El hermano soñador

(Epopeya con final feliz. ¡No siempre sucede!)

La 1ª lectura de hoy, viernes de la 2ª semana de Cuaresma nos ha narrado la historia de José, el penúltimo hijo de Jacob, y su preferido. Sus hermanos le tenían envidia porque el padre no podía disimular su cariño y preferencia, porque, a su vez, el chico se los merecía sobradamente. Lo consideraban un soñador porque, además de su inspiración para interpretar los sueños de todos los de la casa, también despierto le daba por imaginar y confabular situaciones y aventuras prodigiosas. Pero la envidia que es mala consejera aconsejó a los diez hermanos, porque el último, Benjamín, estaba seguro y sosegado en casa, la eliminación del enojoso, pesado, mimado y ¿odiado?, -puede ser que sí- José.

(Antes de seguir aconsejo que leáis la lectura, (Gen 37, 3-28); el texto es muy largo para que lo puede poner en el blog)

Destacaré la actitud de dos de los hermanos, y el porqué:

1º), Rubén. Es el hermano mayor, el responsable de sus hermanos menores a falta del padre. Y José era, ¡todos los sabían!, el preferido de su padre, justamente por su carácter fino, imaginativo, poético, soñador. Así que cuando deciden matarlo, interviene: ” Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: “No le quitemos la vida.” Y añadió: “No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él.” Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre. (Gn 37, 21-22). La jerarquía como causa de la responsabilidad era un valor indiscutible, e indiscutido, en Israel. Después se vio que no hizo falta la actuación final de Rubén devolviendo su hermano al padre apenado.

2º), Judá. Si la intervención de Rubén era lógica, y provocada por los mismos hechos, y puede que si el relato es medianamente histórico desde el punto de vista empírico, cosa harto improbable, algo de eso hubiera sucedido, la intervención de Judá es mucho más “redaccional”, es decir, movida por las ideas preconcebidas, es decir, por los prejuicios, en este caso favorables, al personaje: “Judá propuso a sus hermanos: “¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pondremos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra.” Los hermanos aceptaron. Al pasar unos comerciantes madianitas, tiraron de su hermano, lo sacaron del pozo y se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas. Éstos se llevaron a José a Egipto“.  (Gn, 37, 26-28).

Me explico: como tantas veces en la Biblia, cae en un evidente, pero normal, anacronismo. No de los hechos, sí del relato narrativo, que sucede mucho después, miles de años, del acontecimiento. Cuando ya Israel era una monarquía, reina David, o su hijo Salomón, ambos, como todos los reyes siguientes, de la tribu de Judá, y era políticamente correcto, y muy beneficioso, y así lo hacen los escritores sagrados siempre que pueden, alabar y dar coba, hacer la pelota, ¡vamos!, a la casa de Judá.

Lo que sucedió más tarde es de todos conocidos. Cómo el “Soñador” interpretó dos sueños del Faraón, el de las espigas y las vacas, primero gordas y después flacas, que permitió a Egipto ser, por su previsión de ahorro, más todavía de lo que ya lo era, el granero del Mediterráneo. Y la ascensión de José a Visir, algo así como primer ministro del Reino, con lo que, en este caso, el soñador, y su epopeya llena de injusticias y agobios, terminó bien. Además, y es una de las consecuencias decisivas de este relato, José es figura eximia de Jesús, entregado como Éste por sus hermanos, y después constituido su salvador. La piedra rechazada por los arquitectos es ahora la piedra angular. (Salmo 117).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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