La dimisión de Alberto Ruiz Gallardón

Se veía venir, y, por fin, ha sucedido. Todo indica que los asesores electorales del PP habían aconsejado incluir en el programa electoral de las últimas elecciones generales un proyecto de reelaboración de la actual ley del aborto por motivos electorales. El principal asesor de esa estrategia ha sido Pedro Arriola, (autor de la famosa frase, “a mí no me pagan por cambiar la realidad, sino por ganar elecciones”), quien ejercita esa misión de asesoría desde que Aznar lo eligió para esa función, el año 1996. Y, a lo que parece, por el mismo motivo electoral ha aconsejado retirar de circulación el anteproyecto pomposamente denominado “Ley de Protección de la Vida del Concebido y los Derechos de la Embarazada”. Estos vaivenes demuestran a los ojos de la ciudadanía, sobre todo de los grupos “Pro Vida”, que lo que primero provocó la inclusión del anteproyecto, y, después, su retirada, no ha sido el respeto y valoración de los anunciados y proclamados valores éticos de los miembros de un partido político concreto, sino una determinada estrategia electoral, con la consecuente indignación de los ciudadanos afectados política e ideológicamente. Y así lo están demostrando en las redes sociales, que echan humo contra el Gobierno.

El menos malparado por esta retirada nada honrosa (“cobarde”, la denominan no pocos tuiteros) ha sido, sorprendentemente, el ministro Gallardón, a quien su amor propio, otros lo llaman orgullo, ha ayudado a tomar la decisión correcta, presentar la dimisión. Y ha sido muy caballero al afirmar, casi al pie de la letra, que se retiraba “no decepcionado” con nadie, sino porque no ha conseguido transformar en ley un anteproyecto, en un tema tan importante. Porque ha faltado consenso, ha afirmado. Pero él sabe que con la mayoría absoluta de su partido no precisaba ese consenso de la oposición, sino que lo que ha sucedido es que los mismos que consensuaron con fuerza el inicio del proyecto, los parlamentarios y los ministros del Gobierno de su partido, han convertido en disenso lo que casi era consenso unánime. (Ahora bien, cuesta creer que a un político tan curtido y vivo como Gallardón se le hubiera escapado que el motivo de la entusiasta dedicación legislativa de sus pares, en un principio, en ese asunto, no se debía, como decían, a valores morales, sino a intereses electorales. Porque los valores morales siguen siendo los mismos).

De lo que ha pasado saco yo dos consecuencias importantes: 1ª), que los partidos políticos no tienen, como tales, principios morales, ostenten la sigla que sea, a no ser los que cada uno de sus miembros tenga individualmente en su conciencia, y 2ª), y más imperativa, y a tener en cuenta, que los partidos políticos no se pueden meter en el charco de dar lecciones de ética o moral a nadie, porque ellos actúan movidos por otros valores, llamémoslos políticos, o, cuando mucho, socio-económicos. Y la Economía, la socia mandona de la Política, ya ha demostrado fehacientemente que no se preocupa de los valores morales.

De todo ello podrían aprender nuestros obispos, para no encasillar a las agrupaciones políticas ni en una, ni en otra parte. Porque no las hay mejores ni peores en relación al Evangelio, pues éste solo puede ser punto de referencia para la comunidad cristiana. Y ya vemos, por la Historia, cómo instituciones de la propia Iglesia, y no digamos miembros aislados de la misma, muchas, muchísimas veces, han dejado de lado el Evangelio en sus actuaciones, y hasta en sus enseñanzas. Y esto hasta el día de hoy. (Y como este tema es interesante, un día de éstos me referiré a la implicación de la jerarquía, en nuestro país, en las tareas legislativas, y políticas en general. A partir del evangelio de la misa de hoy, miércoles de la 25ª semana del tiempo ordinario, (Lc 9, 1-6).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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