La traición al Evangelio

(“A nadie llaméis padre, porque solo uno es vuestro Padre”…; “a nadie llaméis maestro”…; “a nadie llaméis doctor”…). Cuando uno lee, con espíritu puro y sin prejuicios, estas palabras en el Evangelio, y otra muchas, no puede menos de preguntarse sin ha sido éste, el Evangelio, el que ha marcado las pautas de conducta en la historia de la Iglesia. O si no se ha dejado llevar, más bien, por normas, costumbre y comportamientos tomados de otras alternativas religiosas, alejadas de la palabra revelada, tanto en el Antiguo (AT), como en el nuevo Testamento (NT). Pero ya no es noticia que el respeto a las indicaciones del Evangelio no es lo más normal en la praxis institucional de la Iglesia. ¿Quieren ejemplos?:

  •  La injustificable división  entre clérigos y seglares, (no podemos olvidar que Jesús era laico, y nunca fue, ni pretendió, ni se presentó cómo, sino que criticó y denunció vehementemente a los clérigos de su tiempo);
  • Llamar sacerdotes a los presbíteros, (en el Nuevo Testamento –NT- no se llama así a ningún mimbro de la Comunidad cristiana, solo a Jesucristo);
  • La ley del celibato obligatorio, (que según mucho historiadores y analistas entró en la Iglesia por motivos económicos
  • Las mitras episcopales (y el poder del obispo, mucho más allá que su carisma de servidor y cuidador de la Comunidad);
  • El derecho canónico, (que depende de la única potestad legislativa del obispos de Roma);
  • Las inmensas Iglesias y catedrales (que son bonitas, pero no tienen nada que ver con el Evangelio);
  • La proliferación de vírgenes, (que fomentan un culto que es, en la práctica, casi idolátrico);
  • La confesión auricular, con el poder excesivo del confesor, (absolutamente alejada del poder de perdonar dado por Jesús a la comunidad);
  • El Vaticano, (ya simplemente como instrumento de Gobierno de la Iglesia Universal);
  • El Vaticano, como Estado pontificio, (jamás se le habría ocurrido a Jesús que el que haría las veces de Pedro tuviera poder mundano, civil);
  • El omnímodo poder absoluto del Papa, (independientemente de que algunos papas lo hayan ejercido con prudencia y moderación; pero han sido los menos).
  • Las Congregaciones romanas, (con un poder jurisdiccional que se han inventado a espaldas totalmente del Evangelio);
  • Las misas multitudinarias, (que nada tienen que ver con la Eucaristía de la Ultima Cena, o de las primeras comunidades);
  • La Adoración del Santísimo, (de lo que no hay pistas, ni soporte, ni indicio teológico, en el Evangelio, y que no fue praxis de la Iglesia en once siglos);
  • Los castigos a teólogos,  (no por apartarse del Dogma, sino por explicarlo de modo diferente al Magisterio oficial);
  • El culto abusivo a tanto santo, (entre los que hay que no dicen nada, o dicen muy poco, a los fieles, en su fidelidad al Evangelio, o sólo tienen sentido para una pequeña parcela del Pueblo de Dios);
  • La continuas injerencias políticas de los obispos, (desde el siglo V, pero que continúan, por lo menos en la Iglesia Española);
  • Ciertos tratamientos medievales, (como “monseñor”, “Santo Padre”, etc.);
  • La insufrible lista de rangos y tratamientos de protocolo, (como Eminencia, Reverendísima; Ilustrísima; Excelencia, etc., que resultaría ridícula si no fuese patética).

La lista puede ser mucho mayor. Sé que estamos tan acostumbrados a todos estos planteamientos eclesiales, que precisamos de una verdadera catarsis mental para tan siquiera ponerlos en tela de juicio. Pero quiero dejar claro que este tipo de cuestionamientos es necesario, benéfico, y casi fundamental, en la Iglesia de hoy, en la que el papa Francisco está dando prueba de sinceridad, amor a la verdad, y respeto al cumplimiento del mensaje evangélico. Si no ponemos en tela de juicio todos estos desvíos del Evangelio, o, a veces, ni los admitimos como una rémora en la vitalidad de la Iglesia, y en su fidelidad al Jesús del Evangelio, entonces no será posible ninguna tentativa de seria reforma. Sería mejor, y más eficiente, que este tipo de posicionamiento lo hicieran teólogos y pensadores de mayor entidad que la mía, y sé que aunque les gustaría hacerlo a más de uno, sus especiales responsabilidades, y sus puestos en la Iglesia no selo permiten. Sin embargo, no podemos ignorar, ni obviar, que este asunto hay que abordarlo son mucho respeto, pero sin excesiva demora.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

