La ducha de los pobres

Ha caído muy bien entre la gente, católica, creyente, practicante, ¡o no!, la idea del papa Francisco de instalar duchas en los baños de la Plaza de San Pedro, para que los pordioseros, que merodean y duermen allí mismo, se puedan asear por la mañana, y les sea posible hasta entrar en calor con una duchita bien caliente. No sé dónde leí, pero la frase debió de salir de la boca de algún pijo literario, que lo “peor de los pobres es su odor (sic, pero el contexto deja claro que quería decir “hedor”, lo que, demuestra la cultura verbal del pijo). De hecho, todos recordamos el olor que dejaban los pobres soldados en nuestra iglesia del seminario de los Sagrados Corazones de Miranda, cuando, a través de la asistencia espiritual y física que nuestros padres proporcionaban a los soldados, éstos acudían  de vez en cuando a misa, a confesar y a comulgar. El pestazo era cósmico. Lo mismo que sucede con el aroma que dejan los que acuden a nuestras parroquias a ser atendidos por Caritas, cuando se juntan unos cuantos una porción de tiempo suficiente en un lugar pequeño y cerrado. Pero no hace falta ni una tesis, ni una demostración, para llegar a la científica conclusión de que los indigentes tirados por las calles y plazas, sin acceso fácil al agua purificadora, huelen mal.

Así que todos nos hemos sentido solidarios con la idea simpática, e higiénica, del Papa. Ahora el padre Ángel, ese idem con barba y gafas de los desheredados de este mundo, ha tenido la idea de secundar a Francisco, propiciando la iniciativa de que las parroquias hagamos lo mismo, e instalemos duchas para nuestros hermanos más abandonados a su suerte. Y la iniciativa de este cura valiente, generoso, y peleón, ya ha tenido una primera valoración de los príncipes democráticos de nuestro país: les ha sonado a populismo. A mí me hace mucha gracia que a los que más he oído hablar del tal ha sido a miembros, algunos eminentes, otros simples miembros de a pie, otros simples simpatizantes, del partido Popular, que, si no me engaño, algo dice del pueblo, a quien hacen propietario, por lo menos gramatical, de su partido: partido Popular=partido del Pueblo. ¿No sería correcta esa correlación? Pues he ahí que l impresión que tengo, que tenemos, muchos, es ques e trata del partido con menos parentescos sanos y auténticos con el Pueblo. Así que no me extraña que sean tan sensibles a la contaminación popular, que ven tan fácilmente eso que, para todo buen entendedor, significa un reproche: el populismo.

Hay quienes en nuestro sufrido, y cada vez más avergonzado país, prefieren, o así lo parece, el apelativo de “populicida” al de populista. Este sería un tanto vergonzante, más que vergonzoso, y el otro no haría más que registrar una situación política y económicamente actual: la destrucción sistemática del pueblo, cada vez no ya más amenazado de exclusión, sino excluido ya del todo, muriendo de asco, de suicidio, de hambre, de tristeza, de oscuridad, y de soledad. ¿Cómo es posible que personas que nunca han vivido las penurias y angustias del pueblo tachen a quien se preocupa de éste, o le promete un poco de felicidad y de justicia, de populista, flautista de Hamelín, o encantador de serpientes o domesticador de murciélagos? Todos títulos muy gratificantes e incentivadores. Así que el padre Ángel, y supongo que el papa Francisco también, con sorna y finura los ha mandado al diablo, y ha afirmado, “si esto es populismo, que lo sea, pero que nuestros hermanos pobres puedan sentirse limpios, y convivir con nosotros sin complejo de inferioridad”.

 El único problema que vemos algunos párrocos de parroquias pobres, empobrecidas, y dejadas de la mano de Dios por la diócesis de sus anteriores ayudas a las parroquias de barrios, el único obstáculo que se interpone entre nuestros buenos deseos, bien populistas y demagógicos, por supuesto, y la higiene, la limpiezas y el perfume de nuestros hermanos, es la penuria económica, que no nos permitiría, ya, de golpe, y con eficiencia, solucionar este caso. Hasta estos extremos llega el deterioro económico de tantas parroquias. Una de ellas, la mía. Pero prometo hacer lo posible para resolver este problema, e intentar verlo como un pequeño desafío a la generosidad y creatividad de mis parroquianos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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