benjamín, era un hombre trabajador, honesto, leal, serio, nada dado a maniobras sospechosas en la jungla de la corte, buen militar, y buen israelita. Lo que podemos considerar un hombre  muy moral y ético, ejemplo de buen comportamiento, tan incapaz de usar su imaginación para la creatividad como para la maldad. Todo lo contrario que David, maniobrero, mujeriego hasta la deslealtad, maquiavélico, a quien no le importaban los medios, como el asesinato, con tal de conseguir los fines, pésimo educador de sus hijos, pero …, por otro lado, apasionado, arrollador en su belleza varonil, física y psicológica, amigo de sus amigos hasta el desastre oficial, encantador en su sensibilidad, gran político, gran militar, excepcional hombre de Estado. Pero, sobre todo, hombre fiel a la Palabra y a la voluntad de Dios, en lo bueno y en lo malo. Gran pecador, inmenso en el pecado y el la conversión, pero único de quien la Palabra de Dios que afirma que “tenía un corazón según Dios”. Un gran inmoral, pero un gran creyente. Inmoral, pero Santo, santo y pecador, como afirma la plegaria eucarística nº 5 de la Iglesia, que “es santa y pecadora”.

La Iglesia institucional no parece compartir los criterios que expongo en este artículo. Por eso he llamado, en otras entregas, santidad administrativa, a la que resulta del reconocimiento oficial de la misma por parte de la jerarquía eclesiástica a través de solemnes proclamaciones, beatificaciones o canonizaciones. Sobre todo me chirría un apartado: el que presenta las virtudes heroicas del nuevo beato o santo. Este tipo de virtud, máximo exponente de lo que vengo llamando mundo moral, o comportamiento moral o ético, no es específico, ni propio, del mundo cristiano, ni de las personas creyentes, ni de los seguidores de Jesús. Más bien, es la escoria y la basura del mundo, (1ª carta de San Pablo a los Corintios), lo que Dios ha llamado para confundir la sabiduría y la fuerza, y las virtudes heroicas del mundo. No es en el comportamiento moral de los hombres donde se ve la Santidad de Dios, sino en aquellos que solo se pueden alcanzar por el seguimiento de la Palabra, y únicamente después de una humilde, constante y paciente súplica a Dios, quien nos ordena, “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo“. (Lev, 19,2)  Solo cuando ese comportamiento “diferente” (santo: lo otro, trascendente, lo diferente, lo que no se alcanza por la sabiduría humana) se aprecia como un don de Dios, (“jaris”>carisma>regalo>gracia), solo entonces podemos hablar de Santidad: “sed santos, como Dios es Santo”; “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt, 5,48),quien hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos”. (Mt 5,45)

Exactamente como el retrato del Sermón de la Montaña, cuando el discípulo de Jesús pone la otra mejilla, entrega la chaqueta al que solo quería quitarle el abrigo, cuando ame y perdone de verdad al que ha querido destruirlo, o ha matado a sus padre , -como hacían los primeros cristianos-, sólo entonces nuestra “luz brillará en medio del mundo”, como un reflejo inconfundible de la Santidad de Dios. No quiero ser irreverente, y los miembros del Opus Dei que me perdonen, pero no veo para nada esos signos de los “anawim” de las Bienaventuranzas en el tipo de santo, proclamado oficialmente, como José María Escrivá de Balaguer. Hay muchos católicos de la alta burguesía europea que reflejan de igual modo precario y deficiente la santidad de Dios. Y no olvidemos que la santidad, el hecho de “ser sal, luz y fermento” no sólo es apreciado por los hombres en la existencia, o el comportamiento, o la actitud  de un creyente, porque ésta haya sido declarada como tal por la autoridad de la Iglesia, sino porque esos signos sean evidentes, y brillen como el sol en la vida de los presentados como modelos. Si no se da este reconocimiento del “sensus fidei populi Dei“, (del sentido de fe del Pueblo de Dios) no adelantan nada declaraciones oficiales.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

      

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