Clericalismo & Laicismo

Dicen que los ismos son malos. Pues en lo que atañe al título de este artículo, habrá que convenir que tan malo es uno como otro. Desde el concilio de Trento hasta el Vaticano II predominó un clericalismo atroz en la Iglesia. Ésta llegó a configurarse como un monstruo, con una cabeza inmensa, el clero, y un cuerpo enano y raquítico, el pueblo, la tropa, los laicos, los seglares, los fieles de a pie. La estructura jerarquizada, que no es mala mientras no sea excesiva, era todo menos moderada, en los siglos que van dese Trento hasta el Vaticano II, pasando por el primero, que acabó de rematar le preponderancia del clero, con la proclamación del primado romano y la infalibilidad. Era mucho más que excesiva la estructura piramidal de la Iglesia: era asfixiante, abrumadora, beligerante, conquistadora, colonizadora, acaparadora, dominante. Tenía todas las notas negativas del poder. Y no tenía la única que la haría eclesial: la de ser evangélica.

El papa Juan XXIII quiso cambiar ese estado de cosas, que, además de ser profundamente antievangélico, se estaba demostrando calamitoso y destructivo para la Iglesia, para lo que convocó la asamblea conciliar, que con el nombre de de Concilio Vaticano II intentó la ardua, dura y gigantesca tarea de proceder a ese cambio verdaderamente copernicano. Y lo primero que intuyó la sensibilidad eclesial de los interesados en la reforma de la Iglesia, para que su rostro brillara limpio y resplandeciente para todo el mundo, fue, justamente, acabar con el dominio sofocante, enervante, enfermizo, y a esas alturas, casi moribundo, de un clero acomodado a sus privilegios, con unos modos cansinos de evangelización y de pastoral, y con un talante autoritario e impositivo, que estaban anquilosando, casi paralizando, el cuerpo eclesial. Era urgente hacer aflorar la vitalidad y la energía del Pueblo de Dios.

Ciertos teólogos alemanes, en Europa, y el padre José María Escrivá de Balaguer, en España, habían preparado el terreno con una disciplina teológica nueva, que empezaba a denominarse, y responder a la denominación de “Teología del laicado”.  Y bendita la hora en que unos hijos de la Iglesia, clérigos o no, que hubo de los dos lados en esa tarea, por amor a la Iglesia, descubrieron la importancia que para la jerarquía debería tener el respetar, fomentar, alentar y favorecer la presencia, y el apostolado de los seglares en la vida eclesial.

Como casi todas las cosas importantes en la vida las actitudes personales se aprecian y se ven mejor en los hechos y gestos cotidianos que en los grandes discursos. Las manifestaciones amorosas literarias solo se ven en la literatura, o en el cine. Lo que día a día se vive son muestras de respeto, de solidaridad, de compromiso, de cercanía, de complicidad, de gusto y placer en la compañía. Y nadie imagina que para estas cosas hagan falta pronunciamientos, ni decretos, ni documentos. Con esto quiero decir que los clérigos también tienen que demostrar la importancia de la presencia, del apostolado y del compromiso de los seglares, tomando en consideración su opinión en las grandes decisiones,   más que en documentos, en gestos. Y uno de los más claros, y fáciles de entender, es eliminar las cortapisas y las distancias entre los dos cuerpos, el clero y el laicado. Y nada mejor que, fuera de los ministerios del culto, no empeñarse en distinguirse, por ejemplo, con la vestimenta.

 Alguien me preguntará, ¿tanta importancia das a la manera de vestir de los curas y clérigos? Evidentemente que se la doy. Lo primero que captamos todos los que estudiábamos Teología durante en Concilio, y todo el clero de sesenta años para abajo, es que la desclericalización de la Iglesia debería comenzar ya, sin demora, por la ropa y por la apariencia externa. La causa más evidente, y la que más se invoca para recomendar (en algunas partes se obliga; a mí, en el seminario Redenptoris Mater de Brasilia, (seminario de los Quicos), me obligaron) el uso del alzacuellos, y el clergyman, en general, es que así se distingue claramente a los ministros del culto. Pero hay que decir bien alto y claro que esta distinción es irrelevante, bíblica, teológica y pastoralmente. Solo sirve para que se vea en la calle que todavía hay curas y monjas, y que la Iglesia tiene poder.

Yo, desde estas humildes páginas, abogo por que desaparezca en el Derecho Canónico esa distinción, que, desgraciadamente, es uno de los ejes centrales de toda la estructura eclesiástica. Pero, que no tiene nada de evangélica.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “Clericalismo & Laicismo”

  1. El Papa Francisco ha desclericalizado, de entrada, sus zapatos.
    Lo que une, e incluyo las vestimentas, está inspirado por el Espíritu. Así, toda diferencia, irremediablemente separa.
    Hay que buscar el lugar más universal para encontrarnos y suele estar donde se fomenta la sencillez y simplicidad.

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