Los nuevos fariseos, (o eso parecen, ¡con perdón!)

 

Este es el Evangelio de la misa de hoy, Sábado, de la 3ª semana de Cuaresma:

“En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Lc, 18, 9-14)

He escrito varias veces, la última por partida doble, en las dos entregas del artículo ¿A quien tenemos que obedecer? (I y II), de los días 19 y 20 de Febrero, sobre la irregular intromisión de la jerarquía eclesiástica en el campo de la moral y la ética. Y recuerdo resumidamente el argumento: se trata de un bagaje común a toda la humanidad, a todo ser humano, sí, porque así lo ha querido el Señor creador de la naturaleza, y así lo admitimos los creyentes. Y ese tesoro tiene en nuestra psiqué un instrumento para regular su uso, y para gestionar las decisiones necesarias en la vida para que nuestro comportamiento sea, o no, el adecuado: la conciencia. Y ese santuario es lo más profundo, interior, íntimo , privado e intocable de la esencia humana. Nadie puede hollar esa íntima morada del nuestro ser. Pues bien, algunos jerarcas, Francisco desde luego no, insisten en querer administrar y gerenciar, contra todo el orden establecido, ese tesoro. Y en esta ingrata y desordenada tarea (in)moral se destaca el ínclito, y cada vez más peligroso, obispo de Alcalá de Henares, quien con frecuencia quiere marcar al mundo mundial sus puntos de vista morales.

Hay que recordar a este puntilloso obispo que los seguidores de Jesús no pautamos nuestra vida por principios morales de una determinada tendencia o ideología, sino por las palabra de Jesús. Y las de la parábola del fariseo y el publicano en el templo a se las podría aplicar cualquier espectador más o menos neutral de nuestra comunidad política nacional medianamente frecuente en las lecturas de los periódicos, o en la escucha de la tele, de la siguiente manera: “Te damos gracias, Señor, porque los católicos de la diócesis de Alcalá de Henares no somos como los demás hombres: homosexuales, prostitutos, sarasas, chaperos, varones casados entre ellos, o mujeres del  mismo modo, o travestis. Celebramos la misa con frecuencia, rezamos las novenas de San Antonio, la Virgen del Carmen, Santa Gema, el septenario de la Virgen de los Dolores, y ofrecemos el 0,7 de nuestro IRPF al mantenimiento de la Iglesia”.
 
Tal vez El mismo Señor que justificó al pecador que no se atrevía ni a levantar la vista a lo alto decida también quién es el que sale justificado de este simulacro de enfrentamiento dialéctico, y quien se queda como estaba. Monseñor Reig Plá está, desde luego, cargando las tintas contra sus hermanos, tan prójimos como los católicos  bien casados de misa diaria, en un ejercicio que no nace ningún bien ni a la iglesia de Alcalá, ni a la provincia eclesiástica de Madrid, ni al conjunto de la Iglesia en España, en esta época de información global. No puede más este señor obispo airear frases como Personas que no acaban de orientar bien lo que es la sexualidad humana, piensan, ya desde niños, que tienen atracción hacia parejas del mismo sexo”. o esta otra: [Los gais] se corrompen y se prostituyen. O van a clubes de hombres. Os aseguro que se encuentran en el infierno”.
 
Y pienso que es de la responsabilidad de la propia Conferencia Episcopal Española (CEE) el llamar la atención de un pastor que, en vez de buscar y alentar a las ovejas perdidas, las desanima, y les hace llegar su voz de desamparo y de condena. ¡qué diferencia con la lectura del Evangelio de la misa de mañana, Domingo, de Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. ¿Alguna vez entenderá el señor Reig Plá este lenguaje?
 
Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara
(Pido disculpa porque no he conseguido editar este artículo como yo quería)

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