¿Por qué nos critican tanto?

Me refiero más a los medios de comunicación que a la gente, a los ciudadanos en general. Éstos, tanto los que practican más o menos con el culto, como los que no, acostumbran a tener sobre la Iglesia una mirada más benévola, porque es mucho más cercana, que los medios de comunicación. Éstos, por lo menos en España, adolecen de un anticlericalismo bastante infantil y elemental. Cosa que no me espanta. Lo que me sorprende es que habiendo, como los hay, argumentos históricos, jurídicos, y no digamos teológicos, para justificar esa especie de animadversión hacia la Iglesia como institución social, la mayoría de nuestros periodistas se queden en anécdotas y minucias, más propias de tertulias desinformadas y populistas, que de artículos serios de información y opinión.

A mí, como he dicho, no me espanta que os critiquen, injurien y calumnien. Más bien me preocuparía lo contrario. Ya nos avisó el Maestro en la primera página del “Sermón de la montaña”: “Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegre y contentos, porque será grande la recompensa que Dios os dará; porque de igual modo persiguieron a los profetas que os han precedido”. (Mt 5,11). Si el Señor-Jesús fue perseguido por las autoridades políticas, sociales y, sobre todo, religiosas, no tendría lógica que no lo fuéramos nosotros. “Si hacen esto con el leño verde, ¿cuánto más lo harán con el leño seco?, como dijo Jesús a las mujeres que lo lloraban en el camino del Calvario, en Lc 23, 31. Está claro que Jesús es el leño verde, y sus seguidores, nosotros, el seco.

No nos debe, pues, desconcertar, que seamos malentendidos, incomprendidos, indultados, y hasta perseguidos. La pregunta verdaderamente pertinente, y crucial, es si en esa actitud del mundo se cumple o no la predicción de Jesús; es decir, si nos critican por causa de Él, por seguir sus enseñanzas, por cumplir su Palabra, por reproducir su actitud ante la vida, ante el mundo, ante los poderosos, ante la Religión;  por nuestra inequívoca identificación con los pobres, los marginados, los excluidos, los que no cuentan, los emigrantes, los subsaharianos, los condenados por el puritanismo hipócrita y rígido del mundo, los publicanos, samaritanos y leprosos de este mundo.

Y a esta altura de mi reflexión me asaltan las dudas. Es bastante aleccionador que en las últimas encuestas de opinión, de esas serias que hace el CIS, la Iglesia es mejor aceptada cuanto más se baja en la escala jerárquica de sus miembros: así lo que mejor acepta el ciudadano español de la misma es CARITAS, la gran ONG social de la comunidad eclesial, con más de 70% de aceptación; después los curas de las parroquias, que rondan el 50%; y muy abajo ya los miembros del episcopado, o la CEE, (Conferencia Episcopal Española), que es lo mismo, que ml pasa de un 4%. Mi opinión es que estos coeficientes se dan por algo, que no son fraudulentos, y que tienen una explicación no solo sociológica, sino evangélica y eclesial.

Como he indicado más arriba, muestro Maestro fue perseguido por los Sumos sacerdotes, los senadores y los jefes de los fariseos porque “no cumplía el Sábado”; porque “comía con publicanos y pecadores”; porque desbarataba el tinglado  económico que tenían montado los sacerdotes del Templo y los mercaderes;  porque no respetaba las leyes de pureza legal; porque se permitió la provocación de pasar abiertamente por Samaría, cuando estaba prohibido; y porque agravó esta última infracción parándose a hablar con una mujer, que, además, era prostituta, y a la que, para colmo, pidió le diera de beber con su pozal, (cubo para sacar agua del pozo). Todo esto quiere decir que Jesús fue considerado un infractor por identificarse totalmente con los más despreciados y rechazados de su sociedad. (Todo ello muy conforme con la típica y cálida expresión del papa Francisco de “oler a oveja”. Jesús debía oler así cuando volvía al redil con la oveja perdida sobre los hombros).

La crítica, y hasta el rechazo, de gran parte de la ciudadanía española, referentes a las actitudes, pronunciamientos y declaraciones del conjunto de la CEE, o de algunos arzobispos u obispos bien señalados, se fundamenta, como aseguran muchos de  mis parroquianos, en razones contrarias a las que provocaron la persecución de Jesús: así como el Maestro se identificó con los humildes y pobres, y fue un azote para los poderosos, en la jerarquía de Iglesia española sucede lo contrario: la sociedad la percibe como amiga, o por lo menos, próxima, y, a veces, hasta connivente, cuando no cómplice, de los poderosos. Si a esto unimos la repetida  pretensión de interferencia de muchos de nuestros obispos  en los asuntos legales, y en su voluntad de modelar la moral pública de nuestro pueblo, tendremos de manera cabal y segura los motivos por los que tanto critican a la jerarquía católica.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

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