Francisco: “Hay obispos que se pavonean, viven únicamente para su vanidad”

Hace mucho tiempo que yo, y muchos más, tenemos esa impresión, pero suena tan fuerte que no me (nos) atrevía (veríamos) a expresar. Por eso es muy de agradecer al papa Francisco que él si lo haya hecho. Y también es preciso decir, porque es verdad, que uno de los principales escenarios para el pavoneo es la Liturgia, con esas mitras medio bizantinas, sino llegan hasta la antigüedad del remoto Egipto, y esa parafernalia de ayudantes, adláteres, ceremonieros, lavamanos, y otros ayudas de cámara, que tanto ¿recuerdan?, y ¡hacen añorar!, la Cena del Señor. Espero fervientemente que el Papa escandalice a todos los que tenga que incomodar, y elimine de los atuendos litúrgicos todos aquellos capisayos que no solo no ayudan, sino entorpecen los movimientos, y traicionan flagrantemente la sobriedad del Evangelio, y de la Iglesia primitiva en la celebración eucarística. Y no digamos nada de los ternos de los siglos XVII-XVIII, si son anteriores mejor que mejor, con las capas pluviales que no se sacan para que no se estropeen si llueve, y las tunicelas, dalmáticas y casullas bordadas en hilo de oro brillante. Así los celebrantes caminan por las calles “más tiesos que un san Luis”.

Es triste que alguien viva para su vanidad. Pero si se trata de un obispo, (epíscopo, en griego, significa vigilante, o inspector, encargado de conocer, y resolver, los problemas de la comunidad, también los laicos y civiles), el pecado de vanidad, que en un ser normal suele ser liviano y llevadero, en un prelado es, además de ridículo, profundamente contra producente por el anti testimonio que conlleva. Así que actitudes como convocar al mayor número posible de gente para celebraciones multitudinarias y públicas es muy posible que, además del deseo de propagar el Reino de Dios, tenga, consciente o inconscientemente, alguna concesión a la vanidad. Es fuerte, y duro, que lo afirme el Papa, y no es de extrañar que este valiente atrevimiento le produzca a Francisco más de un dolor de cabeza, porque a ningún ser humano, sobre todo si está considerado como un jerarca importante, le gusta que le saquen los colores de sus defectos, aunque sean pequeños, como la vanidad.

En esta breve nota quiero, antes de acabar, señalar una diferencia notable que he sentido, en el asunto que nos  ocupa, entre los obispos que conozco, en América Latina, concretamente en Brasil, y en España; no sé, ni tengo conocimiento, para poder sentar una opinión, de otros obispos de Europa. Pero si recuerdo la sencillez con que el obispo de la región centro de Sâo Paulo, Don Decio Moreira, nos visitaba en nuestra parroquia de Santa Margarida María, de Sâo Paulo, siempre con un sencillo, pero limpio y digno traje azul, con su corbata, y su crucecita en el ojal, dispuesto a charlar y tomar una cerveza o una caipirinha con nosotros. Todo menos mostrar vanidad, importancia o distancia y altanería con sus curas de a pie. Era un digno obispo auxiliar del arzobispo, cardenal de Sâo Paulo, Don Paulo Evaristo Arns, a quien, exceptuando las celebraciones litúrgicas, nunca vimos vestido de clérigo, ni siquiera con alzacuellos, sino con su jersey de punto, del que salían, como si de un adolescente se tratara, las puntas de la blanca camisa. Además tenían su despacho abierto, Don Decio todas las tardes, y el señor cardenal dos días por semana, de tres de la tarde hasta que acababa la fila. No había que marcar hora, sino atendía por estricto orden de llegada. Y hubo días que salió más tarde de las once, lo que en horario brasileño casi equivalía la una de la noche de nuestra hora.

La vanidad de los obispos, de la que nos atrevemos a hablar, porque el Papal la ha señalado como una desviación frecuente en el ministerio episcopal, no radica tan solo en el aspecto exterior de la vestimenta, litúrgica o de calle, sino, sobre todo, en la prepotencia de algunas de sus actuaciones, por ser obispos, por aquello que en román paladino haría que los demás tuviéramos que pensar, y, si nos atreviéramos, a decir, “por ser vos quien sois”, en temas más relacionados con su propia misión episcopal, que podemos resumir en el poder y el espíritu de discernimiento y de dirección del pastoreo diocesano. Ese carisma, que es fundamental y necesario, el de dirigir el rumbo de una diócesis, es suficiente para que el obispo cumpla su misión. No necesita otros carismas, como el de “doctor”, o exegeta, o teólogo, que cumplen bien otros miembros de la comunidad eclesial de la diócesis. Yo achacaría esa vanidad de la que habla el Papa a la reticencia, cuando no es rechazo explícito, o reprimenda, incluso, cuando otro fiel de la comunidad, clérigo o no, demuestra al prelado que está más impuesto, o al día, o explica mejor, asuntos de esas disciplinas eclesiásticas. Y cuando eso sucede, en situaciones en que se ve con claridad que el interlocutor del obispo, verbalmente o por escrito, no quiere para nada ni dar lección a su Pastor, ni sacarle los colores, sino simplemente ayudarlo en su carisma de discernimiento, cuando se da esa reacción que he mencionado más arriba, yo no hablaría ya de vanidad, sino de orgullo y soberbia, de no aceptar una humilde observación que no pretende ser ni siquiera una corrección fraterna, algo legítimo, y a veces exigido en conciencia, de los fieles a sus pastores.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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