Los malos tiempos que corren

Los tiempos que corren andan revueltos. Si hacemos un breve recorrido por el mundo tropezamos con estos nombres que encierran, cada uno, un volcán en ebullición: Afganistán, Paquistán, Irak, Irán, Israel, Palestina, Honduras, África, casi entera, enormes comarcas de América Latina, Sudeste asiático. Encontramos cosas tan animadoras como guerra, desafíos nucleares, odios seculares y enquistados, hambre, intransigencia, pobreza, pandemias, crisis económica, paro, desengaño, juventud hedonista y egoísta, droga, cárteles de violencia y de control mafioso, y un largo etcétera. (Y a todo esto sumemos la locura hiyadista, que ni me atrevo a enfrentar en estas líneas. Algún día lo haré)

Pues con todo esto, nunca en el mundo tanta gente y tanto tiempo ha disfrutado de una situación razonablemente estable, de una calidad de vida aceptable, y ha vivido envuelto en unas garantías jurídicas y con un humanismo real, no romántico ni sentimental, como en los días de hoy. Es verdad que algo muy gordo tenemos que haber hecho muy mal para, a pesar de la ayuda de la ciencia y de la técnica, y de tener encendidas todas la alarmas de las urgencias sociales, para que mil millones de personas sufran hambre intolerable, tantos niños y mayores mueran de desnutrición o de enfermedades teóricamente superadas, y el analfabetismo práctico conviva con los mayores índices de escolaridad de que tenemos noticia.

No estoy hoy especialmente pesimista, me he levantado preguntón. En España tardamos cuarenta años en salir de la crisis y del descalabro político, moral y económico provocado por la guerra civil. En Europa, con ayuda de los dólares americanos, salieron pronto tanto del marasmo económico como de la ruina destructiva de la tremenda guerra mundial, hasta llegar a cotas de riqueza antes no soñadas, pero al precio muy caro de caer en el escepticismo y la desesperanza vitales. Por eso surgió la corriente filosófica del existencialismo, aunque la larga sombra del desánimo vital y del agnosticismo paralizante puebla todavía hoy de nubarrones el horizonte.

En España, tras un paréntesis sorprendentemente corto que se dio en llamar “la Transición” (algunos sarcásticos “la santa Transición”), estamos volviendo a la dinámica, parecida a la hegeliana, pero a la vice contra, de tesis, antítesis y síntesis, pero sin tesis ni síntesis. En España somos pura antítesis. Lo estamos viendo cada día en lo más representativo de la sociedad española, que lo forman aquellos que han sido elegidos, se supone que democráticamente, para representarnos a todos. Los políticos, con sus tontas rencillas y sus amagos de  vacua brillantez en diatribas parlamentarias, o metiendo la mano en el saco,  no son otra cosa que un retrato del carácter hispánico tan endiabladamente noble e hidalgo en los pronunciamientos altisonantes, mas tan grotescamente vulgar y  rastrero en la convivencia de  cada día. El otro día leí algo de “ciénaga” en la política española. Tal vez sea la palaba.

Lo que llamamos crispación no es una situación coyuntural sino una constante estructural en nuestro discurrir histórico. Dicen los libros que los iberos y los celtas eran bravos, valientes, pero testarudos y cerriles para deliberar o para llegar a conclusiones pacíficas mediante el diálogo. Todas esas interesantes cualidades afloran hoy entre nosotros. Ayer me decía una camarera rumana que la escuela en su país era notablemente más difícil que aquí, en España. No me extraña nada. Observo que al notable crecimiento económico no ha acompañado entre nosotros un crecimiento cultural, al contrario. Hay dinero para comprar estanterías y libros, y con eso muchos piensan que tienen asegurada su cuota de humanidades.

Y, ¿qué decir de la Iglesia oficial, jerárquica, española? Lo más suave que se me ocurre es que su situación es lastimosa. Uno oye pronunciamientos, o lee entrevistas, o se aventura a alguna carta pastoral, y se encuentra con un desierto, con un páramo intelectual, teológico, filosófico, bíblico. En mi año de “ausencia” de la vida religiosa me dediqué, todos los domingos, a asistir a misa en diferentes parroquias. Puedo decir sin exagerar que entre unas treinta y tantas homilías que escuché, dos, dos exactamente, tuvieron un nivel “profesional” mínimo. (Profesional: un dominio aceptable de conocimientos bíblicos, teológicos, de práctica de comunicación, de empatía pastoral, de discernimiento de los signos de los tiempos). Algo penoso.

Lo que más me duele y desanima de nuestros obispos es que, salvo excepciones que deben estar muy escondidas y disimuladas, no parecen tener opinión o criterio propio. Siempre repiten lo que ha dicho alguien más alto en el escalafón. No se lanzan a la palestra evangélica de traducir la Palabra a través de la experiencia de su vida, y así personalizarla y kerigmatizarla. Tal vez me vaya volviendo más exigente con la edad. Pero a mis 72 años no quiero, de ninguna manera, bajar el listón.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Discussion area - Dejar un comentario






He leído y acepto las condiciones generales y la política de privacidad


Información básica sobre protección de datos
Responsable: REVISTA REINADO SOCIAL 21RS (más info)
Finalidad: • Gestión de la adquisición del producto, suscripción o donativo, así como la tramitación de los mismos.
• Envío de comunicaciones relacionadas con el proceso de compra, las suscripciones o los donativos.
• Envío de comunicaciones y ofertas comerciales, por diferentes medios, incluidos los medios electrónicos (email, SMS, entre otros). (más info)
Legitimación: Ejecución de una compra online, suscripción o donativo. (más info)
Destinatarios: No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal. (más info)
Derechos: Acceso, rectificación, supresión, cancelación, y oposición. En determinados casos derecho a la limitación del tratamiento de sus datos. (más info)
Información adicional: Puede consultar toda la información completa sobre protección de datos a través del siguiente enlace (más info)
Los enlaces de (más info)