El Papa ¿podría mandar al cardenal Burke a una parroquia de pescadores de la costa Oeste del EE.UU., de unos 3000 habitantes, de los que el 70% son católicos fervorosos, pero divorciados?

Este señor cardenal, y los otros cuatro que con toda la frescura cínica de los que se sienten poderosos, más los 22 obispos, y 225.000 católicos que han firmado una carta exhibiendo su desobediencia beligerante e irrespetuosa al papa Francisco, deberían saber que están en sus puestos por la misma actitud papal misericordiosa que ellos critican, y condenan violentamente, que el Papa tiene con los divorciados creyentes, y hasta fervorosos, que no quieren, porque la mayoría de ellos no puede, vivir sin la celebración de la Eucaristía. Y como la osadía de estos auto-considerados “super-católicos” de atentar contra el Papa nos abre la puerta a que los tratemos de modo parecido, aunque con bastante más caridad y consideración que las que ellos hacen gala con el obispo de Roma, no se extrañen si mi crítica es acerada y punzante.

  1.  Estos señores, y en el caso de cardenales y obispos, llama la atención, o no han leído el Nuevo Testamento, (NT), o dan más importancia a sus pequeñas y burguesas ideologías morales que a la Palabra de Dios. Los firmantes, movidos, y promovidos, por los jerarcas, hablan de su oposición a que a los divorciados “se les autorice a recibir la Comunión”. Me da hasta vergüenza ajena la ignorancia, o el poco respeto que estos señores de Iglesia, -¡tendríamos derecho a dudar de que lo fueran!-, tienen, no ya al Papa, sino al Señor Jesús. A muchos conservadores en la Iglesia se les abre la boca y ensanchan las entendederas cuando argumentan que ciertas propuestas de católicos “conciliares” no pueden progresar porque no son, exactamente, como las promovidas por Jesús. Y ponen como ejemplo la ordenación de las mujeres al sacramento del Orden, y hasta se inventan acciones y tradiciones en la Iglesia como “a iure divino”, (por derecho divino), como ciertos requisitos para el Sacramento de la Penitencia, o hasta el celibato de los curas, o el derecho de la Iglesia Institución, o la Santa Sede, a poseer bienes, etc., etc., en realidades de las que Jesús de Nazaret ni conoció, ni iban con Él, (más bien contradicen enseñanzas fundamentales de Jesús, (“con vosotros, sin embargo, no sea así”), a la vista del resto de los Evangelios. Evidentemente, la ley del celibato no procede de Jesús, de ninguna manera. Ni, mucho menos, la negación de la celebración de la Eucaristía a ningún fiel que, teniendo fe en la presencia del Señor, y estando consciente de la importancia y sublimidad del misterio de la Eucaristía, tiene la suficiente discreción para percibir la maravillosa Gracia que el Señor nos regaló en la Ultima Cena, no como un privilegio para los buenos, sino más bien, podría pensarse, como un acicate para los débiles, y, sobre todo, como una orden para todos los creyentes y seguidores de Jesús. Y lo ordenó con tres formas verbales imperativas: “Tomad y comed,.. tomad y bebed, … haced esto en memora mía.” Son tres órdenes de Jesús, incontestables, que no hay poder ni autoridad en la Iglesia que las pueda contradecir, ¡ni siquiera la de los cardenales con sus capas y capelos de seda!
  2. Dan la impresión, estos señores clérigos, cardenales y obispos levantiscos, que no estudiaron la Teologia Moralis que todos los aspirantes a presbíteros tuvimos que enfrentar en nuestros estudios eclesiásticos. Sobre esto les recordaré que nunca se puede tener seguridad total del pecado mortal de otra persona, ni aun de los pecados mal llamados “públicos”. Pues a los aspirantes a curas nos enseñaron que al que viene a comulgar hay que darle siempre el obsequio de la duda, pues puede hacer un acto de perfecta contrición desde que se ha puesto en la fila hasta que llega a comulgar. O, más probablemente, desde mucho antes. Y sobre el pecado mortal, “diricultossime falitur”, (se hable muy difícilmente), en palabras del gran Maestro de Teología de la Iglesia Católica, Tomás de Aquino, bastante mejor teólogo, y más comprensivo, y cristiano, por tanto, que el cardenal Burke, o el poderoso cardenal alemán Müller, el prefecto de la Congregación para la defensa de la Fe. (¡Eso!, como si la fe tuviera que ser defendida).
  3. Pero, ¿podría el Papa, realmente, mandar a ese lejano lugar al cardenal Burke, o a una aldea perdida alemana al cardenal Müller? Poder, puede, pero sería acusado por ellos, y por gente de su cuerda, de autoritario, de no aceptar la crítica, y de no practicar la misericordia que predica. Pero nunca lo dejará de hacer por miedo, o por falso compañerismo, o por un caridad mal entendida. Sino porque su sentido de la prudencia en el gobierno de la Iglesia no se lo demandaría. Pero pienso acompañar a mucha gente de Iglesia en el gustillo que nos daría una decisión de ese tipo. Porque, hay que decirlo con toda la poca caridad que podamos, muchos altos jerarcas se comportan como aquellos políticos que actúan como dueños de las instituciones que comandan, en vez de ponerse al servicio de las personas que les corresponde dirigir, o pastorear, empleando términos evangélicos. Y hasta diría yo que la actitud de los eclesiásticos es peor que la de los políticos, porque éstos, normalmente, son elegidos por los votos del pueblo, mientras que los jerarcas católicos, si son elegidos por sus merecimientos, no lo parece, porque no suelen transcender al Pueblo de Dios; más bien acostumbramos quedarnos con la idea de que son señalados por un dedo tan poderoso como caprichoso.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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