El paro como condenación social; el trabajo, como salvación

Es muy interesante el Evangelio del último domingo, día 21 de Septiembre, 25º el tempo ordinario. Dice así:

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.” (Mt 20, 1-16)

Hay personas que se tienten mal con la enseñanza de este evangelio. Echan mano del “agravio comparativo”, esta especie de figura jurídica nueva, muy apreciada en España por nuestra inclinación a la envidia. Pero hay que recordar a estas personas que para haber un agravio tiene que haber una injusticia. A los únicos a los que el propietario comunica exactamente lo que van a cobrar es a los primeros, a los que aseguró un denario por jornada. A los demás, o no les dice nada, o les promete, genéricamente, que les pagará lo debido. A los últimos, después de una pequeña bronca (“¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”), también los manda a la viña, sin dar la menor pista del salario que van a cobrar.

Pero, efectivamente, nos corroe fácilmente la envidia al comprobar que, por el mismo esfuerzo o trabajo, a otro le pagan más. Solo que en este caso, nadie cobra más, sino todos igual. Pero los primeros, y nosotros si nos descuidamos en nuestro egoísmo, pensamos: “No tiene el amo derecho a pagarnos igual, a los que hemos trabajado todo el día, que a los que han llegado casi con el sol puesto, y, además de trabajar una hora, lo han hecho sin la fuerza y la pesadez del sol”. Los romanos, muy jurídicos ellos, ya habían descubierto que “máxima equalitas máxima iniuria” ( la máxima igualdad es la máxima injusticia).  Claro que, como les comuniqué a mis parroquianos en la homilía de la misa parroquial, sólo se puede hablar, jurídicamente, de agravio, cuando hay incumplimiento de contrato, que no se da en este caso. Porque tan solo con los primeros se podría hablar de contrato verbal, que el propietario paga escrupulosamente.

No vayamos a perdernos, sin embargo, en resolver pequeñas y mezquinas quejas y reproches, producto de nuestra mente infantil, estrecha e inmadura. Vamos a hacer una pequeña exégesis de este texto, que nos sacará del mar de dudas que podamos tener. Tengamos en cuenta las siguientes cosas:

  1. La parábola va dirigida, esencialmente, contra los judíos. Como habían sido llamados los primeros a la dinámica del reino de Dios en el mundo, no solo se consideraban con todos los derechos, sino que, en algunos casos, se comportaban como los dueños de la viña. (Ver la parábola de los viñateros homicidas, en Mt 21, 33-46; Mc 12, 1-12; Lc 20, 9-19). Los judíos fueron los primeros, pero también los que desecharon al Hijo del dueño de la viña. Generalmente los textos que acaban con el actual, (“Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.”), tienen esta misma clave interpretativa.
  2. La primera lectura ya ha preparado el mensaje del Evangelio: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes”, (Is. 6. 8-9) Porque hay gente que pretende pedir cuentas a Dios de su Providencia, así como es necesario que los creyentes aprendamos a aceptar con agrado que la justicia de Dios no es igual a la nuestra. De hecho, el gran pecado de los judíos es no darse cuenta que la gran ventaja que ellos tienen sobre todos es que fueron llamados los primeros, a punta de mañana. a trabajar en la viña. Y que esta actividad es mil veces mejor que estar parados sin, rumbo y son esperanza.
  3. Se da la maravillosa “coincidencia” de que el azote de los españoles, a día de hoy, des el paro: pues es magnífica la actitud social, y socializante, y de justicia distributiva, que demuestra el propietario de la Parábola. Y como interpreta el maestro bíblico y pastoral, José Antonio Pagola, en esta parábola Jesús, en coherencia con todo su anuncio del Reino, nos ofrece la imagen de un Dios bueno, rico en misericordia, maduro y nada censor, más preocupado en la “salvación” de sus hijos, que en el libro de cuentas, de números, y de horas. Es fundamental que sus seguidores anunciemos al mundo el gozo, la seguridad y la certidumbre que un Dios así nos transmite.
  4. Y en este texto concreto, la Salvación consiste en estar ocupados en el trabajo de la viña: sí, ya sabemos que se trata de una lectura simbólicamente aplicada a la ocupación del trabajo en el Reino de Dios. Pero la Palabra siempre nos alerta a los que la escuchamos, y, en este caso, nos enseña, con claridad, que es no solo de buenos ciudadanos, sino de buenos creyentes, de buenos cristianos, repartir solidariamente las horas de trabajo, para poder repartir con la misma solidaridad,  (¿solamente solidaridad voluntaria, o se trataría de auténtica justicia?) los frutos del trabajo de todos. Y en esto consiste la Salvación en esta vida: que cumplamos el mandamiento del amor, que esparce Paz y Justicia por el mundo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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