La astucia del profeta

(Lunes de la 3ª semana de Adviento)

Primera Lectura

En aquellos días, Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El espíritu de Dios vino sobre él, y entonó sus versos: “Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: ¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente. Su rey es más alto que Agag, y su reino descuella.” Y entonó sus versos: “Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel.”  (Nm 24,2-7.15-17ª)

Comentario

Esta es una extraña lectura, sobre todo para los que no se han puesto nunca a estudiar la Biblia. Pero se trata, sin duda, de una verdadera lección de profecía. El rey Balac, moabita, actual región de Jordania, contrata a Balaán, exótico y folklórico profeta popular y callejero, para que maldiga, desde la ladera, a las tropas de Israel, acampadas abajo, en un valle. Pero el profeta, al contemplar la perfecta distribución de las tropas, se siente tomado por el Espìritu de Yavé, y, en vez de maldecirlas, las bendice, y entona himnos y loas al Dios de Israel. El rey Balac se enfurece, y le exige a Balaán que, ya que no las quiere maldecir, por lo menos que no las bendiga. Pero el hombre de Dios da la explicación irrefutable: el profeta no es sino el vocero de Dios, y cualquier otra cosa que diga que Él no quiera, no solo no tendrá valor, sino que se volverá contra el que la profiera. Como he dicho, ¡verdadera lección de profecía!

 Evangelio

En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” Jesús les replicó: “Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venia, del cielo o de los hombres?” Ellos se pusieron a deliberar: “Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?” Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta.” Y respondieron a Jesús: “No sabemos.” Él, por su parte, les dijo: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.”  (Mt 21,23-27)

Comentario

Otra extraña lectura. En ella parecería que Jesús usa, a favor propio, una argumentación rabínica sin fundamento ni fuste, un especie de argumento “ad hominem”, de esas que, en el fondo, nada argumentan. Pero tomemos le asunto en su contexto: la pregunta que hacen a Jesús los máximos mandatarios de Israel, “los sumos sacerdotes y los senadores”, sobre la autoridad del Maestro, se debe a la reciente acción violenta, casi delictiva, del profeta de Nazaret, no solo reprochando la actitud de los comerciantes y vendedores del Templo, sino derribando por tierra sus artículos de venta, y sus monedas. Esta actuación era perfectamente encuadrable en el derecho penal, pues los vendedores tenían el permiso pertinente de los jefes habilitados para concederlo. Y lo más grave era que tocaba la esencia, y la sustancia, de uno de los principales resultados del culto, el económico. Si permitían esa acción subversiva, la misma sostenibilidad económica de la gran máquina de dinero en que se había convertido el templo de Jerusalén quedaría comprometida. Pero ni nos extrañemos ni nos escandalicemos de ello, y miremos la realidad actual de centros mal llamados de “espiritualidad” de la Iglesia Católica: Lourdes, Fátima, el Vaticano, Santiago de Compostela, el Cristo de Medinaceli, Santa Gema, y un intenso etcétera, provocarían, con certeza, la ira del Señor. Así que cuando lo interrogan sobre su autoridad, la mejor manera de salir indemne, “porque no había llegado su hora”, era echar balones fuera, apelando, aunque fuera, a un argumentación rabínica bastante estropajosa. Que es lo que hizo Jesús, y no supieron qué contestar.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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