7 Responses to “La traición al Evangelio”

  1. Estimado señor, creo que usted se confunde, o no sabe lo que dice, o si lo sabe debe, en mi opinión, aportar soluciones CONCRETAS a esa retahíla de defectos que tiene la Iglesia hoy. Le doy algunas pistas:
    Eliminar la figura del sacerdocio
    Sin sacerdotes ya no habría que eliminar el celibato
    Los obispos serán laicos con pantalones vaqueros
    El derecho canónico por votación democrática de todos
    Lo de las catedrales que usted las define como “bonitas” sí que me deja roto. No habrá adjetivos más acordes. En fin…
    El omnímodo poder del papa lo eliminamos con unas votaciones de laicos porque no hay sacerdotes
    Lo de los castigos a teólogos por apartarse del dogma se soluciona quitando los dogmas. ¿O cómo pues?, si cada uno piensa, expone y dice lo que le parece, ¿a quién hemos
    de aceptar? Fuera el Magisterio.
    Redefinir la figura del santo en base a criterios cómo cual? bueno según el teólogo de turno.
    Yo pensaba que había una separación Iglesia Estado. Ah, pero es que los obispos no pueden hablar de política, claro
    Y lo de los tratamientos, pues nada sin obispos, sin curas solo con laicos nos trataremos de tú como colegas.
    Discúlpeme pero sin ánimo de molestarle, creo que a veces hacemos críticas muy duras sin aportar soluciones, pero soluciones que lo sean de verdad. No vaguedades y palabras florero que quedan muy bien, pero no se sabe muy bien por donde va la cosa.
    Un saludo cordia.

  2. No debería responder a su anonimato, pero lo hago por un sentido de la fraternidad que parece Vd. no tener. No use la ironía facilona y banal, y respóndame solo a esto: alguna de las cosas que señalo como anti-evangélicas, ¿no lo son? Es a esta pregunta a la que tiene que atenerse para criticar mi artículo. Nada de lo que critico tenían los cristianos en los tres primeros siglos, y mire si tuvo éxito la Iglesia primitiva que derribó al poderoso Imperio Romano en poco menos de trescientos años. ¡Ah!, la propuesta de solución es muy fácil: eliminar todas esos añadidos, y volver a la sobriedad, e integridad, y a la fidelidad al Evangelio de la Iglesia Primitiva.
    Areópago

  3. ¡Uf!

  4. Me parece una respuesta muy acertada y bien merecida

  5. En primer lugar le informo que mi anonimato se debió a que era la primera vez que escribía aquí, y sin querer envié el texto sin poner los datos. Por otra parte, le pido disculpas si el tono irónico de mi mensaje le ha podido molestar.
    Sobre su pregunta en concreto sobre si alguna de las cosas que señala como anti-evangélicas, lo son o no, voy a hacerle una pequeña reflexión sobre una de ellas. Me voy a centrar sobre lo de las catedrales (de verdad que me llama la atención la valoración que hace usted de ellas), y sobre esto, ¿le parece antievangélico el sentimiento de la grandeza de Dios que tenían estos hombres que la construyeron? ¿Es antievangélica la expresión artística del sentimiento religioso cristiano? En este punto me quedo perplejo, algo que para mí (el arte cristiano) es una de las máximas expresiones del evangelio, pues fue ese sentimiento el que llevo a los cristianos medievales a construirlas, para usted no lo es. Y tanto usted como yo somos seres humanos. Y además (creo) que católicos. El tema es mucho más profundo de lo que parece a primera vista. Sobre el resto de puntos, hay sin duda explicaciones, pero me temo que no le van a convencer. Una última cuestión, qué es volver a volver a la sobriedad, e integridad, y a la fidelidad al Evangelio de la Iglesia Primitiva. De verdad, dígame qué es eso. Es que lo estoy escuchando constantemente pero por más que trato de comprenderlo no sé como se vuelve a la Iglesia primitiva.. ¿Es qué no sé a qué se refieren con “Iglesia Primitiva”. La de los evangelios, la de los Hechos de los apóstoles, la de las cartas de Pablo? Mire, le pregunto esto porque en mi parroquia también lo oigo mucho, pero nadie me dice más que vaguedades y si usted lo sabe nos haría un gran bien. Un saludo cordial

  6. He vuelto a enviarlo de forma anónima. Como puede ver soy un torpe. Me llamo Angel y mi correo electrónico creo que aquí va.

  7. A mí me gustan las catedrales tanto como a ti. Permíteme que te tutee. pero las grandes construcciones no so signo del Evangelio, sino de una religiosidad que no es mala de por sí, sino solo si no ayuda, o directamente estorba, como parece ser, al entendimiento del Evangelio. San Pablo enseñó a los cristianos que ellos eran las piedras vivas del edificio que es la Iglesia. El arte derivado del cristianismo es fantástico, y yo soy de un pueblo de Navarra, Olite, que tiene dos bellas iglesias: una románica del siglo XII, y otra gótica del XI-XV. Pero lo verdaderamente cristiano de mi pueblo, ha sido, (desgraciadamente no puedo decir que ahora lo sea), la gente. Y para arte cristiano, me quedo con los grandes compositores de música cristiana, y el Gregoriano, y el Requiem de Mozart, o la “Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Y también con las catedrales, aunque se desvíen un poco del Evangelio de las Bienaventuranzas.
    Areópago

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