El faraón de las Españas

(“Vd. no venga más aquí para decir ni para hacer nada. Ha sido patético”, palabras del Sr. Mariano Rajoy Brey, Presidente del Gobierno, en la Cámara de Diputados, en el discurso de “El estado de la nación”, al Sr. diputado Pedro Sánchez Pérez-Castejón, portavoz del principal partido de la oposición). Lo mínimo que podemos decir, de entrada, es que esta pérdida de control de un presidente del Gobierno, hasta llegar al insulto, al desprecio, faltón, encrespado, es de muy poca, o nula, educación. Es lo menos que puedo decir.

Los compañeros de partido del Presidente justifican, ante los micrófonos, la actitud de Rajoy, si bien en los pasillos, y fuera de foco, están no solo sorprendidos, sino preocupados de esa falta de control. Y se preguntan si el portavoz de la oposición lo hizo tan bien como para sacar de quicio y de sus cabales a un hombre con fama de impertérrito, cachazudo, templado y gallego ejerciente. Y el argumento que emplean es que el señor presidente se agitó tanto porque había sido insultado gravemente de manera reiterada. Pero olvidan que su jefe de filas, José Mª Aznar, repitió hasta la exasperación el famoso y cansino “váyase, Sr. González”, y el señor Rodríguez Zapatero fue insultado hasta la exasperación. Incluso el señor Rajoy le espetó uno de los peores y pesados insultos que se han oído en nuestra cámara: “Vd., señor Zapatero, ha traicionado hasta a sus muertos”. Algo de lo que, en verdad, el señor Rajoy se arrepintió profundamente.

En la lidia política, y más en el forcejeo parlamentario, los que gobiernan están expuestos a tarascadas y envites, no siempre agradables, procedentes de sus adversarios políticos. Es parte de su trabajo, por el que les pagan no como al presidente del BBVA, pero más que a la mayoría de los ciudadanos de a pie. Y puede aprender nuestro presidente actual del Gobierno de quien tanto vituperaron, el presidente anterior, el Sr. José Luis Rodríguez Zapatero, a no responder de modo insultante a las tarascadas, ofensas e insultos que recibió. Fue llamado desde traidor hasta asesino. Y nunca perdió la compostura, ni la educación, ni siquiera la finura.

Se les nota a algunos cómo se sienten los dueños del cortijo, de las calles y plazas, y hasta del Parlamento nacional. Quien sube a su tribuna es porque ha sido elegido por el pueblo, y porque su partido lo ha delegado para una representación nobilísima, para exponer sus puntos de vista, según sus intereses, como es lógico. Lo que hace el Gobierno, también con lógica, y lo que ha hecho esta vez con excesiva suficiencia y prepotencia el presidente. Por eso, tal vez, le pilló tan desprevenido el ataque furibundo de Sánchez, fuerte y rudo, pero no insultante. Lo que tuvo que oír el joven diputado lo podría escuchar bien merecidamente, tal vez, el señor Rajoy, porque en su larga historia gobernante no todo ha merecido no ya matrícula, sino muchas veces ni aprobado. No se puede descalificar al adversario tildándolo de patético, o inútil, o mal preparado para el cargo que ocupa. Porque puestos a ello, eso es exactamente lo que piensan del presidente del Gobierno muchos de sus conciudadanos. Pero lo que se puede soltar al calor de una copa en la barra del bar, o en medio del mus, no es nada edificante atropellar a otro en un escenario tan noble, merecedor de todo el respeto. ¿Cómo quieren que los ciudadanos estimen el oficio político y se reconcilien con sus representantes?

Hay una tentación, muy repetida en la derecha, en la que cae con frecuencia, que consiste en  apropiarse de la patria, de muchos de sus símbolos, y de sus esencias. De ahí deriva esa sensación, que, más que eso es una especie de certificación constante, de que los que piensan muy diferente sobre el país común, al no coincidir exactamente con sus ideas, no son auténticos patriotas. Ayer mismo el presidente reprochó, al que trató como un becario, que él, jefe del Gobierno, venía a hablar de España, y no, como su oponente, del señor de la coleta. Además de la simpleza y de la gratuidad del aserto, el señor Rajoy debería saber que España no es, sobre todo, ni en primer lugar, ni en segundo, sus empresas, ni sus bancos, ni sus altos dirigentes. Que España es su gente, y, para quien tiene una sensibilidad social, y no digamos cristiana, sobre todo la gente más desfavorecida y relegada, por gobernantes que no dudan en echar mano a las penurias de un Banco, y de sus dirigentes, y olvidan la sangrante tortura de tantos conciudadanos. Que no sólo llegan muy mal al final de mes, sino que sienten en sus carnes el hambre, el frío, la urgencia de la hipoteca, y la inminencia del desahucio. No sé cual es la suya, señor Rajoy, pero mi España es la de éstos, cada vez más desheredados de la fortuna.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

2 Responses to “El faraón de las Españas”

  1. Patético son los políticos que tenemos, las políticas que nos imponen y el uso que damos a nuestro voto a la vista del resultado.

  2. Totalmente de acuerdo.
    Areópago.

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