“El Reino de Dios está dentro de vosotros”

“En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el Reino de Dios, Jesús les contestó: “El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros”. (Lc 17, 20-25)

Esta frase es el comienzo del evangelio de  hoy, jueves de la 32ª semana del tiempo ordinario. Hay gente que se deja llevar por espectacularidades en las demostraciones religiosas aparatosas, donde les parece que puede asomar la Gloria de Dios. Pero las palabras de Jesús son diáfanas, no pueden ser más claras: “El Reino de Dios no vendrá espectacularmente”, pero hay muchos en la Iglesia que parecen pensar que sí, que el Reino de Dios convive mejor con acciones espectaculares que con las que acontecen cotidianamente en el lento discurrir de las horas.

Hemos contemplado últimamente, empujados y apoyados por la tecnología moderna, como si de grandes producciones de Broadway o de Hollywood, montajes de misas al aire libre, grandes manifestaciones religiosas de masas en beatificaciones y canonizaciones, o en todo tipo de eventos religiosos, que, encima, han sido alabados, exaltados y sublimados como si fuesen la antesala del glorioso apocalipsis que algunos suponen la llegada del Reino. Pues yo, no sé si avergonzado, temeroso, o seguro de mí, me atrevo a proclamar que a mí no me gustan mucho; más bien, ni poco ni nada, esas que, para mí, son algaradas religiosas fuera de tiempo y lugar, que sirven para impresionar, o, por lo menos, epatar, a gente fácilmente emocionable tras manifestaciones más grandotas, que grandiosas, más gruesas que delicadas y hermosas.

Sí, reclamo el derecho de que ese tipo de manifestaciones no me gusten. Y me encantaría que, poco apoco, más gente se apuntase a modos más evangélicos y neo testamentarios en las celebraciones litúrgicas. Porque, ¿alguien se atreve a decir que las misas mastodónticas, televisadas, pesadas, de homilías largas, arduas, leídas, verdaderos rollos que nadie escucha, movimientos sincronizados de ayudantes y ayudas de cámara, de quita y pon gorrito, de sujeta y suelta el bastón de mando, de inciensos y lavamanos, de gestos medievales y hasta egipcios, se atrevería a asegurar, digo, que se parecen algo a la celebración de la Última Cena del Señor, o de la Eucaristía, semanal o pascual, de la Iglesia primitiva?

Otro día, más despacio, trataré este tema. Baste por hoy recordar que en los tres primeros siglos, de la Iglesia primitiva fiel, leal, apostólica y perseguida, sin los tres elementos esenciales de la Religión, -espacio sagrado, tiempo sagrado, burocracia clerical-, esas manifestaciones mastodónticas, o simplemente masivas, no eran ni estimadas, ni, gracias a Dios, posibles. Pero bastó la salida de las catacumbas y del silencio de las casas, de las iglesias domésticas, y la conquista de las basílicas y lugares públicos de ejercicio de los actos jurídicos; fue suficiente la cercanía y el respeto de las autoridades imperiales, comenzando por el propio Emperador, y contando con el aluvión de candidatos, no de catecúmenos, al Bautismo, y el ejercicio diario de la proximidad y la connivencia con el poder, para que lo que hasta ese momento había sido evangélico, fiel y leal a la Revelación de Dios, se convirtiera en el gusto por los fastos de la Religión, la aparatosidad engañosa de los falsos oropeles, y la dudosa impresión de que cualquier Dios, pero no el Padre del Señor Jesús, se podría hacer presente en el artificio casi megalomaníaco y barullento de los que habían olvidado que “El Reino de Dios está en medio de nosotros“, en nuestros corazones, no en nuestros escenario y tramoyas.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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