El peregrino ruso

 

“En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello, y le explicaron: “Pasa Jesús Nazareno”. Entonces gritó: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” El dijo: “Señor, que vea otra vez”. Jesús le contestó: “Recobra la vista, tu fe te ha curado”. En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios”. (Luc 18, 35-43)

Este es el evangelio de hoy, (lunes de la 33ª semana del tiempo ordinario), el famoso relato del ciego de Jericó, que había perdido la vista no sabemos cómo, conocía, por tanto, lo que era ver, y la quería recobrar. Y es el relato evangélico que ha dado vida al famoso libro “El peregrino ruso”, de autor desconocido. Narra de forma autobiográfica tanto el peregrinar físico como el itinerario espiritual, válidos para alcanzar el conocimiento de la oración interior contínua de un peregrino anónimo a través de la Rusia del mediados del siglo XIX. Toma el camino a la oración interior como un método para acostumbrar al espíritu al recogimiento, y dar lugar a que se encienda en el espíritu la llama de la verdadera oración y del verdadero amor como camino hacia Dios. De hecho los monjes, en sus trabajos manuales, repetían, de pensamiento, hasta miles de veces, la frase: “¡Señor Jesús, Hijo de David!, ten compasión de mí, que soy pecador”.

Sobre al autor del texto se sabe muy poco. Se le suele atribuir al padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel Arcángel de los cheremises en Kazán, que habría copiado su texto de un monje ruso del monte Athos, cuyo nombre se ignora. Este texto se publicó por primera vez en Kazán hacia el año 1865, en forma muy primitiva, con muchos errores de ortografía, hasta que en 1884 se presentó una edición correcta y accesible. De hecho, a pesar del poco brillo literario, tiene referencias muy ilustres, como en Los hermanos Karamázov (1880) de Fiódor Dostoyevski, y en Franny y Zooey (1961) de J. D. Salinger.

He querido hacer esta breve nota para ilustrar algo que considero muy interesante: dos maneras muy diversas de “ser ciego” en la vida, y en la experiencia de la fe. Una es la de este ciego de Jericó, que no se resigna a serlo, que ha conocido la maravilla de la luz y del color, y desea fervientemente volver a sentir la emoción de esas sensaciones. Y, para eso, grita, pidiendo auxilio. Es decir, reza, ora, apasionadamente, desde las vísceras de su desolación. Y no se corta ante las censuras de quien sea para que se calle. Es una magnífica pedagogía de la motivación de la oración urgente, necesaria y salvadora.

Y el ciego de Siloé es otra cosa. Como aparece en el relato del capítulo 9 del Evangelio de Juan: “En aquel tiempo Jesús vio al pasar a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). Él fue, se lavó y volvió ya viendo. (Ju 9, 1.6-7)  Este ciego, de nacimiento, no sabe lo que pierde, no tiene conciencia total de su pena ni de su tragedia. Pide limosna, pero no hace un drama de su situación. Conm él Jesús usa otra motivación y otra pedagogía: lo incomoda, casi lo zahiere y ofende para que reaccione. Es lo que significa ese gesto tan poco elegante, más bien un poco perturbador en su zafiedad, de hacer barro con saliva y povlo del camino, y mancharle la cara con ello. Para que se de cuenta de que, efecvtivamente, está ciego, y, encima, no tiene le rostro limpio y terso. Así que necesitará lavarse. Dicen los exegetas que es una catequesis típica de la Iglesia primitiva para que los catecúmenos percibieran la ceguera de su vida, y buscaran con presteza la luz que alcanzarían en el Bautismo.

Como podemos apreciar, se trata de dos bellas catequesis del proceso de iniciación cristiana, que, desgraciadamente, suelen estar ocultas a las miradas de los fieles, dado el grado asustador de la ignorancia que nuestros católicos tienen en el tema bíblico. Con esta entrega he querido paliar un poco esta laguna.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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