El desvío de la Jerarquía eclesiástica de la misión de la Iglesia

Como prometí ayer voy a tocar el tema de la misión de la Iglesia, pero desde un ángulo diferente del tradicional, como me parece que es el que nos propuso ayer el evangelio de la misa (miércoles de la 25ª semana del tiempo ordinario). Se trata de un enfoque original. Vamos a ver:

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes”. (Lc 9, 1-6)

En una exégesis elemental deducimos enseguida una cosa: Jesús no dice nada de “salvación de las almas”, ni siquiera indirectamente lo insinúa. Si estamos de acuerdo en que la posesión diabólica de ese tiempo la podemos traducir hoy, casi al cien por cien, como graves desórdenes mentales o psíquicos, el mandato de Jesús lo podemos resumir, sin hacer ninguna violencia al texto, así: primero les da autoridad para ocuparse de las enfermedades, tanto psíquicas como físicas y corporales. (“les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades”); después, corrobora esa autoridad con el objetivo del envío: luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, es decir, el perfecto uso de la autoridad concedida por el Maestro: para proclamar el Reino y para curar a los enfermos.

Por las noticias que tenemos, los primeros apóstoles se dedicaron con ardor y fervor a esa tarea. Y de ellos aprendieron la siguiente generación de pastores a ocuparse de las dos grandes tareas de la comunidad eclesial: de anunciar el Reino de Dios y de curar a los enfermos, y atender a los desvalidos. En la mentalidad filosófica y cultural semítica de los judíos el ser humano era lo que se veía, y lo del alma quedaba mejor en las digresiones de los filósofos de la escuela platónica, que por aquellos tiempos lo eran casi todos. Yo aspiro a “salvarme yo”, mi existencia, mi esencia, ni personalidad, mi vida, mi cuerpo. No quiero que mi alma, que no sé exactamente qué es, se salve convirtiéndose en una cosa diferente de lo que ahora soy, y de cómo ahora me entiendo. La preocupación por el cuerpo, la verdadera, no para castigarlo y domesticarlo, sino para desarrollar todo su esplendor y posibilidades, debería ser una de las tareas primordiales dela Iglesia. Y de eso se ha ocupado siempre, a partir del impresionante servicio de diaconía, -véase el caso de San Lorenzo-, que ofrecía la diócesis de Roma.

Son las tendencias filosóficas de los siglos IV-VI las que inclinan al Magisterio de la Iglesia a las tesis platónicas, así como la realidad política marca tienta a la jerarquía cristiana a “aprovechar” el momento, -“¡carpe diem”- para establecer una alianza que no acabará, realmente, hasta el Concilio Vaticano II, y en su caso, como tentativa. Porque los papas que siguieron a Pablo VI, y al malogrado Juan Pablo I, no se atrevieron, o no quisieron, o, simplemente, les apeteció continuar manteniendo el poder, e influyendo en el devenir de las naciones y de sus Gobiernos.

Eso explica que a los obispos españoles les guste tanto intentar legislar por encima de los Gobernantes elegidos democráticamente, y de los legisladores que representan, y realizan, la voluntad mayoritaria del pueblo. Los apóstoles, y sus sucesores, los obispos, no fueron elegidos por el Señor para que la sociedad se pautase por unos principio morales que no son del acervo de la Palabra Revelada, sino de la moralidad natural. Lo que se suele llamar, la ley natural. Nada de eso ni aparece, ni se le espera en las páginas del Nuevo Testamento. Lo que tenemos que hacer los cristianos es “anunciar el reino de Dios”, y, cumpliendo la Palabra de Jesús, ser, para el mundo, “sal, luz y fermento”.  Y así, sí, ser con Cristo, salvadores no de un mundo teórico y abstracto, sino de las personas que conviven con nosotros, los que nos llamamos, y decimos que queremos ser, los seguidores de Jesús.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

2 Responses to “El desvío de la Jerarquía eclesiástica de la misión de la Iglesia”

  1. No he incluido nunca a 21rs ni a RS21 entre los defensores de la vida y contra el aborto. Tampoco te tengo en la lista, Urío. Lo siento de verdad. Podemos compartir el jamón, el fútbol, el toro de la Vega, los sanfermines, o las canicas, pero la defensa del no nacido y la ayuda a embarazadas no parece. Para ayudar al tercer mundo podemos poner más clínicas abortivas. En formación tampoco encuentro mucha luz, excepto esa afirmación que no podemos IMPONER LA FE SIN TENER EN CUENTA OTRAS LIBERTADES E INCLUSO LA CIENCIA. Es una “mayor” para los demás silogismos (que faltan) y para educar a obispos, este pobre cura que soy yo… etc. De lo último que me he enterado es que CRonaldo se libro del aborto porque su madre no topó con un médico colaborador cuando quiso deshacerse de é, que era y es el cuarto de la familia. Ciao. Hasta mas ver.

  2. Litos,
    puedes leer mi repuesta en la entrada siguiente del blog. Un abrazo.
    Jesús Mari Urío

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