El presidente del Pontificio Consejo para la Familia denuncia que el Sínodo no subrayó “suficientemente” la indisolubilidad del matrimonio

Arremete contra “el debilitamiento y la destrucción de la familia” en la sociedad actual

El arzobispo Vicenzo Paglia es el presidente es el presidente del Consejo Pontificio para la Familia. Él es el que ha proferido esa apreciación un tanto catastrofista sobre la indisolubilidad matrimonial. Reconozco que no soy experto en el aspecto, -a ver si acierto con la denominación-, antropológico-filosófico-social del matrimonio. Quiero decir, en el estudio de esa realidad matrimonial-familiar anterior a la Biblia, tanto del AT (Antiguo Testamento) como del NT (Nuevo testamento). Y he introducido también lo de familiar porque, según algunas investigaciones a las que tuve acceso en mi curso de Doctorado, que después se malogró, en Filosofía de la Educación, en la PUC, (Pontificia Universidad Católica) de Sâo Paulo, la familia es, con toda seguridad, anterior a la institución matrimonial. Si entendemos como familia el espacio vital, social, y generalmente, físico, tanto sedentaria como nómada, formado por un macho, una o varias hembras, (o por varios machos, una hembra), y las crías humanas por ellos concebidas.

Puede haber algunos que se extrañen de mi segunda puntualización, -una hembra y varios machos-, pero es que no cabe la más mínima duda, ni hay posible discusión, en el hecho documentado y demostrado, de que junto a sociedades, o grupos humanos, pequeños, o grandes, de tipología familiar poligámica los hubo también de característica poliándrica. Es decir, junto a la conocida figura familiar de un macho con varias hembras se dio también, sobre todo en la Polinesia, una verdadera cultura basada en la poliandria: una hembra madre, jefa, y muchos machos. (Son clásicas y famosas las investigaciones de Margaret Mead, así como las de su maestro Franz Boas). La mera existencia de esas variedades de sistemas sociales de reproducción y educación de la prole, obviamente previa a la institución del matrimonio permanente y estable de pareja, nos hace dudar, seriamente, y sin prejuicios, que esta forma, la actual, más elaborada, de pareja con unión indisoluble, no es, de ninguna manera, ni tiene ninguna posibilidad de serlo, exigencia de la ley natural. Evidentemente, no.

Por eso es falso, y ventajista, afirmar, sin derecho a posterior apelación, que el matrimonio, como hoy lo imaginan y defienden no todos, pero sí muchos en la Iglesia, todos ellos afincados en la seguridad conservadora de la tradición, es la forma única y necesaria, que la propia Naturaleza impondría. Eso es algo de lo que parece estar seguro el arzobispo Paglia. Pero esa certeza no es, de modo alguna, irrefutable. Más bien, al contrario, la historia de los estudios antropocéntricos coloca muchas trabas y dificultades a esa teoría. (Eso si, como afirman los iusnaturistas, la realidad de la ley natural es apodíctica e indiscutible. La historia del avance ético y humanístico, que ha llevado al consecuente avance legal y jurídico, demuestra, inapelablemente, que ese desarrollo social se ha dado por el lento e inexorable proceso de aprendizaje, y no por el peso, sofocante e no indescartable, de una condición escrita, “sine qua non”, de la propia naturaleza, ala que algunos entronizan como “Ley Natural”. ¡Qué poco han hechos caso del sabio Aristóteles que aseguraba que todos los hombres nacíamos sin ningún contenido racional previo, “tanquam tabula rasa”.)

Así que podemos deducir sin violentar los datos que tenemos que el ser humano no partió con la ventaja de tener marcado el sistema que emplearía para responder a la urgencia del instinto de conservación de la especie, sino que tendría que ir aprendiendo, por el típico y clásico método de “tentativa y error”, que popularizó Burrhus Frederic Skinner (Susquehanna, 20 de marzo de 1904-Cambridge, 18 de agosto de 1990), y que ha servido para dar seguridad y solvencia a los vacilantes pasos dados, tanto por el proceso de aprendizaje del individuo, como de la colectividad social. Así que es legítimo concluir que tanto las formas del parentesco (ver las grandes obras de Claude Lévi-Strauss (Bruselas, Bélgica, 28 de noviembre de 1908 – París, Francia, 30 de octubre de 2009), como la figura jurídica de la institución matrimonial-familiar, no le son impuestas directamente por una rígida e inapelable Ley natural, sino que las va descubriendo, y perfeccionando, con la rica y lenta experiencia del paso de la Historia. Y, a pesar del miedo que tiene el presidente del Consejo Pontificio para la Familia de que no se subraye suficientemente la indisolubilidad del Matrimonio, no se asuste: otros, en la experiencia cristiana, ya dejaron no solo de subrayarla suficientemente, sino que la dejaron de lado directamente. Y si no, que investigue la libertad disolutoria que demostraron con los privilegios petrino y paulino.

Es que resulta penoso, atrevido, un poco ridículo, y yo me atrevo a opinar que irreverente, atribuir a Dios la preocupación legislativa de dejar marcados a los hombres los más mínimos detalles de su modo de preceder en el vasto campo de la sexualidad, de la que depende la supervivencia de la especie. Hasta ahí podía haber llegado, perfectamente, la Providencia de Dios; pero se lo ha impedido, gracias a Él mismo, su sabiduría, su misericordia, y su tolerancia. (Voy descubriendo gozosamente que Dios es mucho más tolerante, y tiene mucho más humor los eclesiásticos).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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