La misa de las familias

(Nota aclaratoria: como es verdad, y de la buena, que el hombre propone y Dios dispone, desisto de escribir comentarios a las lecturas de cada día, porque tengo la impresión de que no están teniendo mucha aceptación. Así que solo alguna vez, cuando encuentre en las lecturas del día algo que me llame mucho la atención, lo transmitiré por escrito en mi blog).

Hace unos días, exactamente el día 23, tuvimos los curas de nuestro arciprestazgo de San Ramón Nonato un encuentro festivo y cultural. Primero visitamos una exposición en el museo de la Villa, en Colón, y después comimos juntos en un restaurante de la calle Jorge Juan. Y a mí se me ocurrió preguntar que cómo habían visto el cambio tan drástico que nuestro nuevo arzobispo, D. Carlos Osoro, ha promovido, al desistir de la misa al aire libre en Colón, y transportarla a la Catedral. Enseguida percibí que había división de opiniones, pero que prevalecía la opinión de que como lo hacía Rouco era mejor, porque “la Iglesia tiene que tener, también, una visibilidad pública y social”, me soltó un joven cura latino-americano. Yo le pregunté que quién le había comunicado esa idea, y él, muy enfadado, me respondió que él tenía la cabeza para algo, no solo para coleccionar dichos e ideas de otros. Me pareció bien su salida y su enfado, pero sigo pensando que esa idea, tan repetida y machaconamente propalada últimamente en España por la derecha eclesial, y la otra, no es,  aunque los que la mantienen lo crean, una idea original.

Yo también defiendo, y mantengo, que la comunidad cristiana tiene una visibilidad pública y social, pero, ¿en qué aspectos o departamentos? Expondré mi opinión con orden y método:

  • La vida y convivencia de los hermanos en medio de la sociedad. Evidentemente, no se puede “ocultar la luz que se instala en un candelabro en medio de la casa”, y nadie la pone “debajo de un celemín”, o bajo una cama. Es e. comportamiento “cristiano”, es decir, el de los discípulos de Cristo, en tanto lo son y según esa condición se comportan. Por ejemplo: como se aman, como se perdonan, como son comprensivos, que no juzgan a nadie, que son solidarios, que no se apegan al dinero, todos estos aspectos del comportamiento, típicamente evangélicos y cristianos, eso sí que es social, público, y hace que la comunidad cristiana sea vista fuera de la sacristía.
  • Pero no convirtamos la calle y las plazas en sacristías y capillas. Lo que pasa, a mi entender, es que los que piensan que la publicidad, y publicitación, del culto, es importante para que la Iglesia sea visible, y así cumplir uno de los requisitos de la pastoral de la Iglesia, de “salir” al mundo, como repite insistentemente el papa Francisco, los que opinan, digo, que eso se consigue con la manifestación y la ostentación de grandes masas realizando, más que celebrando, el culto, los que tienen ese pensamiento son los que han “religiosizado” el seguimiento, de Jesús, y, más que el Evangelio, persiguen la práctica de los principales postulados de la Religión, y el principal es el culto. A los que son de esa opinión les aconsejo que lean el magnífico artículo ¿Jesús del Reino o Jesús de la religión? de José M. Castillo, teólogo, con el subtítulo de Fe y laicidad en una sociedad que busca Espiritualidad y Justicia. Lo pueden encontrar en el “blog de Teología” de su autoría, y fácilmente accesible en cualquier buscador de internet. Así que no es la gran manifestación pública de culto la que nos hace salir de las sacristías, sino que lo que consiguen es que nosotros mostremos a muchos ciudadanos esas sacristías, que tal vez aborrecen. El espectáculo del mar de mitras, con la voz malograda del Cardenal Rouco, y el esperpento de las arengas y las músicas pesadas y monocórdicas de Kiko Argüello, no me parece que significaran una manera atrayente y eficaz de hacernos visibles y audibles en medio de nuestras gentes.
  • Muchos olvidan que vivimos y nos movemos en un país que quiere respetar, desde la época democrática, la aconfesionalidad del Estado. Pero me parece que eso se conseguirá muy difícilmente mientras obsequiemos a nuestros conciudadanos, quieran o no, sean de la inclinación religiosa que sean, o tal vez no sean de ninguna, con esos espectáculos que muchos, muchísimos, incluso dentro de la Iglesia, interpretábamos como un ejercicio de fuerza y de influencia, entre la jerarquía eclesiástica y los diferentes Gobiernos contrales, a ver quién podía más, y quién era más dueño de la calle. Mi opinión es que Don Carlos ha acertado de lleno re-conduciendo el culto a su espacio natural.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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