El verdadero “por qué” del Corpus Christi

Nunca me ha gustado que engañemos a la gente, es decir, a nuestros fieles, o tengamos miedo a mostrarles sucesos y acontecimientos que, en nuestra temerosa miopía, los puedan escandalizar. Fue por este motivo, o algún otro muy parecido, por lo que la jerarquía de la Iglesia se opuso a que el pueblo fiel tuviese acceso a la lectura de la Biblia, y la mantuvo bajo cuarenta llaves, prohibiendo su traducción a leguas vulgares, obligando a estudiar latín al que quisiera abordar una lectura, o un estudio, de la Biblia. Y en la mente de todos está el buen número de fieles ilustres, recordaré solo el de tres magníficos españoles, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, y San Juan de la Cruz, molestados e incordiados, por no decir perseguidos, por la Santa (¡que de santa no tenía nada, sino que era perversa y cruel!) Inquisición, por la libertad con que los tres, en un momento dado, manejaron la Sagrada Escritura.

Ellos, los ¿selectos? miembros de la Jerarquía, no corrían el peligro de quedarse estupefactos, o escandalizados, por las “barbaridades” que cuentan ciertas páginas bíblicas, sobre todo inicuas y brutas si mal interpretadas, y mal, o nada, estudiadas. Sin embargo, el pueblo fiel corría grave peligro de escándalo, y hasta podría perder la fe, por leer el libro que Dios, a través de los escritores sagrados y los profetas, había proporcionado a su pueblo para mostrarle el camino e informarle de los planes de Dios en lo tocante a su Reino y a la Historia de la Salvación. Pero este fenómeno se ha dado mucho en la Iglesia, el de unos jerarcas más listos, más atinados, más prudentes, y más lúcidos que Dios. O que el mismo Señor Jesucristo, a quien han corregido un montón de veces, sin pudor ni vergüenza. Más abajo señalaré un caso triste, y flagrantemente demoledor.

La fiesta del Corpus la instituyó el papa Urbano IV, por la bula “Transiturus“, el 8 de Septiembre de 1264, y encomendó su oficio litúrgico a Santo Tomás de Aquino, que, con el “Tantum ergo”,  el “Pange lingua”, y otras piezas célebres e inmortales, elaboró una verdadera obra de arte, admirada hasta por los luteranos. Pero ahora se puede hacer la pregunta: ¿por qué la Iglesia instituye en la segunda parte del siglo XIII esta fiesta? Pues la respuesta es fácil: porque los años 1215-1216 se realizo el concilio Ecuménico Lateranense IV, en el que los padres conciliares comprobaron que la mayoría de los fieles no celebraban nunca la Eucaristía: ésta era cosa de las catedrales, con sus canónigos, y de los monjes y monjas en sus monasterios. No había muchos templos a disposición del pueblo fiel, y cuando se arriesgaban a acudir a una catedral, no entendían nada, pues la liturgia era en Latín, y ni siquiera veían, con los obstáculos que, en España, sobre todo, ponían los clérigos a los atrevidos y sufridos fieles que se arriesgaban a acudir a la misa. Así que no dejaron de ir.  Y, de comulgar, ni pensarlo, además era un privilegio muy caro de conseguir, más que en dinero, en penitencias.

Así que los padres conciliares firmaron un decreto de esos que tuvo un éxito bastante notable durante siglos: el de la obligatoriedad de asistir a misa los Domingos y fiestas de guardar, bajo pena de pecado mortal. Esta determinación conciliar hizo, de hecho, que aumentase notablemente la asistencia a la celebración de la Eucaristía, que fue después, en el Concilio de Trento, y con la Reforma Piana, una costumbre bastante consolidada, por lo menos en Europa, hasta la época  de la Ilustración, y en nuestro país, casi hasta la segunda República, y, después del paréntesis de la Guerra Civil, hasta el inicio de la Transición.

La misa, sí, bastante bien. ¿Y la comunión? Los padres conciliares del Concilio Lateranense de ese siglo, en el año 15, cometieron el error garrafal de “corregir” el mandato de Jesús.  Posiblemente ni lo pensaron, con lo poco o nada que leían la Biblia, incluido el Nuevo Testamento (NT). Porque el Señor, en la última cena, al final dijo claramente “haced esto en memoria mía”. Y no hay ni un solo argumento de que estuviera pensando que la frecuencia normal para esa celebración fuera anual. Porque fue ese Concilio, de infausta memoria, en este asunto, el que ordenó a los cristianos, bajo pena de pecado mortal, comulgar “al menos una vez al año”. Mandamiento esencialmente equivocado en su contenido, y pedagógicamente, nefasto.

Y en ese contexto se instaura la fiesta del Corpus. Parece como si el papa Urbano IV, y sus consejeros, intentasen, ya que los fieles no iban a celebrar la Eucaristía a los templos, que la Eucaristía saliera a la calle. Y fue también en ese tiempo cuando se descubrió otro sentido de la presencia eucarística, que antes no tenía, el de la “Adoración”. Y fue éste el que perduró hasta nuestros días, lo que unido a la sensibilidad y fidelidad del pueblo fiel provocó la profusión de maravillosas alfombras, elaboradas con todos los materiales imaginables; y, por otro lado, sustentado en el gusto por el poder, y la tentación de ostentación de los jerarcas, ocurrió, sobre todo en España, una eclosión de obras de arte, en forma de custodias y otros adminículos útiles para la procesión del Santísimo por las calles engalanadas.  Fenómeno que sigue hasta hoy, para orgullo de los que creen en el folklore religioso fino y distinguido.

Todo eso está muy bien. Pero el aprecio y la profundización hacia la Eucaristía, que es lo que se propusieron con la creación de la fiesta del Corpus, ¿Se ha cumplido? La respuesta es, clara y lamentablemente, no. Muy pocos de los cientos de miles que ayer y el jueves colaboraron activa y pasivamente en el éxito de las procesiones del Corpus comulgan con frecuencia, y, la mayoría, ni una vez al año. Y pocos, poquísimos, cumplen el mandamiento lateranense de “oír misa todos los domingos y fiestas de guardar”.  Y es que estamos convirtiendo el catolicismo en un folklore religioso, cada vez más hermoso, per, su vez, y al mismo tiempo, menos evangélico

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

 

2 Responses to “El verdadero “por qué” del Corpus Christi”

  1. José E. Ruiz de Galarreta en su librillo: VOLVER A GALILEA, pag. 45 dice:” Jesús se sintió pan y vino compartido por muchos,alrededor de una mesa de hermanos que al compartir el pan y el vino con él mismo se sentían mas hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.
    Jesús no fue un grano de trigo conservado en un VIRIL (custodia) para ser adorado. Jesus no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes.
    La cena de despedida resumió en el pan y el vino la vida entera de Jesus,su estilo,,su concepción del Reino,el modo de proceder de los que quisieran seguirle,su imagen de Dios”

  2. Gracias, Iruña. Tus comentarios mejoran mis textos. Espero que hayas leído en la revista 21 impresa, en el último número, de Junio, un comentario tuyo, con las hermosas letras de tu apellido, Iruña, ¿o es una simple identificación informática?
    Sea como sea, Iruña, un abrazo.

    Jesús Mari Urío (Areópago)

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