Sacerdocio ministerial & sacerdocio común de los fieles (II)

(Continúa)

Ministerios sin sacerdocio

 Tras la muerte del Maestro, algunos de sus seguidores, hombres y mujeres, experimentaron que él estaba vivo. Pedro y los Once, varias mujeres, la madre y los parientes y otros que le habían seguido retomaron la obra de Jesús y empezaron a organizarse desde perspectivas diferentes. Nadie les había dicho cómo debían hacerlo, ni ellos establecieron una “asamblea constituyente” para definir sus estructuras. Pero el Espíritu les fue guiando. Y poco a poco nacieron las diferentes comunidades o Iglesias: Jerusalén, Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto…, carentes de instituciones administrativas, sacrales o legales; pero cada una con su propia idiosincrasia. Les importaba más el mensaje que la organización, más el carisma que la estructura. Después de la muerte de Jesús, se reúnen en su nombre y le recuerdan en la comida compartida, descubriendo y gozando su presencia gloriosa.

En cada etapa de su historia, la Iglesia primitiva se iba encontrando con nuevas necesidades y prioridades. Para responder a estas nuevas situaciones se fueron creando y desarrollando ciertos ministerios. La diversidad en la Iglesia se traduce en la variedad de carismas y de servicios (1Cor. 12,4-6). Pero esta pluralidad no afecta sólo a los miembros individualmente (carismas); también es “funcional” (servicios-ministerios). En este sentido, los ministerios dan respuesta a las necesidades diversas de la propia iglesia. Estos ministerios pueden variar de una comunidad a otra; tampoco tienen todos la misma importancia. En particular, para Pablo, los servicios de la Palabra vienen siempre en primer lugar: “apóstoles, profetas y maestros” (1Cor.12, 28).

 Sólo en un momento posterior, cuando estuvieron bien establecidos, las diversas comunidades unificaron sus ministerios. Las Cartas Pastorales nos presentan una Iglesia constituida ya como una incipiente “sociedad estructurada”, propia de su necesario desarrollo, adaptándose a las circunstancias locales o a momentos de crisis doctrinales: Obispos, presbíteros, diáconos. Sin embargo, en ningún escrito se habla de “sacerdotes”, ni estos “cargos” ostentaban autoridad o supremacía. No existe ningún indicio del “obispo monárquico” hasta principios del siglo II, a partir de san Ignacio de Antioquia, estructura que llegó a su exaltación en la Edad Media y que se ha perpetuado hasta nuestros días. El término más empleado en los escritos apostólicos, y que no puede asociarse a ninguna idea de autoridad, supremacía, dominio o dignidad, es el de “diakonía”, servicio. Hubo pues, al principio, una gran riqueza de visiones y de ministerios, que sólo con el tiempo se fueron unificando, hasta formar (ya en el siglo II d.C.) lo que será la jerarquía posterior de la Iglesia .

Somos un “pueblo sacerdotal, sacerdocio santo (1 Ped. 2, 9-10)

 En el N.T. se aplican a todos los cristianos ciertos pasajes que en el A.T. estaban reservados al templo, a los sacerdotes y a los levitas. Vale decir que la comunidad cristiana está constituida por “consagrados”; todos somos consagrados, no solamente los “ordenados” para un ministerio. Encontramos textos en los que las palabras “sacerdocio” o “sacerdotal” se atribuyen al “conjunto de los bautizados”, a todo el “pueblo”, no a una “función particular”: “Vosotros sois piedras vivas… formando un sacerdocio santo…” “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real…” (1 Ped. 9, 5. 9. Ver también Apoc. 1,6; 5,10; 20,6). Los tratados teológicos que han aplicado y aplican a los “ordenados” las características del “sacerdocio de Cristo” (aunque más bien son propiedades de los sacerdotes del Antiguo Testamento), no se corresponden con la “teología del Nuevo Testamento” y usurpan una función y dignidad que no les pertenece.

El Concilio Vaticano II puso al bautismo como fuente del “sacerdocio común de todos los fieles”. Todos los bautizados formamos este “pueblo sacerdotal”. De esta definición conciliar deducimos que:

 -todos, no sólo unos pocos elegidos, han sido incorporados a la Iglesia por el bautismo y han recibido el Espíritu;

 -todos, no sólo unos pocos elegidos, han asumido el servicio y la responsabilidad por la comunidad;

 -todos, no sólo unos pocos elegidos, han recibido el encargo de anunciar y proclamar el mensaje cristiano;

 -todos, no sólo unos pocos elegidos, “participan en el pueblo santo de Dios de la función sacerdotal y profética de Cristo” (L. G. 12).

 No necesitamos la “mediación” de una “institución sagrada”

Lo que equivale a decir que no necesitamos la “mediación” de una “institución sagrada” (clero) para vivir la fe en Cristo Jesús. En esta línea, entre los primeros cristianos no había lugar para una casta o grupo sacerdotal, pues sus gestos o ritos específicos (bautismo, eucaristía) no exigían la existencia o función de un sacerdocio especializado, sino que eran propios de todos los creyentes, que compartían un sacerdocio nuevo, el de la vida en y con Jesús. Por el contrario, una visión jerárquica y sagrada de los ministros, y una ordenación sagrada de la jerarquía en sí, ha impedido que cualquier bautizado pueda proclamar y compartir la Palabra, con-sagrar (=bendecir) y presidir la “Fracción del Pan”.

El sacerdocio ministerial subordinado al sacerdocio común

 Si el Concilio hubiera profundizado esta realidad sacerdotal de los bautizados, habría subordinado, como quiso hacerlo, el sacerdocio ministerial al sacerdocio común de los fieles. La igualdad de todos los bautizados tiene que dejar en segundo plano las posibles diferencias estructurales, y relegarlas solamente a la diversidad de ministerios o funciones.

Los esfuerzos invertidos en justificar o canonizar tal o cual sistema de estructuración de los ministerios a partir del Nuevo Testamento son, cuando menos, inútiles, ya que el N.T. atestigua una evolución y una pluralidad de formas de organización de los ministerios en la Iglesia. Tales ministerios no se deben interpretar y menos aún realizar como funciones de una “casta privilegiada”, separada del resto de los fieles.

Pepe Mallo

(Transcrito por Areópago)

One Response to “Sacerdocio ministerial & sacerdocio común de los fieles (II)”

  1. Me parece muy interesante, Padre Urío, el artículo que transcribe y, especialmente, que quiera resaltar, mediante negrita y/o cursiva, las partes con las que está Usted más de acuerdo.
    Lo he copiado a Word para guardarlo y leerlo con la atención que se merece aunque, posiblemente, cuando esté en disposición de opinar, ya sea un poco tarde, lo digo porque este artículo de referencia habrá sido «eclipsado» por sus publicaciones diarias más recientes.

    Un abrazo.

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