¿A quién hay que obedecer? (y II)

(Artículo muy subversivo. Nos metemos con el “Magisterio de la Iglesia”)

1º) Uno de los movimientos,-¡sí!, ya sé que Kiko no quiere que el Camino Neo-catecumenal sea considerado así-, que más apela a la obediencia es, justamente, ese que todos llaman el de “los kikos”. Desde el principio me olió a chamusquina. Sobre todo al ver, y ser testigo, casi siempre mudo e impotente, de lo que tantas veces me he arrepentido, de verdaderos abusos con eso de la obediencia al “catequista”. Porque ya no se trata del obsequio de obediencia a los pastores de la Iglesia, que discutiremos más abajo, sino al simple catequista que, por enseñanza e imposición de Kiko, pasa a ser la voz de Dios, de la conciencia, y la fuente inagotable, e infalible, -mira por donde, en este mundo de inseguridades y relativismos-, de decisiones y tomas de posición, muchas veces vitales y decisivas en la vida. Es inaceptable e insoportable que, por una voluntaria y malévola confusión, pretenda alguien, por muy señas de identidad neo-catecumenal que  tenga, arrogarse la autoridad creativa de Dios, usurpar su sabiduría y su poder, y anular lo que el mismo Dios ha hecho. El Génesis lo afirma con claridad: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y la principal característica del hombre a la semejanza de Dios es, exactamente, su autonomía de pensamiento y voluntad. Me remito a la respuesta que los apóstoles dieron al sumo Sacerdote y al Sanedrín: “hay que obedecer a Dios y no a los hombres”.

2º) No encontramos en los evangelios ningún texto que nos dé una pista para fundamentar la necesidad, o conveniencia, de un director de conciencia que tenga la autoridad, recibida de lo alto, para dirigir o conducir la vida de otro ser humano. Tal vez pudiéramos percibir algo parecido en las cartas, sobre todo de Pablo. Pero tampoco. Generalmente, en la primera parte de las mismas, y a raíz del tema motivo de la carta, normalmente un asunto de la praxis de la comunidad, que quedaría mejor iluminado con una consideración bíblico-teológica, el apóstol exponía una fundamentación teológica a toda su argumentación. Solía usar el método rabínico, y, en la segunda parte, final de sus epístolas, ofrecía a sus comunidades, y a sus miembros, unos consejos o pistas para el buen desarrollo y convivencia de la vida comunitaria. Ofrecía, como digo, pistas e ideas, pero quedaba muy claro que cabía a la conciencia e iniciativa de cada hermano el uso de esos consejos, a veces advertencias serias y hasta severas. Y cuando en la comunidad primitiva se daba casos de excomunión o de inclusión en el orden de los penitentes, no era por desobediencia a las normas y órdenes de presbíteros u obispos, sino por directa derivación de la Palabra de Dios, y como consecuencia de su aceptación por todos los miembros de la comunidad eclesial.

3º) El auge de la importancia y prevalencia del Magisterio eclesiástico, comenzó, primero ´tímidamente,  como consecuencia, a partir del siglo IV, y del edicto de Milán, 313 d.c., de la falta de preparación de los catecúmenos, que ya no se bautizaban como en los tres primeros siglos. El número y las prisas hicieron que la comunidad cristiana perdiera su primera fuerza y autenticidad, y que fuera, poco a poco convirtiéndose, en una de las mayores tragedias de la Historia de la Iglesia, en una religión, con todas las pegas y limitaciones de las mismas. Al inicio no era así, sino que los discípulos de Jesús lo que pretendían, y generalmente lo conseguían, era ser eso, los seguidores del Maestro de Nazaret, y sus testigos en el mundo. En esos primeros momentos, y con el serio riesgo de persecución y martirio, no hubo lugar al engrandecimiento y  sublimación de los jerarcas de la Iglesia. Y si la Providencia la dotó durante los siglos V-VII de insignes padres, maestros y doctores eminentes, al final de esa época gloriosa lo que quedó fue una jerarquía envilecida, que dio paso enseguida a la vergüenza y a la insensatez total de la época del episcopado feudal. Pero los Santos padres  habían sido, sobre todo, los moduladores, y después portavoces, de la Revelación de Dios en Jesucristo. Pero no los legisladores y moralistas en que después se fueron convirtiendo los representantes del Magisterio.

4º) Tengo que dejar bien claro que cuando me refiero a la obediencia excluyo de ésta a la aceptación, voluntaria y gozosa, de las fórmulas de la fe, que son, en verdad, un “obsequium fidei“, en lapidaria expresión de Tomás de Aquino. Con obediencia entendemos, más bien, el cumplimiento, en la vida real, no en el campo del  pensamiento, es decir, en la praxis, de algún mandato proveniente de fuera. Es decir, obedecemos en el campo del comportamiento ético o moral. El asentimiento a la formulación del contenido del la fe es un regalo que hacemos voluntariamente a la Palabra de Dios revelada a los hombres, y expresada, con la ayuda divina, por los maestros inspirados por Dios para ese fin. Pero no es tema de obediencia. No hay obediencia intelectual, sino entendimiento, o no, de los conceptos implicados. Obedecemos con actos y hechos de la vida, no con la pura aceptación racional de una proposición. Esto es otra cosa.

5º) Entonces, ¿por qué el Magisterio de la Iglesia se adentró, y, después, se apoderó, de las normas morales para diferentes comportamientos en la vida real, no del pensamiento, y por qué se inmiscuyó en lo que llama “buenas costumbres? Porque, lo de doctrina de fe lo entendemos. Pero lo otro, yo, por lo menos, nunca lo he entendido. El magisterio de la Iglesia está para guiar nuestro conocimiento, nuestro mundo racional. No para marcar nuestras acciones. Para eso está nuestra conciencia, que los creyentes pensamos que la ha puesto Dios en nosotros para algo. Hay que insistir en que la Iglesia no tiene el monopolio de la moral, ni, en exclusiva, los criterios éticos del comportamiento humano, que son patrimonio, porque así lo ha querido Dios, de toda la humanidad. Y todo ser humano tiene la suficiente autonomía para guiarse por su conciencia. Claro que ésta es educada por la generación que a cada uno le ha tocado vivir, que, a su vez, ha recibido ya una herencia inmensa de las anteriores generaciones. La ley natural, como he dicho antes, no es sino un ingenuo e imposible desiderátum. Nuestra razón viene al mundo, como diría Aristóteles, en su elegante griego, pero que suena también precioso en latín, “tanquam tabula rasa“. Así que el Magisterio de la Iglesia no se puede arrogar el papel de único e infalible intérprete de una ley que no existe.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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