Somos ciegos, juzgamos por las apariencias, y no es fácil salir de la ceguera.

Como siempre, los temas de la 1ª lectura y la del Evangelio se complementan en este 4º Domingo de Cuaresma. En la primera, el profeta Samuel tiene serios problemas para acertar en cuál de los hijos de Jesé será el escogido por Yavé para rey. Y eso que el profeta solía ser bastante agudo y clarividente. Y en el evangelio de Juan, el ciego de la piscina de Siloé  no solo tiene problemas para ver y poder juzgar, sino que está lógicamente  imposibilitado para ello. Así que en esta entrega voy a desglosar breve, pero pienso que con la suficiente profundidad, las dos lecturas.

En la del profeta Samuel éste acude a casa de Jesé, porque algo le dice, o tenía informaciones al respecto, de que en su casa se encontraba el que Dios elegía para rey, en sustitución de Saúl. El profeta se fijó en el hijo mayor, algo bastante lógico en el ambiente judío de aquellos tiempos. El muchacho, Eliab, era de buena planta, alto, y de bella estampa. Pero no era ese el elegido. Así que pasaron los siete hermanos, y ninguno de ellos era el llamado a la dignidad real. Pero quedaba el pequeño, que estaba cuidando las ovejas, para que sus hermanos pudieran asistir a semejante reunión familiar, de tanta importancia. Era el pequeño, y nadie contaba con él, excepto Dios, “quien no juzga por las apariencias, sino que conoce el corazón“. Es decir, hasta un hombre tan sabio y clarividente como Samuel tiene defectos de visión para juzgar la realidad. Y por aquí va la enseñanza de la Palabra de Dios en este domingo.

En la segunda lectura Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento, cuya única ocupación era pedir limosna, “por amor de Dios”. Era, pues, un pordiosero. Jesús se conmueve al verlo, y se apiada de la exclusión que debería de padecer ese hombre. Así que decide cambiar su vida. A la verdad, que el modo que encontró el Maestro para hacer realidad ese deseo fue un tanto original y poco ortodoxo. Hizo Jesús un barro con polvo del camino y saliva de su boca, y se lo aplastó contra la cara, en una intervención que era todo menos delicada y respetuosa. ¡Aparentemente!, y solo en apariencia. Lo que el Señor buscaba era no solo curar al ciego, sino que éste se diera cuenta de la vaciedad y rutina de su vida, y dejara de estar satisfecho con las exiguas ganancias de su actitud petitoria. El encuentro con Jesús cambia por completo la vida del ciego. Esta es una de las consecuencias que tienen que aprender y visualizar los catecúmenos de la primera Iglesia, para los que se escribían los evangelios. O mejor, pensando en los catequistas, para que éstos tuvieran una guía, o fichero, para trasmitir la catequesis a los que se preparaban para el Bautismo en la primera Iglesia.

Para entender bien la catequesis de este relato tenemos que compararlo con el del ciego de Jericó, que había perdido la vista por un accidente, o por alguno de esos avatares negros de la vida. Al encontrase cerca del camino por el que pasaba Jesús comenzó a gritar desaforadamente, solicitando que el Señor lo curase. Y así hasta cansar a los apóstoles, quienes le pidieron se callase, a lo que respondía gritando más. Aquí el grito es la oración, que no cesa hasta que el Señor se apiada y le hace volver a ver la luz.

A veces el amor de Dios no se manifiesta de modo romántico y sentimental. Sucede que a los ciegos que no saben que los son, y en la vida hay muchos de esos, y no de ceguera física, Dios no tiene otro remedio que llenarles la cara de barro, de embadurnarlos, para que se den cuenta de lo inútil y estéril de sus vida, y hagan una “metanoya”, y ala cambien por completo,

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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