Rouco, Osoro, ¿sucesión apostólica?

Los obispos de la Iglesia son los sucesores de los apóstoles. Si hay duda de esa sucesión, se pone en duda el carácter episcopal de los prelados. Ha habido famosos casos, casi legendarios, para solucionar esa emergencia, como el de los obispos luteranos suecos, que, en el siglo XIX dudaron seriamente de esa sucesión, y acudieron todos a Roma para, otra vez, consagrados “sub conditione“. La expresión de sucesión apostólica es muy solemne, suena muy bien, y resulta muy aparente. Pero vamos a hacer un pequeño esfuerzo de comprensión para dilucidar si en los días que corren se puede, igualmente, emplear esa denominación, o, por lo menos, si la podemos usar en el sentido que la entendieron, la practicaron, y la dejaron para la posteridad los primeros apóstoles y padres de la Iglesia.

Efectivamente, eran los apóstoles, que habían conocido y escuchado a Jesús, o los varones apostólicos, ahora considerados ya apóstoles, como Pablo, Bernabé, Tito Timoteo, Lucas,  Marcos, los encargados, directa y naturalmente, de proveer la sucesión en al ministerio del episcopado, o el presbiterado, o el diaconado, de las nacientes comunidades. Pero  hay que hacer una observación: excepto cuando se trataba de una auténtica evangelización primera, que, por definición y exigencia lógica de las circunstancias, los evangelizadores eran personas ajenas a esa futura comunidad, pues llegaban a ella para comunicar la buena noticia, hasta ese momento desconocida, en los demás casos los que quedaban encargados eran, o bien uno del equipo que había evangelizado, como sucedió en algún caso cono Bernabé, o Tito, o Timoteo, y ya, por tanto no desconocidos, o uno de la propia comunidad naciente. Y en lo sucesivo era rarísimo que los sucesores de ese ministerio apostólico llegaran de fuera, y fuesen, por tanto, perfectos desconocidos de la Comunidad.

Pero ese orden de cosas, en las que cabía la expresión, porque era lógica y adecuada a los procedimientos, de “sucesión apostólica”, se vino abajo a partir de los siglos IV-V, en que los obispados, a fuerza de la progresiva e imparable alianza del altar con la Corona, fueron codiciados centros de poder, que dio inicio, y después se acomodó, formal y totalmente, en el sistema de jerarquías feudales, que llegaron, en Europa, y, después de que se trasladaron a América Latina, también allí, casi hasta nuestros días, con pequeñas modificaciones.

Una de ellas, y no la más insignificante, es que, ya que a partir del siglo XIX, después de la Revolución Francesa, la característica feudal del dominio del territorio correspondiente no era posible, por en nacimiento de los Estados Modernos, en los que la responsabilidad y el derecho de ordenación del territorio pertenece por entero al Estado, la Iglesia derivó el sistema feudal hacia la importancia del dominio puramente eclesiástico, significado en la importancia de las sedes episcopales, arzobispales, cardenalicias, o de puro paso o inicio del escalafón. Este es el sistema que ahora se emplea, de modo, para mí vergonzoso. O nos han engañado en el estudio de la Eclesiología, o el día que nos dijeron aquello de que el obispo se casaba para siempre con una única esposa, su diócesis, oímos mal, o la sensibilidad eclesial y eclesiológica excesiva, propia de los ingenuos e idealistas novatos, nos engañó.

Es evidente que todo lo que he escrito no lo es dirigido directamente, o específicamente, al caso que nos ocupa, de la sucesión de Rouco por Osoro. Ni que don Carlos, a quien conozco desde Cantabria, y al que me une una sincera amistad, no sea un magnífico arzobispo para Madrid, de esos que huele a oveja de tanto mezclarse con ellas. Afirmado todo lo de arriba, queda por decir que más que apostólicas, los relevos episcopales de hoy en la Iglesia, mas que a una sucesión apostólica, se parecen a un proceso burocrático, administrativo, organizativo, como el de las empresas que van promoviendo su escalafón por méritos, o por productividad. Pero vuelvo a recordar el mandamiento de Jesús, “entre vosotros no sea así, sino el que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. 

Jesús Mª Urío Ruiz de vergara

         

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