El “miedo a la mujer (.. o al varón”, adultos)

Acabo de leer el artículo de Xavier Picaza, en Religión Digital (RD), titulado “Ante la pederastia clerical, breve decálogo”, cuya lectura recomiendo a mis lectores para poder mejor entender lo que quiero decir en este artículo. El tema es comprometido, y comprometedor. En primer lugar, intentaré resumir en tres apartados los puntos más importantes del artículo de Xavier, para después adentrarme, realmente, en mi análisis. Dice Picaza:

  1. Una de las claves es el ambiente de poder en que se mueve el clero, tanto en su vertiente directamente pastoral, eclesial, sacramental y catequética, como en la clave educativa y pedagógica. Mucho se ha estudiado en la historia de los últimos siglos la relación poder<>sometimiento sexual. Una de los códigos necesarios para explicar la plaga del machismo y de la violencia de género es, justamente, la íntima necesidad que algunas personas sienten, por miedo o insuficiente desarrollo afectivo, de dejar bien claro quién es el que manda en las relaciones sexuales.
  2.  La pederastia eclesiástica es mucho mayor de lo que se conoce, en número de casos, y en la fuerza de la tendencia. Tal vez hoy sea menor, pero se habla más de ella por el desarrollo social y jurídico de la humanidad, y la claridad y nitidez con la que se defiende hoy, psicológica, jurídica y procesalmente, la condición y los derechos de los niños. Es una pena que la Iglesia haya andado a remolque de la sociedad civil en el reconocimiento de los derechos del niño. Pero no nos puede sorprender, pues el Vaticano es uno de los pocos Estados, me parece que son tres, que no han firmado la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU. (El Vaticano sólo ha suscrito 10 de las 103 Convenciones sobre derechos humanos, y es el penúltimo Estado en ese apartado, solo por delante de Zambia. ¿Qué se puede esperar de ese pequeño país, si uno de sus más altos jerifaltes, el cardenal de Lima Cipriani, afirmó, sin ruborizarse, que “los derechos humanos son una “cojudez”?
  3. Y esto nos envía derecho a una realidad cierta y verdadera del clero: su situación de inmadurez afectiva, en muchos casos, provocada no solo por la obligación del celibato, sino por procesos educativos que, en los años 50-60, cuando hicimos el seminario menor, y los estudios de Filosofía y Teología los de mi generación, que es de lo que puedo hablar. En nuestro seminario de Miranda de Ebro los parámetros educativos y académicos fueron muy buenos, teniendo en cuenta la época y los medios posibles. ¡Fueron muy buenos!,… excepto en el tema de la educación sexual, en el que nuestros educadores no podían abstraerse de las terrible hipotecas, en el orden psicológico, moral y hasta teológico, del tema sexual de la época. Y eso advirtiendo, porque es de derecho, que nuestro sistema, para lo que entonces se llevaba, era de lo más sano y aceptable

Pero algo había que siempre me dejó preocupado, y hasta perplejo. Y lo que voy a decir de aquí en adelante es, ya, de mi cosecha, y responde al título que he dado a esta entrada. “El miedo a la mujer” no es, simplemente, una expresión que suena bien y que puede llamar la atención, o que trae ciertos concomitantes llenos de contenido, desde el despiste, al estupor, al descubrimiento, o a la comprobación de tener la guerra perdida. Hay que recordar que, en aquellos años, ni en nuestro seminario, ni en ninguno, los chicos teníamos alguna posible relación con las chicas, o con las mujeres, en general. Hasta nos solían decir que mucho cuidado en el verano, en nuestras vacaciones, con las amiguitas del pueblo.

Y esta relación de extremo cuidado, de precaución, de sospecha, más, de peligro, ante la mujer, ha podido ir provocando, en las mentes, y en las débiles voluntades de adolescentes y jóvenes bien intencionados, preocupados en ser buenos y castos, y en no pecar, una situación de verdadero pánico a la mujer, auténtico icono de la impureza, ¡sexual!, de la lascivia y de la lujuria. Justamente los desvíos graves, y más probables, que podrían advenir a unos muchachos incautos, asustados, pero con grandes tendencias y atracciones de la libido. Cuanto más peligro y vértigo, más atracción. Y, con el tiempo, resultaba más cómodo, fácil, y menos expuesto, enfrentar desde la autoridad sagrada del cura, a un niño o niña, que a una mujer, (¡u hombre!, en los casos de homosexualidad), de cuerpo entero, ambos, varón y hembra. Se trata de una hipótesis, pero, en mi opinión, muy probable y razonable.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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