La profecía involuntaria del Sumo Sacerdote.

En la línea que ayer comentaba, de magnífica y fina elección de textos litúrgicos para estos días previos a la Semana Santa, y de la sorprendente habilidad y maestría de los escritores del Nuevo Testamento (NT) para leer  e interpretar los escritos proféticos en clave no solo mesiánica, sino cristiana y “jesuana”, la misa de hoy nos depara también un rico material para la meditación bíblica, litúrgica y teológica. La primera lectura prepara  perfectamente loa que después escucharemos en el clímax de la lectura del Evangelio. Dice en la segunda parte de dicha primera lectura, del profeta Ezequiel:

“Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre. Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.” (Ez 37, 35-38).

Es conmovedor, y casi estremecedor, para los que amamos al pueblo de Israel, que esas promesas mesiánicas, fundadas y sostenidas en el Rey David, proferidas y anunciadas para su cumplimiento en la ortodoxia, para los judíos, del pueblo de Israel, se hayan después, cumplido, en un pueblo, para ellos advenedizo y usurpador, como consideraron a la Iglesia cristiana primitiva. Y que, además, esta aplicación concreta más allá de las fronteras, físicas, psicológicas, religiosas, y políticas de Israel, ya fuera profetizada por el Sumo Sacerdote, Caifás, como veremos más abajo cuando pueda terminar ese artículo.

Efectivamente, en la reunión de emergencia convocada a las prisas por los jefes de los judíos, en un momento de lucidez profética por su unción como Sumo Sacerdote, se levantó Caifás y exclamó, siendo un tanto rudo cono sus pares: “Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.” Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”. El Sumo Sacerdote no podría jamás imaginar la grandiosa exactitud de su profecía, que se cumpliría, de manera nunca soñada, en la primera cristiandad. Más bien que soñada, execrada por la miras pequeño-nacionalistas de los jefes judíos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “La profecía involuntaria del Sumo Sacerdote.”

  1. falso

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