El primer mandamiento y el culto a las imágenes

En la magnífica 1ª lectura del profeta Oseas de la misa de hoy, viernes de la 3ª semana de Cuaresma aparece esta frase:  “no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos”. Viene ese detalle destacado porque en los últimos días ha aparecido mucho en las lecturas del Antiguo Testamento (AT) esta idea, que ha interesado mucho a mis feligreses: el tremendo cuidado que los judíos tenían que tener con las imágenes para no ser considerados idólatras. Esto quiere decir que, para evitar de raíz cualquier sospecha, simplemente no elaboraban imágenes, del tipo que fueran, para no estar cerca de semejante iniquidad. Como un poco más abajo indicaré, los hebreos fueron, en este tema, mucho más prudentes y cautos que intolerantes.

Cualquier maestro de valores psicológicos, sin que sea por necesidad un gran experto, sabe que las sensaciones crean en el hombre surcos y marcas muy fuertes. El poder ver, oír, tocar y hasta oler un objeto hace que los consideremos cercano y, poco apoco, nos vayamos identificando con él. En el desierto, allá por los lejanos días y rincones del Sinaí, ya tuvieron el gran descalabro, que les produjo tanta vergüenza, del becerro de oro, mucho más cercano y  manejable que la inasible nube en el cielo, o la columna de fuego nocturna, con las que Yavé quería orientarlos, guiarlos, y, según ellos, ¡controlarlos! en su penosa peregrinación por el desierto. Sí, efectivamente, como nos dijo un profesor de la facultad de Pastoral de Salamanca en Madrid, San Isidro, o San Antonio o la Inmaculada se dejan llevar en hombros más fácilmente que los signos bíblicos de Dios en el desierto.

Fue en el siglo VIII, en el segundo Concilio de Nicea, en el pontificado del papa Adriano I (772-795) y con la guía de Tarasio, patriarca de Constantinopla, se celebró en el 787 en la ciudad que había sido sede del primer concilio ecuménico, y se clausuró en el palacio bizantino de Magnaura, contando con la presencia del emperador Constantino VI y de su madre, la emperatriz Irene, cuando fue condenada la herejía iconoclasta, y declarados herejes los que se opusieran al culto de las imágenes. EL concilio distinguió bien entre imágenes de Cristo y de santos cristianos, de imágenes idolátricas, de dioses o motivos paganos, las que seguían siendo proscritas en las comunidades cristianas, algo que era lógico y caía de su peso. El Concilio apela a la tradición, al hecho de que no “cambiaba nada“, sino que mantenía las mismas prácticas que la Iglesia conservaba desde tiempo inmemorial, si bien no lo precisa. Lo evidente es que los primeros cristianos, tan mezclados con judíos, y evangelizados por apóstoles y evangelistas hebreos, tenían verdadera alergia a las imágenes, en las que veían presencia casi idolátrica de costumbres paganas.

Mi idea y opinión es que si es verdad que el 2º Concilio de Nicea actuó no solo con buena intención, sino con sentido pastoral, la verdad es que la permisividad conciliar se desmadró enseguida, y pasamos de un desierto icónico a una selva enmarañada e impenetrable, desmedida e ingobernable que alcanzó su cenit en la Edad Media, en espectáculos deprimentes como las guerras de las Reliquias, y siguió en la época renacentista y barroca. La Reforma intentó solucionar ese grave desvío, pero la Contra Reforma le dio carta definitiva de ciudadanía. Y, sobre todo en los países del sur de Europa, especialmente Italia y España, fue, poco a poco, desplazando a la verdadera devoción, a la fe íntegra y fundamental en Jesús, en los Sacramentos, en la Palabra de Dios, y en la sagrada liturgia. Así duró hasta el Concilio Vaticano II, que quiso frenar esa sangría devocional mal entendida, y que, como tantas otras tentativas pastorales sanas y curativas, quedaron en eso, en tentativas, por la oposición de las fuerzas tradicionales y anticonciliares que rápidamente se organizaron en su contra, animadas, dirigidas y coordinadas desde la misma Curia Vaticana. Y, desgraciadamente, en esas estamos, hasta que algún otro chorro fresco y vertiginoso del Espíritu, en forma de Francisco u otro carismático valiente y decidido  lo consiga enderezar.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

 

 

 

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