La dignidad importa, y mucho

Tal vez el artículo que publiqué ayer, cedido a mi blog por un autor tan preparado en la materia, como duro y claro en sus análisis, como es  Vicenç Navarro, no haya gustado a algunos lectores de este blog. Incluso, puede ser que los haya molestado. Pero el asunto es importante, decisivo y, si no lo atacamos, y solucionamos, cuanto antes, se podrá convertir en un quiste, cada vez que pasa más tiempo, más tumoroso. Y el asunto es, justamente, el de la dignidad. La dignidad no se compra, ni se vende, porque no es un asunto económico. Pero también requiere presupuesto, gasto del Estado, porque vivir con un mínimo grado de dignidad, y mucho mejor que no sea mínimo, cuesta dinero, evidentemente.

Nuestra Constitución protege, en teoría, esa dignidad. Pero hay que reconocer, con sinceridad, que la gente está cada vez más cansada de teorías. Todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna, sí. Pero la sensación que tiene la gente pobre, la pobre de verdad, es que las leyes protegen más no solo el dinero de los bancos, que se trata de una propiedad que, como todas, el Estado tiene que proteger, sino “las “ganancias” de los mismos. Y eso ya es harina de otro costal. Nos quieren convencer algunos economistas nada humanistas, de que si nuestras empresas no ganan muchísimo, como las grandes corporaciones internacionales, no pueden subsistir. Y eso es mentira. Hay empresas con un nivel muy proporcionado de lucro, no excesivo, que se mantienen magníficamente. Lo importante es, en este tema, señalar muy claramente los objetivos de la riqueza, cuál es la finalidad primordial del dinero, y nunca poner éste por encima de cualquier persona. Pues todas ellas tienen derecho a la dignidad, no solo las clases altas de un país.

Estoy oyendo estos días muchas bobadas a gente que se tiene por periodista, tal vez porque un día sacó el título de tal, pero que ni literaria, ni culturalmente, ni en la objetividad informativa, ni en la altura de sus opiniones, ni, todavía menos, en su formación intelectual y moral humanística, hacen obsequio a la magnífica escuela de periodismo que ya ha habido alguna vez, pocas, desgraciadamente, en nuestro país. Y pontifican sentados en sus lugares de privilegio, no demostrando ninguna otra real preocupación por los reales problemas de la gente, sino una fría e insultante conmiseración, si es que abordan el tema.

Ha sido una verdadera casualidad, -¡o tal vez no!, sino una premeditada jugada de la Providencia-, el que coincidieran en Madrid el cuerpo sin vida de uno de los de verdad padres de la democracia española, con las marchas que, desde todos los rincones de España, acudieron a Madrid para gritar y exigir una política y una economía más atenta a la dignidad de las personas, que al montante de la prima de riesgo. Cientos de miles de personas hicieron una kilometrada, pacíficamente, y, algo todavía más decisivo, esperanzadamente. Pues bien, los incidentes protagonizados por unos, muy pocos, exaltados, han sido los que han ocupado el mayor y más destacado espacio den los diarios. Y hay rumores, que tal vez sean el inicio de esos indicios que buscan los jueces, de que algunas pruebas físicas presentadas por la policía eran de otras manifestaciones, ya habidas hace tiempo. No lo aseguro, pero nadie se tiene que escandalizar de la mera posibilidad de que la Policía no sea siempre intachable, e inmaculada. Todos sabemos de hechos y sucesos en que las condenas judiciales han demostrado el poco escrúpulo de algunos agentes de la policía, gracias a Dios los menos, porque si no ¡estábamos buenos!

 Los ciudadanos tenemos el derecho de exigir de los que en la sociedad tienen el monopolio del uso de las armas, que las usen con una íntegra profesionalidad. Y también debemos exigir a la policía que sepa, profesionalmente, y no siempre a porrazo limpio, imponer el orden en la calle. Porque hay situaciones en que, por la tensión del momento, o por la sensación de peligro, que provoca temor, acaban pagándolo justos por pecadores, o llevarse una caricia policial enérgica por el mero hecho de pasar por allí.

 No estoy seguro, y por eso lo digo con prevención, pero no sé que ningún obispo, como verdaderos pastores de sus ovejas, haya protestado alguna vez del maltrato con que algunas veces son obsequiadas. Acaba de presentar Caritas española un informe que demuestra que acabar con la pobreza severa en nuestro país es más barato, 2.600 millones de euros, que el rescate que el Gobierno va a abonar para resarcir la inversión que ciertos particulares hicieron en las autopistas del entorno de Madrid, ¡sin ánimo de lucro, claro! Pero en nuestra tierra parece que nos gusta socializar las deudas, y privatizar los beneficios. ¡Nos hubiera gustado tanto que algún obispo estuviera respaldando con su presencia las presentación del informe de Caritas y FOESA! (Fomento de estudios sociales y de Sociología aplicada), y haber escuchado, y apoyando con su presencia, frases como ésta:

 “Lo que la crisis ha evidenciado es el carácter contracíclico de nuestra economía, es decir, crece la pobreza en época de recesión, pero no se recupera en la misma medida en épocas expansivas”. Lo que falla es el modelo y, en concreto, ver si España apuesta o no firmemente por un modelo en el que la persona y su DIGNIDAD ocupen el lugar central de todas las prioridades, y donde el bien común marque la hoja de ruta”.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara   

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